El cuento más largo (Versión novela)

CAPÍTULO PRIMERO

¡QUÉ OJOS MÁS GRANDES TIENES!

La llegada de la inminente noche sobre el bosque aceleró los pasos de Marienelle. Cualquiera que la hubiese visto, caminando apresuradamente, encapuchada y abrigada con una larga túnica corinto, habría pensado que esa joven mujer buscaba una salida de aquel laberinto de árboles retorcidos. Sin embargo, era justo lo contrario.

La primavera de 1697 daba sus últimos coletazos en Francia, pero el cercano estío no hacía que las noches no fuesen tan frías como para poder pasarlas a la intemperie… Y eso formaba parte de la estratagema que Marienelle había urdido.

Una destartalada cabaña de madera se erigía en un pequeño claro, en la parte interior del bosque. Marienelle se detuvo un segundo y, tras una leve observación, se dirigió hacia la parte delantera a un ritmo más pausado.

Un chirriante crujido, sin duda provocado por el paso de los años, acompañó el movimiento de la puerta al abrirse, mostrando a una mujer que rozaba la avanzada edad, humildemente vestida dando a entender que las labores del hogar eran su ocupación prioritaria, y que mostraba un semblante de simpatía y despreocupación.

-¿Qué es lo que trae a un alma solitaria como tú hasta la puerta de esta anciana?-la mujer permaneció en la puerta al tiempo que su rostro enseñaba una sonrisa-¿Te has perdido por este remoto lugar y buscas cobijo para resguardarte de la fría noche?

-Saludos, amable señora-el joven rostro de Marienelle, aunque no mostraba ni el menor atisbo de simpatía, proyectaba confianza-Soy una viajera que tan solo estoy de paso y la noche me ha sorprendido. Esperaba poder implorar por tu hospitalidad para pasarla y proseguir al alba con mi largo camino.

-No tengo nada para ofrecerte, salvo estas cuatro paredes viejas y un techo, pero si es lo que buscas, te doy la bienvenida.

Marienelle avanzó hasta el interior de la cabaña, percatándose de que no era una hipérbole lo que acababa de escuchar sobre la misma. En el interior de la edificación no había nada más que lo justo para subsistir de malas maneras. Un armario de madera carcomida que ni siquiera estaba apoyado en la pared, una mesa y un par de sillas que debían ser tan antiguas como el propio mundo, un juego de cacerolas abolladas… Y tan solo un lecho.

Una mujer tan mayor en mitad de un bosque no podía vivir sola en una cabaña como aquella y ese único lecho, más que engañarla, confirmó lo que Marienelle sospechaba. Se quedó cerca de la puerta, la cual no cerró, mientras la señora de la casa caminaba hacia el interior, dándole la espalda.

-Te doy las gracias por tu amabilidad, pero he de confesarte que no es el frío lo que me preocupa, sino los lobos… Sé de buena tinta que hay una manada salvaje viviendo en estos bosques.

-Por estos parajes hace años que no se han visto lobos, querida.

-No es lo que he oído. Se cuenta que antaño por aquí vivía una gran manada, pero que fue diezmada en número por una partida de caza organizada por los habitantes de un pueblo cercano. Creyeron que habían acabado con todos, pero a mí me consta que sobrevivieron un par de ejemplares.

-Querida, esa historia es tan solo un cuento.

-No estoy de acuerdo. Sé con total seguridad que entre estos árboles viven una matriarca y su nieto, un joven macho sediento de sangre.

-Creo que solo querían asustarte.

Marienelle hizo caso omiso de las últimas palabras de la anciana y prosiguió con su monólogo.

-Supongo que lo que se cuenta del joven macho son tan solo habladurías. Algo me dice que… su abuelita es mucho peor que él, ¿tú qué crees?

La mujer, que hasta ahora había mantenido un tono afable y pausado, giró un poco la cabeza hacia Marienelle, y de forma más sería se dirigió a la joven.

-Querida, no sé de qué estás hablando.

El ceño de Marienelle se frunció al tiempo que, de un rápido movimiento, abría su capa de color corinto, mostrando una sofisticada arma de proyectiles a vapor en la diestra, y un cuchillo de gran hoja curvada de plata en la zurda, desvelando sus verdaderas intenciones. Marienelle había venido a cazar.

-Tal vez lo sepas o tal vez no… ¡Comprobémoslo!

Los músculos de la señora empezaron a tensarse de una forma sobrehumana. Su remendado atuendo de mujer humilde se desgarró por mil y un sitios, dejando ver un frondoso manto de grueso pelo que brotaba sin cesar por toda su piel. Su maxilar se deformó hasta sobrepasar cualquier límite imaginable. Sus dientes crecieron para mostrar la más amenazante de las fauces… La transformación duró apenas unos segundos, y culminó con un rugido tan atronador que atravesó sin problemas las cuatro paredes de la morada, apagando el resto de sonidos del atardecer… Sus ojos, de bestia ahora, se clavaron en los de Marienelle.

-¡Vaya, abuelita!-exclamó la joven encapuchada cuyo rostro por fin mostraba una sonrisa-¡Qué ojos más grandes tienes!

La bestia se abalanzó vertiginosamente sobre la joven muchacha que, haciendo un alarde de reflejos dignos de un felino, la esquivó dejando en su lugar una detonación de su arma. Herida y desorientada, la horripilante criatura encontró la pared que albergaba la puerta de la cabaña, haciéndola añicos del impacto.

Lejos de sentirse intimidada ante tal demostración de fuerza bruta, Marienelle aprovechó la situación para saltar por encima de aquel monstruo ávido de sangre, y con un movimiento rápido y preciso, utilizó su cuchillo para seccionarle la parte de atrás del cuello.

No era una herida tan profunda y grave como para derrotar a una bestia de esa magnitud, sin embargo, la criatura cayó apoyada sobre sus cuatro extremidades al tiempo que su musculatura perdía el volumen a pasos agigantados.

El grueso pelo se desvaneció, como si nunca hubiese existido, y las temibles fauces se contrajeron, dejando de nuevo visible el rostro de la anciana.

-Muchos de vosotros no sabéis-Marienelle mostraba un gesto de superioridad-que un buen corte en la parte de atrás del cuello hace que perdáis involuntariamente vuestra forma de lobo.

La anciana, de forma humana ahora, jadeaba incesablemente y estaba dolorida como nunca antes lo había estado. Necesitó un momento para articular palabra y comprender que para aquella joven cazar a los suyos era algo rutinario.

-Mal… dita… zo… rra… ¡Máta…me y acaba de… una vez!

-¿Matarte?-Marienelle volvió a sonreír-¡No! Como te he dicho, sé que por estos lares hay un joven macho sediento de sangre…

* * *

El atardecer es el momento que elige gran parte de la fauna local para salir a buscar alimento. Su instinto les dice que la baja luminosidad les mantendrá a salvo de los depredadores que deambulan por la zona. El instinto atiende a las leyes de la naturaleza… El hombre no.

Olfateando entre briznas, una despreocupada liebre se movía junto a la base de un árbol.

Instantes después, acabó su corta historia en el mundo y nunca supo lo que la atravesó.

Desde el angosto espacio libre que formaban dos arbustos, Robben, un cazador experto y hábil como nadie con el arco, pudo hacer diana con una sola flecha. En un bosque tan frondoso como aquel, Robben confiaba haber podido seguir la pista de un ciervo o de alguna otra criatura igualmente majestuosa, pero ante la inminente caída de la noche, tuvo que conformarse con aquella escuálida liebre.

El cazador recogió su presa justo un momento antes de percatarse que se había introducido en el interior de aquel paraje más de lo que a él le habría gustado.

No sabía exactamente dónde se hallaba, mas no estaba preocupado en exceso. Sabía que daría con el camino hacia el pueblo antes o después.

Robben emprendió la marcha completamente convencido de que había elegido la dirección correcta, tranquilo ante la llegada de la fría noche. En el peor de los casos, no sería la primera que pasaría al raso.

No llevaría recorrida ni media legua cuando divisó un claro entre los árboles. Le extrañó, dado lo interno de su ubicación, y más todavía, que pudiera haber una edificación en él.

Al principio tan solo pensaba que no recordaba haber visto esa cabaña cuando hizo el camino de ida, y que podría utilizarla de refugio esa noche… Pero sus pensamientos se disiparon rápidamente.

Robben, que había visto casi de todo en la vida, se quedó perplejo al posicionar su vista en un árbol colindante a la cabaña.

Una mujer de mediana, tal vez avanzada edad, se encontraba atada de pies y manos al tronco. Desnuda y ensangrentada, otra soga le rodeaba el cuello.

Estaba inconsciente… O eso quería creer.

-¿Quién puede haberle hecho tal horror a una pobre mujer?-se dijo a sí mismo mientras emprendía carrera hacia el árbol, con intención de prestar toda la ayuda posible.

Se plantó frente a maltrecha señora, y se alivió al ver que todavía respiraba. La mujer mostraba una herida circular cauterizada en el hombro izquierdo y una más grande detrás del cuello, de la que todavía manaba sangre.

Robben quería apresurarse a liberar a la mujer de sus ataduras, pero su instinto le frenó.

Un cazador siempre se coloca en dirección contraria al viento cuando espera cazar con cebo, eso funciona con los animales, pero no con los cazadores humanos.

De un movimiento tan veloz que habría pillado por sorpresa a cualquier cosa de este mundo, Robben montó una flecha directamente del carcaj en su arco, y la disparó al tiempo que giraba medio cuerpo hacia la maleza que quedaba a su espalda.

El proyectil se clavó en un tronco con fuerza, obligando a emerger de entre las sombras a aquella acechadora presencia que segundos antes el experimentado cazador había percibido.

-¡Demonios!-exclamó Marienelle mientras caía de espaldas-¡Maldita sea! ¡Lo vas a joder todo!

Robben no dudó en cargar otra fecha y tensar su arco. No sabía que estaba pasando allí, pero no iba a fiarse de nada ni nadie, ni siquiera de una bella joven envuelta en una túnica corinto.

-¿Eres tú quién le ha hecho eso a esta mujer?-le gritó Robben a la joven sin cesar de apuntar hacia ella.

Marienelle, que se había puesto en pie de un ágil salto, encaró su arma de proyectiles hacía aquel cazador entrometido. Solo unos metros les separaban y ambos estaban en disposición de acabar con su oponente.

-¡Apártate de ella! ¡Es un monstruo!

-¿Me tomas el pelo? ¡Tú eres el monstruo!

La cuerda del arco fue tensada todavía más… El gatillo del arma a vapor empezó a ser desplazado…

Una gota de frío sudor recorrió la nuca de Robben, quien no estaba dispuesto a ceder ni a escuchar una sola palabra más de aquella extraña muchacha. Solo le preocupaba ver que el semblante de la joven no mostraba nerviosismo alguno. Dedujo que este no era el primer lance de este tipo para ella, pero para él tampoco.

La situación estaba a punto de desembocar en el peor de los resultados posibles cuando ambos contendientes se percataron de que alguien más observaba la escena.

Con apenas trece años de edad, un chico ataviado con ropa humilde y remendada, se mantenía boquiabierto, con los ojos en la cruenta imagen que proyectaba la anciana. Su mueca expresaba un verdadero trauma.

-¡Un niño!-exclamó Robben.

-Al fin te dejas ver… ¡Joven macho!-el rostro de Marienelle exhibió nuevamente su gesto de superioridad.

-¡Noooooooooooo!-La anciana lanzó alarido capaz de ensordecer que resonó hasta en el último confín del bosque.

De nuevo, la envergadura corporal de la mujer se multiplicó exponencialmente a la vez que un grueso manto de pelo negro aparecía por toda su piel. Las quijadas de la bestia ocultaron su rostro mientras se escuchaba un grito colosal. Ese alarido se tornó en un rugido todavía más ensordecedor. En un instante, la bestia se liberó de sus ataduras y hasta quebró el tronco del árbol a la que estaba sujeta.

-¡Santo Dios!-exclamó un atemorizado Robben que no daba crédito a lo que veían sus ojos-¿Qué demonios es eso?

-¡Maldita sea!-Marienelle dejó de apuntar al cazador para encañonar a la bestia-¡No debí causarle una herida tan grave como supuse y ya se ha recuperado del todo!

Se escucharon varias detonaciones, pero la criatura esta vez evitó los proyectiles sin problemas.

Marienelle tuvo que emplearse a fondo para echarse al suelo y evitar la acometida de la bestia.

-¡Hija de perra! ¡Esta vez voy a hacerte pedazos!-gritó mientras dibujaba una media luna con su cuchillo, alcanzando a la criatura en una de sus extremidades.

La tajada, que sin duda habría sesgado la vida de cualquier hombre, no surtió efecto alguno sobre el monstruo, que devolvió la cortesía sobre su enemiga en forma de zarpazo. Los entrenados reflejos de Marienelle la salvaron de acabar desgarrada.

Ninguna estaba dispuesta a dar su brazo a torcer en el duelo.

Concentrada en la batalla, Marienelle no se dio cuenta que el cazador había aprovechado la confusión para cargar con el chico a cuestas y emprender la huida. Ya estaban ambos a más de un centenar de yardas cuando ella les vio. La joven de la capa corinto no podía creer que aquel cazador samaritano no se diese cuenta de lo que acababa de hacer.

* * *

Los jadeos de Robben eran cada vez rápidos y seguidos. Había corrido con un chico a cuestas como si le persiguiese el mismo diablo. Finalmente, exhausto, decidió parar un momento a recobrar el aliento.

-Ya… Ya nos hemos… alejado bastante… ¿no crees?-tuvo que pararse a cada palabra para tomar aire.

El chico, que le miraba con los ojos llenos de lágrimas y expresión de pavor, no articuló palabra.

-¿Qué hacías allí, chico? ¿Te has perdido? ¿Eres del pueblo?

La respuesta del chico fue la misma que antes.

-Ya veo… Estás tan asustado que no puedes ni hablar… Yo estoy igual que tú, de verdad.

Robben siguió sin encontrar respuesta del niño, así que agarró su mano y dijo:

-¿Listo para correr otra vez? No tengas miedo, te prometo que te llevaré al pueblo y que no dejaré que nada te haga daño. Confía en mí, ¡soy el mejor con el arco!

Robben, llevando de la mano a aquel chaval que acababa de conocer en el que, sin duda, era el día más extraño de su vida, emprendió de nuevo la marcha.

El chico seguía sin decir nada, entonces…

Sus músculos empezaron a desarrollarse y tensarse de una forma sobrehumana…

CAPÍTULO SEGUNDO

¿QUIÉN ES LA MÁS HERMOSA DEL LUGAR?

En el pueblo pocos eran los hombres que no trabajaban en la cantera, y aún menos, los que se podían permitir creerse estar por encima del nivel de vida del resto. Los paupérrimos detalles decorativos en las fachadas indicaban el origen humilde de los habitantes de todas y cada una de las viviendas.

Pero el caso de las mujeres no era, ni mucho menos, mejor. Algunas podían ganar unas pocas monedas como costureras o con otras labores guardadas solo para ellas, pero eso no las hacía distintas a las otras… Si nacías mujer, una de esas humildes casas con paupérrimos detalles en la fachada, sería todo tu mundo.

Para todas salvo para una.

Los varones, rendidos tras un duro día de trabajo, se gastaban todo lo que podían en el único lugar que había: Le Pic D’or.

Gilda no era la regente de la taberna Le Pic D’or, pero sin duda, sí era su alma. Noche tras noche, las miradas de los clientes grababan todos y cada uno de los rincones de su geometría libre de esquinas, suspirando por recibir una cálida sonrisa de ese hermoso rostro cuando se acercase para rellenarles las jarras.

Y ella lo sabía… Y lo adoraba. Adoraba que la adorasen.

En Le Pic D’or, era más que cualquier mujer. Era la reina de todas ellas.

Y como tal, Gilda no era tan solo una tabernera. Cuando el vino y la cerveza habían saciado la sed de todos sus… súbditos, era cuando la bella mujer ofertaba el verdadero motivo por el cual, cada noche, todos los humildes hombres de aquella humilde villa, gastaban sus monedas como si les sobrasen.

Dotada con una gracia casi divina para la danza, cada velada Gilda improvisaba un escenario y deleitaba a los presentes con un espectáculo de baile que provocaba que los ojos no quisieran parpadear y que las bocas no se quisieran cerrar.

Adrien, un hombre de mediana edad, fornido y desprovisto de cabello, era el dueño del local, y era de esos pocos hombres que podían permitirse creerse por encima del resto, aunque no lo hacía. Gilda compartía con él la mitad de las monedas que el público le arrojaba entre ovaciones y suspiros. Era una tarifa establecida por ella misma, que el hombre jamás se atrevería a intentar modificar.

Adrien era consciente de que el éxito de su local era debido a la reina. Se sentía afortunado por ello, y a la vez, amenazado. Si Gilda así lo decidiese un día, su sustento se acabaría. Si Gilda decidiese no darle las monedas del escenario, o no sonreír a los clientes, sería el fin de Le Pic D’or.

* * *

El sol caía tras las colinas que rodeaban el pueblo. Los hombres recogían las herramientas mientras que, en sus casas, las mujeres se ocupaban de recibirles… Había quien pensaba que esa sería la noche que podría retener a su marido en el hogar, brindándose mutuamente calor y cariño, sonriendo cuando este ejerciera sus labores como padre y les dedicara tiempo a los niños… Eran las más ingenuas e infelices de todas.

En este pueblo, casi todos los niños crecían huérfanos de padre, a pesar de tener uno. El resto, eran huérfanos y punto.

Siete de ellos aguardaban en las calles siempre a última hora de la tarde para poder ver a Blanche, una joven que todavía no alcanzaba la veintena, de piel blanca y cabello negro, bella como pocas, que cada crepúsculo se ocupaba de buscar la sonrisa de aquellos más desamparados.

Todos los días, Blanche se reunía con sus siete pequeños seguidores y dedicaba su tiempo y energía a jugar con ellos, les leía historias, mas su intención real era enseñarles a leer, y en definitiva, les daba la calidez humana que el mundo había decidido privarles. Al caer la noche, los acompañaba al albergue de acogida de las hermanas de La couronne d’épines, y se aseguraba que allí tendrían lecho y alimento.

Pero ese atardecer era distinto.

La joven tenía la virtud de dar lo imposible a aquellos que todavía tenían menos que ella, pero era consciente de que, ese imposible, era prácticamente nada.

Vivía, más bien, malvivía con su madre y su hermana pequeña, en una casa todavía más humilde que las demás, en la que se podía percibir la falta de un hombre que aportase el sustento. Si la vida ya era difícil para una familia con un varón como cabeza de familia, era casi imposible para dos mujeres solas con una niña.

Adrien, quien también estaba solo en la vida y sabía lo duro que era, a pesar de ser hombre y ser de los pocos que podían decir que tenía más de lo que necesitaba, pactó con la madre de Blanche disponer de la joven cada noche en la taberna a cambio de unas monedas. La chica recogería las mesas, fregaría las jarras, limpiaría todo lo que lo demás ensuciasen y atendería sin debate cualquier orden de él y de Gilda. Un trabajo duro, exhaustivo y mal pagado para cualquier hombre, pero que la haría ganar más dinero que cualquier mujer… Casi cualquier mujer.

Feliz por saber que alguien de tanto éxito como Adrien había depositado su confianza en ella, Blanche emprendió el camino a paso ligero hacia Le Pic D’or, eligiendo una ruta que previamente la conduciría hacia la parte delantera del albergue.

Sus siete pequeños seguidores, como cada día a la misma hora, ya estaban esperándola.

-¡Blanche! ¡Ven! ¡Vamos a jugar!

-¡Blanche! ¡Blanche! ¡Mira el dibujo que te he hecho!

-¡Blanche! ¡Juguemos a algo!

Eran siete. Al más alto y mayor de todos, de unos trece años, nunca se le oía, y aún así, estos cinco niños y dos niñas rompían la monotonía del silencio crepuscular con risas y entusiasmo, haciendo que una amplia sonrisa se dibujara en la bella faz de la joven muchacha. Ella era una luz tenue que luchaba con todas sus fuerzas contra la oscuridad que cubría a los siete y, contra todo pronóstico, estaba ganando la batalla.

-Chicos, sabéis que no querría otra cosa… Pero hoy empiezo a trabajar en la taberna, como cada noche a partir de ahora, espero.

-¿En serio? ¡Eso es genial!

-¡Eres la mejor, Blanche!

-¡Lo harás mejor que nadie! ¡Y tendrás muchas monedas!

El huérfano más alto permanecía en silencio, como era habitual, por detrás del resto. Blanche se percató de que el chico mostraba, aunque vagamente, un semblante de alegría

-¡Chico del bosque! -dijo la joven muchacha- ¿todavía sigues sin hablar?

-¡Déjale, Blanche!

-Él nunca dice nada, solo es un bicho raro que se nos une.

-Yo creo que es mudo… ¡O a lo mejor es tonto o está loco!

Blanche se acercó al chaval, se inclinó un poco hacia él, apoyó sus manos en las mejillas del muchacho y besó su frente.

-No les hagas caso, cielo… Seguro que si no dices nada es porque no tienes nada que decir,¿verdad?

* * *

-¡Todavía no puedo creerme que me hayas hecho esto, Adrien!-Gilda era una mujer a la pocos se atreverían a provocar-Cuando comprendas tu estupidez, tal vez ya será muy tarde. Espero que esto te quede muy claro.

-¡Ya basta, Gilda! -arrancó Adrien con su tono más autoritario -¡Quien manda aquí soy yo y me aburren tus lloriqueos! ¡Por unas monedas, otra chica va a hacer lo que a ti no te da la gana de hacer, y puedes aprobarlo o no, pero hagas lo que hagas, hazlo en silencio!

La puerta de la taberna se abrió lentamente, dejando ver la femenina silueta de Blanche.

-¿Hola? ¿Señor Adrien? Soy Blanche.

-¡Hola! ¡Caramba! ¡Tú madre se quedó muy corta cuando me dijo que eras guapa! ¡Llegas muy puntual!

-Gracias, señor Adrien. Y muchísimas gracias por la oportunidad.

-No las merecen… Esta es Gilda, es la mesonera y atiende a los clientes, ella podrá explicarte como funciona todo cuando yo no pueda, aunque de momento, tan solo te encargarás de fregar las jarras y recoger las mesas, ¿vale?

La noche transcurría como otras en Le Pic D’or. La bebida brotaba en las jarras sin descanso al tiempo que el jolgorio llenaba todo el local.

-¡Gilda! ¡Rellénanos las jarras y siéntate con nosotros!

-¡Gilda, preciosa! ¿Te sentarías en mis rodillas?

-¡Guapa! ¡Solo dímelo y dejaré a mi mujer!

Gilda toreaba cada noche en la misma plaza, tenía una respuesta para todo y, aunque jamás ningún hombre consiguió más de lo que ella quiso, todos se quedaban con la sensación de que podían volver a intentarlo tantas veces como fuera necesario.

Esa era la habilidad de la reina, gobernar a todos sus súbditos de la forma en que ella quería, haciéndoles creer que eran ellos quienes tenían el control.

-Valientes ingenuos-pensaba para sí misma.

En cierto momento de la noche, un par de jóvenes apartaron una mesa que colocaron cerca de la chimenea, ahora apagada por lo avanzado de la primavera, sujetando una bandurria y un laúd.

-¡Gilda! ¡Aquí ya estamos preparados! ¿Es que no piensas bailar hoy? ¡No te hagas más de rogar!

La reina se detuvo un momento mirando hacia los dos casi ebrios músicos y acto seguido se dirigió a la barra, situándose frente a la joven Blanche, clavando sus pupilas en las de ella.

La penetrante mirada de Gilda, amén de su pícara sonrisa, denotaba confianza a la par que ocultaba sus verdaderos motivos.

-Chicos… ¿Por qué verme bailar a mí cuando esta noche nos acompaña esta encantadora joven que seguro que os fascinará? ¿Qué dices, preciosa? ¿Quieres ganarte unas monedas extra?

Blanche necesitó un momento para asimilar lo que la reina le acababa de proponer, y antes de tan siquiera emitir el primer sonido de cualquier palabra, el señor Adrien, atento desde un principio, intervino.

-¡Gilda! ¿Se puede saber qué estás haciendo? ¡Ocúpate de lo tuyo y deja a la muchacha en paz! ¡Dios! ¿Qué pasa contigo hoy?

-Cálmate Adrien, solo le proponía a esta radiante joven la posibilidad de ganar unas monedas más, aparte de la miseria que seguro le vas a dar.

-¡Déjate de cuentos! ¡Lo que buscas es ponerla en un compromiso!

Blanche, que había guardado silencio hasta ahora, suprimió la mueca de perplejidad de su cara, tomó una bocanada de aire e irrumpió en la conversación con un tono pausado, pero sin tintes de titubeo.

-Lo haré… Es decir, si el señor Adrien me da permiso.

La mueca de perplejidad se dibujó en ese momento en la cara de Adrien, y la pícara sonrisa de Gilda volvió a esbozarse.

-¡Claro que sí, cielo! -exclamó la reina sin dar opción a Adrien a decir nada, quien al escuchar estas palabras, frunció el ceño y optó por no dar réplica, limitándose a volver a sus quehaceres.

Gilda posó sus manos en la cintura de Blanche, incitándola a caminar más deprisa hacia el improvisado escenario.

Los hombres allí presentes, rudos trabajadores en la cantera durante el día y clientes habituales de Le Pic D’or cada noche, se agruparon en semicírculo sujetando sus jarras y sin interrumpir sus conversaciones. Algunos, todavía no se habían dado cuenta que esta noche no verían bailar a Gilda, callando de golpe y cambiando las expresiones de sus risueños rostros al ver que, en el centro y con un nerviosismo latente, una joven muchacha de rostro angelical se encontraba parada, con los brazos caídos con una mano sobre otra.

Gilda se puso delante de Adrien entrecruzando sus brazos manteniendo esa mueca de superioridad que la caracterizaba. Sabía que Adrien se había dado cuenta que su intención era humillar a la joven, y que él no podía hacer nada para impedirlo. Puede que la taberna fuese de Adrien, pero Gilda era la reina indiscutible. Lo había sido siempre… Y desafiar a la reina conlleva pagar un alto precio.

La música comenzó a sonar.

Blanche permanecía impertérrita, inmóvil. Los hombres empezaban a girar sus cabezas los unos hacia los otros. El cuchicheo se escuchaba a través de las notas.

Gilda sonreía. La joven no iba a poder con esto, se iba a morir del ridículo… A fin de cuentas, era apenas una adolescente y no estaba preparada.

Adrien se dispuso a dar el primer paso hacia lo que iba a ser el salvamento de una joven del momento más vergonzoso de su vida, cuando en ese momento, un grito de ánimo brotó de entre el público… Blanche había comenzado su número.

Sin duda, algo con lo que Gilda no contaba.

Blanche se movía tan grácilmente que dejaba claro que no era la primera vez que se había visto en una situación así. Por momentos, sus ojos permanecían cerrados al tiempo que el contoneo de su joven cuerpo se solapaba a la perfección con la melodía. Cuando los abrió, con solo una mirada tan expresiva como sus movimientos, causó un estallido de júbilo entre los presentes tal, que la mueca en la cara de Gilda cambió drásticamente.

Y entonces su verdadero baile empezó.

Los clientes se lo pasaron en grande. No dudaron en llenar de monedas el suelo alrededor de la joven danzarina. Pedían otro, reían, bebían, y volvían a pedir otro. Sin duda, ninguno esperaba tener una noche así.

Al cierre, cuando todos los hombres se marchaban, agradeciendo a Adrien tan magistral velada, Blanche empezó a recoger del suelo las monedas que estos le habían arrojado. Estaba agotada y no era capaz de percibir un solo centímetro de su piel que no estuviera bañada en sudor.

-La mitad son para Adrien -irrumpió Gilda- esa es la tarifa.

Antes de que Blanche pudiera responder que ya lo sabía, Adrien apareció.

-Normalmente sí, cielo, pero hoy ha sido logro tuyo y te las has ganado. Llévaselas a tu madre.

Blanche se mostró entusiasmada y agradecida lanzándose a abrazar a Adrien sin dudarlo. Culminó la acción con un beso en su mejilla.

-Vale, vale, chica… -el dueño de la taberna trataba de quitarse de encima a la joven-Coge tu chal y vete ya a casa antes de que se te haga más tarde, ya terminamos de cerrar Gilda y yo.

-Sí, guapa. Y camina con cautela, recuerda siempre mirar atrás… -añadió Gilda, la reina con ceño fruncido.

-Cállate, Gilda… No le hagas caso cielo. Hasta mañana.

-Hasta mañana señor Adrien… ¡Hasta mañana, Gilda!

Gilda se limitó a mirarla de reojo.

Una vez la puerta se cerró, Gilda frenó en seco su labor de recoger las mesas y dejó caer la bandeja sobre la barra desde la altura justa para hacer ruido y llamar la atención de Adrien.

-Nunca me has dado a mí todas las monedas, Adrien.

-Nunca he pretendido humillarte delante de un montón de desconocidos tampoco, Gilda.

-¡Piérdete! -espetó Gilda mientras se despojaba del delantal.

-¿Adónde vas?

-¿Tú que crees?

La puerta volvió a cerrarse, esta vez con un estruendo. Adrien dibujó una gran sonrisa en su rostro, a pesar de que tenía que recoger él solo, porque valía la pena; Una joven había hecho lo que él nunca fue capaz de hacer… Una joven había podido con la reina…

CAPÍTULO TERCERO

¡LLEGO TARDE!

-¡Hija! ¡Es maravilloso!-Exclamó asombrada Neige, la buena madre de Blanche, despertando de golpe a su joven hija al tiempo que irrumpía frente a ella sujetando un gran montón de monedas con ambas manos-¿Cómo puede ser esto?

-No será así todas las noches, madre-comentó Blanche mientras se frotaba los ojos e intentaba sacar las piernas del lecho-ayer me propusieron hacerle un baile a los hombres de la taberna a cambio de unas monedas, de las cuales debo dar la mitad al señor Adrien, aunque por ser la primera vez, no aceptó la tarifa.

-¿Cómo que hacer un baile, hija?

-La tabernera, Gilda, baila todas las noches para los hombres que van a beber y anoche me pidió si me atrevía a sustituirla y acepté. Ya sabes que me encanta bailar y no lo dudé.

-Ya lo sé, hija, lo bien que se te da y lo que te gusta, pero… No me gusta, Blanche. Esas monedas deberían haber sido para esa otra mujer, no le debió hacer nada de gracia. No me imagino por qué te pidió a ti que bailases.

-Seguro que sabe nuestra situación… Es una buena mujer, madre.

-Es posible… Pero también es posible que sus intenciones fueran otras… Más oscuras.

-¡Siempre tan mal pensada!-Alegó la joven mostrando una sonrisa de confianza-Ella no tiene motivos para hacernos nada malo, madre.

-Seguro que tienes razón, hija mía. No le daré más vueltas.

Una tímida tos se dejó oír desde el lecho que Blanche compartía con su hermana.

-¡Alice, mi vida!-Neige guardó las monedas en un bolsillo de su delantal y se inclinó hacía la más pequeña de sus hijas ¡Te hemos despertado!

La pequeña Alice, que apenas alcanzaba el inicio de la adolescencia, siguió tosiendo.

-Mi vida, gracias a tu hermana voy a poder comprar tu medicina al doctor, y carne para comer y te pongas fuerte-la buena mujer decía estas palabras mientras abrazaba a su adorada niña.

Blanche, que acababa de terminar de ponerse su vestido, pidió algunas monedas a su madre para poder encargarse de pasar por la botica del médico y por el mercado, besó a su hermana pequeña, ya incorporada y con su madre sentada a su lado, y salió a la calle.

Las jóvenes adoraban a su madre, pero le mantenían en secreto su verdadera relación con los siete pequeños huérfanos. Ambas, Blanche y Alice, eran amigas de ellos, pero desde que Alice enfermó, Blanche decidió que intentaría por todos los medios que esas siete desamparadas almas no tuviesen que pasar por lo mismo. Sin embargo, era consciente de que quien nada tiene nada debe ni puede dar, y que a su madre le disgustaría que se ocupase de siete niños desconocidos tanto como de Alice.

Alice tiene madre y hermana”-solía repetirse mentalmente-“los siete huérfanos no tienen a nadie”.

Era hacia el mediodía, no era la hora habitual en la que solía reunirse con ellos, pero estaba confiada en que los encontraría.

-¡Blanche! ¿Vienes a jugar?

-¡Blanche! ¡Blanche!

-¡Blanche!

No se equivocaba. Los siete pequeños y harapientos huérfanos se encontraban frente al albergue, ajenos a la miseria que les envolvía. A alguno apenas le quedaban meses para tener que dejar forzosamente a las Hermanas de La couronne d’épines. Es posible que alguien entre los varones tuviese suerte y fuese acogido en la cantera, donde trabajaría de sol a sol olvidando en apenas un par de jornadas su infancia, triste para cualquier otra persona pero gracias a Blanche feliz para él, y que acabase tarde o temprano viviendo su época adulta anhelando las noches en las que pasaría su efímera existencia como el resto de hombres del pueblo, suspirando por Gilda o por quien quiera que fuese quien amenizase las veladas en la cantina. Al resto les esperaba una corta vida de mendigar, de pasar hambre y frío, de hurtos y palizas de los guardias del alguacil.

-¡Chicos!-la joven se vio rodeada por seis de los siete en tan solo un segundo-¡Quería veros! ¿Estáis todos bien?

Un feliz y prolongado sí se escuchó a coro.

-¿Fuiste a la taberna?

-¿Ganaste monedas?

-¿Bebiste cerveza? ¿A qué sabe?

-¿Puedes leernos hoy una historia?

Las preguntas se sucedían continuamente, a menudo inconexas entre ellas, y muchas quedaban sin respuesta. Un murmullo constante de voces cuyo timbre todavía estaba en desarrollo que irritaría al mismísimo Santo Job, pero que Blanche encontraba adorable.

Sin perder la sonrisa, hizo indicaciones a los huérfanos para que se situaran en torno a ella, orden que acataron sin dudarlo un instante.

Les contó todo sobre la noche anterior, desde los nervios que la atacaron en el momento que abrió la puerta de la taberna, hasta los vítores de los clientes pidiendo otra danza.

El joven huérfano conocido como chico del bosque lucía una escueta mueca de alegría mientras escuchaba la narración de Blanche, pero se mantenía, como siempre, un poco apartado del resto. La chica le miró.

-¡Chico del bosque! ¿Eso es una sonrisa?

La mueca en el rostro del muchacho cambió a uno más serio y, a la par, perplejo. Blanche se dio cuenta y le dedicó la más cálida sus sonrisas acompañada de un guiño. El chaval se sonrojó.

-Bueno… Tengo que dejaros. Voy a llevarle a Alice sus medicinas para que se ponga buena muy pronto.

-¡Qué Bien!

-¡Podrá venir a jugar con nosotros otra vez!

-¡Sí! ¡Se va a poner buena!

* * *

Blanche y Neige tuvieron que preparar el jarabe, diluyendo unos polvos de color azul mustio en agua, y calentando la mezcla hasta que hirvió.

Alice tosió justo después de tragar el contenido de la cuchara con la que Neige le servía la poción de un cuenco.

Sabía peor de lo que olía y aparentaba, pero la niña hizo acopio de valor y terminó todo el recipiente. Inmediatamente después cayó rendida sobre el lecho.

Se despertó con las primeras luces de la mañana.

Inhaló aire fuertemente. Ni rastro de su nariz tapada. Ni rastro de esa, en muchas ocasiones, sanguinolenta tos que la acompañaba desde que podía recordar. Ni rastro del frío que siempre la envolvía y la hacía temblar.

Por primera vez en mucho tiempo, podía ver con claridad, pensar sin sentir como si algo le aplastase las sienes y… sonreír.

Dudó si ponerse en pie, pero finalmente lo hizo. Se mantenía erguida, no necesitaba apoyo, ni que cargasen con ella. Sentía la resquebrajada madera del suelo en la planta de los pies y un pequeño hilo de aire de la suave brisa matutina que entraba por las rendijas del marco de la ventana en las mejillas.

Estaba viva. Más viva que nunca.

De sus ojos brotaron lágrimas, pero distintas a las que día tras día había sentido, y distintas a las que día tras día, había visto brotar en los rostros de su madre y hermana.

Dejó atrás el lecho y se dirigió hacia la otra estancia de la casa. Lo hizo sin balancearse ni temblar, así que apretó el paso levemente aunque su distancia a recorrer era francamente pequeña.

-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Blanche!

Nadie respondió a su llamada, así que volvió a gritar, ocurriendo exactamente lo mismo.

Alice no alcanzaba a comprender dónde podría estar su familia, pues normalmente nunca la dejaban sola. Supuso que al menos una no debía estar muy lejos, tal vez llenando el ánfora de agua en el pozo, así que abrió la puerta y salió afuera. Llevaba meses sin hacerlo, y el pueblo había cambiado.

Desde su posición podía ver que, a pesar de que la primavera daba sus últimos coletazos, las flores de las macetas que lucían en las ventanas de las casas más afortunadas mantenían el brillo como el primer día.

Sobre el verde manto que cubría el suelo, las fachadas de las casas mostraban un blanco inmaculado que reflejaba el sol, y los tejados eran rojizos y uniformes, rompiendo arrogantes la hegemonía del azul del cielo.

El aire, que permitía percibir un aroma floral con matices salvajes, era limpio y fresco.

Hacía tanto tiempo que la vida de Alice se limitaba a contemplar los cuarteados listones del techo de su alcoba y a respirar el desgastado aire, en ocasiones con matices a vómito o algo peor, desde el lecho que compartía con Blanche, que las callejuelas frente a su casa le parecían lo más hermoso que había visto jamás.

-¡Niña! ¿Qué diablos haces ahí sola?-una ronca voz de varón sobresaltó a la pequeña-¿Y descalza?

El alguacil del pueblo, el señor Lapin, era un viejo conocido de todos. Su semblante serio y autoritario casaba a la perfección con su oficio. Respetado y conocido en cada rincón del lugar, Lapin había sabido hacerse valer entre los vecinos. Alice permanecía frente a él todavía sobresaltada.

-Espera… ¿Eres la mocosa de la viuda Neige? ¿No estabas postrada, delirando y agonizando?

-Hola, señor alguacil. Mi madre me dio una medicina que mi hermana compró en la botica del médico, y estoy mucho mejor. Ahora las estaba buscando.

-¿Tu hermana compró medicina en la botica? ¿Cómo?

-En su trabajo gana muchas monedas… ¿La ha visto? ¿Y a mi madre?

-¿Su trabajo?

-En la taberna del señor Adrien… ¿No las ha visto?

-No, niña. Te pediría que me contases más, pero me apremian otros asuntos y me esperan en otro lugar al que no voy a llegar a tiempo. La gente dice que nunca llego a tiempo, que siempre llego tarde… Pues deja que te diga una cosa, hago más de lo que puedo, y más de lo que se merece la caterva de haraganes y catetos de este lugar… Mientras tanto, una niña llega a su casa noche tras noche con el bolsillo lleno… ¿Y por qué? ¿Por ser un pendón que luce los senos ante todo ese hatajo de mugrientos babosos cuyas mujeres son incapaces de mantener el orden en sus casas?

Alice retrocedió un paso. El hombre, poco menos que gigantesco para ella, le infundía una sensación de terror que hacía que un escalofrío le recorriese el espinazo, y el hecho de que a su rostro le faltasen varias cosas, como el pelo o una pieza en la boca, sumado a un intenso olor a sudor reseco, no ayudaba. Cruzó sus dedos delante del pecho y no dijo nada.

-Debo irme… ¡Maldición! Mira niña, si tuvieses que buscar a un perro lo harías donde hubiese comida, pues si tienes que buscar a una perra como tu hermana, hazlo igual.

Alice deseaba gritar a aquel hombre asqueroso, ponerlo en su lugar… Deseó que un rayo cayera del cielo y le partiera en dos… Pero ese hombre era la ley allí, quizá el más poderoso del pueblo, y ella, ni tan siquiera era una mujer todavía… Y si lo hubiera sido, tal vez incluso habría sido peor, porque pese a lo desagradable de sus comentarios, era lo bastante mayor como para darse cuenta que Lapin se había contenido hablándole a una niña.

El alguacil prosiguió su camino y Alice, sin todavía noticias de su familia, decidió seguir la sugerencia que acababa de oír, muy a su pesar. Le gustaba sentir las briznas de hierba entre los dedos de sus pies y la suave brisa de la mañana, así que ni se le pasó por la cabeza regresar adentro para buscar un vestido y zapatos. Descalza y ataviada con solo su camisola, emprendió a paso ligero el camino que la llevaría hacia Le Pic D’or, aunque antes, quería hacer una parada que hacía mucho tiempo que anhelaba.

* * *

-¡Alice! ¿Eres tú?

-¡Alice! ¡Alice!

-¡Alice! ¿Vienes a jugar? ¿Y Blanche?

Los siete huérfanos se encontraban ejerciendo sus quehaceres habituales frente al albergue, y como en tantas y tantas ocasiones habían hecho con su hermana, esta vez corrieron, o al menos seis de ellos, a saludar a Alice.

-¡Hola!-gritó entusiasmada al tiempo que se cogía de las manos con una de las niñas.

-¿Te dio Blanche la medicina?

-Sí, así fue. La preparó junto a mi madre anoche.

-¿Y ya estás buena?

-Sí, ya lo estoy.

Alice interrumpió su conversación en ese momento y se percató en un chico, tal vez de su edad, que no había dicho nada hasta ahora y que tampoco se había sumado a la celebración. No le conocía, pero como si lo hiciera, pues había oído hablar de él en múltiples ocasiones.

-Tú debes de ser el chico del bosque, ¿verdad? Mi hermana me ha hablado mucho de ti.

El muchacho no dijo nada, pero le transmitió confianza con la mirada.

-No le hagas caso, Alice.

-Él nunca habla. Nunca dice nada.

-Solo viene con nosotros y nada más.

-Es un loco.

Los comentarios de los niños no parecían molestar al chico del bosque lo más mínimo. Alice se acercó a él y le besó en la mejilla.

-Ni caso. Si yo viviera con ellos, tampoco tendría nada que decir.-le susurró al oído.

Hacía muchísimo tiempo que Alice no veía a los seis… siete huérfanos, tanto, que le parecía que todos, el chico del bosque incluido, eran más pequeños que ella. Y no solo de edad, también de tamaño.

Agarró fuerte la manga de la camisa de aquel joven tan silencioso y dio un tirón mostrando una pícara sonrisa.

-¡Tú la llevas!

Acto seguido empezó a correr y el resto le siguieron, cada uno en una dirección. El chico del bosque dibujó una mueca de asombro en su cara, pero enseguida mostró una sonrisa y empezó a correr tras uno de sus compañeros.

Alice era, en ese instante y durante unos momentos, la niña más feliz de Francia. Podía correr, saltar, gritar y reír como el resto, y así lo hizo, hasta que recordó el motivo que la había llevado hasta ese lugar.

-Tengo que buscar a Blanche, pero os prometo que volveremos las dos muy pronto.

-¡Sí, por favor!

-¡Volved las dos!

-¡Encuentra a Blanche!

Alice miró un segundo hacía atrás, sonrió a sus amigos y siguió la marcha.

* * *

La pesada puerta crujió cuando Alice la empujó. Estaba nerviosa, porque estaba segura de que nunca nadie a su edad, y sobre todo niña, había entrado por propia voluntad en ese local. La taberna era un lugar reservado solo a mayores.

Las pareces relucían en un cálido tono arena detrás de unos tapices que, tendidos desde el techo, mostraban todo tipo de hermosas imágenes. En el centro del salón colgaba desde el techo una gran lámpara de numerosos brazos dorados terminados en cúpulas de cristal brillante, que daban luz de una manera que Alice no era capaz de describir. Proyectaba bellísimas formas geométricas en infinidad de colores por todo el local. Unos destellos que se movían cuando la majestuosa lámpara se mecía.

Blanche le había dicho que los hombres de la taberna eran en su mayoría trabajadores de la cantera, y que las mujeres no solían frecuentar el local. Pero sus ojos le decían otra cosa. Los hombres eran caballeros, sin duda, y las mujeres, auténticas damas engalanadas que solo con verlas le provocaron admiración… Y envidia. Ella iba descalza y vestida con una camisola que casi parecía un harapo. Era una niña y tal vez no le importase a nadie, pero quería sentirse como esas mujeres.

Notó como alguien la agarraba del brazo y se giró.

Era la mujer más hermosa que había visto jamás. Vestida como una verdadera princesa de cuento de hadas, de esa mujer emanaba un aura de calidez embriagadora. Estaba claro que esa mujer estaba por encima de todas las demás. De hecho, nunca se imaginó que una mujer pudiera ser tan bella. Alice se quedó perpleja cuando ese rostro angelical pronunció su nombre.

-Eres Alice, ¿verdad cielo? ¡Eres tan guapa como tu hermana! ¡Sí! ¡Debes de ser Alice!

-Sí…-titubeó la pequeña-soy Alice.

-Mi nombre es Gilda, cariño, ¿no has oído hablar de mí?

-¡Sí!-Exclamó entusiasmada Alice

-Pero cielo, ¿qué haces vestida con ese trapo? ¿Y descalza?

-Yo estoy bus…

-¡No digas nada! ¡Solo sígueme!

Gilda condujo a la niña hasta una puerta, detrás de la barra. Alice no podía dar crédito a lo que vio al cruzarla.

-Elige el que quieras, cariño. No lo dudes.

El cuarto era un guardarropa incomprensiblemente bien iluminado que albergaba decenas de prendas de todos los colores y formas. Las más finas sedas de Asia, linos de Europa, felpa de la moda parisina, terciopelos del sur de España… Nunca creyó que alguien como ella, con su origen y su enfermedad, pudiera ver con sus propios ojos esos ropajes.

Vestida como una más, pisó de nuevo el salón de la taberna de la mano de Gilda, quien no dudó en darla a conocer ante los presentes. Alice no alcanzó a comprender por qué Gilda hizo eso, pero no le dio importancia.

-Gilda, ¿sabes dónde está mi hermana?

-No, cielo.

-No puedo quedarme, debo buscarla. Y a mi madre.

-Ya habrá tiempo. Ahora va a sonar la orquesta y comenzará el baile.

-¿Qué baile?

-Los hombres eligen en él a sus futuras esposas de entre todas las mujeres de aquí. Día tras día, repetimos este ritual.

-No lo entiendo…

La pequeña Alice no daba crédito a lo que estaba oyendo. Como cualquier niña de su época, soñaba con casarse con un apuesto y rico caballero, o al menos, con cualquier hombre que pudiese aportar el sustento, más aún desde que vivía en la casa que vivía, una casa plagada de penurias, enfermedades, hambre y frío que carecía de un varón cabeza de familia… Pero sabía que aún era demasiado joven.

-Debo irme…

-¡No!-Espetó tajante Gilda frunciendo el ceño-¡Debes quedarte al baile!

Alice soltó la mano de Gilda y dio un paso atrás. Gilda pareció relajarse y volvió a dedicarle una sonrisa.

-Siento haberte asustado, cielo. ¿Qué es lo que te preocupa?

-Quiero buscar a mi hermana.

-Nadie va a elegirte, si es eso lo que te turba. Ni a ti, ni a ninguna de las demás…

La música comenzó a sonar. Las mujeres se apremiaron a formar en fila a un lado del salón, y a los hombres no pareció importarles. Fue en ese momento cuando Alice se percató que todos miraban hacia su posición.

-¡Gilda! ¡Cásate conmigo!

-¡Gilda! ¡Te quiero!

-¡Gilda! ¡Soy el único que te hará feliz!

Todos los varones comenzaron a gritar como si el demonio les hubiera poseído. Se empujaban, se golpeaban, se agarraban por los ropajes. Algunos acababan en el suelo mientras el resto les pisaban.

Las mujeres, situadas enfrente de tan dramática y lamentable escena, no podían más que sumirse en lágrimas. Incluso hubo quien cayó de rodillas, derrotada.

-¡Chicos!-dijo Gilda en su tono más afable-¿Todo esto es por mí?

La pugna se recrudecía. Ya era casi una batalla campal. Las rodillas de Alice temblaban de auténtico pavor. Gilda sonreía incesantemente, mostrando un aire de arrogancia y

superioridad inimaginable. El lamento de las mujeres se volvía, a cada momento, más intenso.

-¿Lo ves, cielo?-Gilda se dirigió a la pequeña-Todos los corazones de los hombres laten solo por mí, por eso no te iban a elegir. Ni a ti, ni a ninguna otra. Son mis súbditos… ¡Y yo su reina! ¡REINA DE CORAZONES!

La niña, atemorizada, se dispuso a huir como alma que lleva el diablo, cuando, de entre la maraña de golpes y gritos, pudo distinguir una figura.

Era un joven que apenas rozaba la adolescencia, pausado, tranquilo… Callado.

El chico del bosque apareció de repente, sin ninguna intención de entrar en la contienda, y comenzó a caminar hacia Alice.

Las mujeres se fijaron en él y detuvieron su llanto, mostrando semblantes de confusión y sorpresa. Los hombres cesaron de lidiar y comenzaron a seguirle con la mirada.

El paso del joven era firme y constante. Se detuvo frente a Alice, quien pudo ver que no era más pequeño que ella, ni de edad, ni de tamaño.

Cuando las miradas de ambos jóvenes se cruzaron, el tendió su mano con la palma para arriba hacia ella.

La mujeres estallaron en júbilo. Era apenas un niño, sí, pero por fin, un varón había elegido a otra que no era Gilda. Un varón se oponía a la reina de corazones.

Cuando Alice sonrió y estaba a punto de agarrar la mano del chico, Gilda también estalló, aunque no en júbilo.

-¡Maldita perra! ¡¿Cómo te atreves?! ¡Os cortaré la cabeza a los dos!

El chico del bosque agarró fuerte la mano de Alice y juntos emprendieron la carrera hacia la puerta. Gilda gritaba y maldecía.

-¡Hombres! ¿Me queréis de verdad? ¡Traedme sus cabezas!

Alice y su compañero corrieron tan rápido como les fue posible. En el pueblo había caído la noche, algo que no debería haber ocurrido todavía y que la pequeña no alcanzaba a comprender, y el verde manto del suelo, el brillante blanco de las casas y el majestuoso rojo de los tejados se habían convertido en lúgubres tonos grises.

No tenía miedo. Confiaba en el chico del bosque que nunca hablaba. A pesar de estar huyendo de la enfurecida turba de los corazones de la reina.

Durante la carrera, Alice no podía apartar sus ojos de aquel chico tan extraño. El joven tenía una expresión que proyectaba confianza. Su ceño fruncido era acompañado por una leve sonrisa de seguridad. Sin duda, no era como el resto de chicos que había conocido en su vida.

Antes de que el cansancio hiciese mella en sus jóvenes cuerpos, Alice reparó en que ya no les perseguía nadie.

No sabía cómo, pero estaba frente a la puerta de su casa y su acompañante había desaparecido. Se giró varias veces sobre sí misma, buscando con la mirada en todas direcciones. Nada.

Notó algo en la planta de su pie izquierdo y al dirigir hacia él la mirada pudo ver que ya no llevaba los zapatos que se puso en la taberna, pero tampoco el vestido. Volvía a vestir su vieja camisola.

Aturdida por todo cuanto le había pasado, decidió volver a su alcoba.

-¿Mamá? ¿Blanche?-preguntó nada más entrar en la morada sin obtener respuesta.

Cerró la puerta y se sentó sobre la cama, con los pies sobre ella, agarrándose las rodillas. Había sido el día más intenso de su vida. Cayó rendida mientras pensaba en todo lo que le había pasado.

* * *

-¡Mamá! ¡Está peor!-gritaba histérica Blanche con los ojos bañados en lágrimas.

-¡SANTA MARÍA! ¡No me la quites todavía!-Neige suplicaba desesperada al cielo mientras sujetaba el inerte cuerpo de la más pequeña de sus hijas.

-¡Traeré al médico! ¡Voy a traer al médico aunque sea a rastras!

Blanche corrió hacia la puerta y antes de abrirla, miró hacia atrás un momento. La escena era sobrecogedora para ella. Se secó las lágrimas con su vestido y salió de la casa como una exhalación. Su madre se quedó gritando y llorando, abrazada a la pequeña Alice.

En el suelo, un cuenco de madera vertía su contenido sobre el suelo… Un líquido de un color azul mustio…

CAPÍTULO CUARTO

¡SOPLARÉ Y TU PUERTA DERRIBARÉ!

-¿Pero tu hermanita está mejor?-la expresión de Adrien era de preocupación sincera.

-Sí, sí…-Blanche hablaba mientras seguía enjuagando las jarras en el barreño-Fue solo un susto. Tardó un rato en recuperar la consciencia pero nada más. El doctor dice que debe seguir tomando la poción cada día, aunque reaccione así, o no sanará.

-¿Cuántas monedas os pide el doctor por la poción?

-Treinta por un frasco.

-Yo te daré todas las que pueda por tu trabajo, de verdad.

-Señor Adrien, usted ya hace más de lo que puede. Muchísimas gracias.

-Seguro que siempre se puede hacer algo más-pensó para sí el gerente del local.

Al otro lado del local, Gilda servía las mesas. Por algún motivo que se escapaba a su comprensión, esa noche no parecía haber la misma algarabía a su alrededor.

-Vuestro vino, chicos.-Gilda acompañó la frase con su sonrisa habitual.

Ni un escueto gracias salió de la mesa.

-¡Vaya caras!¿Habéis tenido un día duro?

Uno de los hombres de la mesa hizo ademán de réplica, pero finalmente no dijo nada.

-Chicos…-el afable, pícaro y habitual tono de la mujer-Ya nos conocemos, ¿qué os pasa?

-Pues… Nos preguntábamos si podría Blanche servirnos hoy…

La mirada de Gilda se clavó como un puñal en los ojos de aquel cliente. El hombre tragó saliva.

-Blanche no sirve las mesas, solo limpia las jarras… Y la mierda.

-Pero… Sí bailará, ¿no?

-¿No me habéis oído?

Los hombres de la mesa decidieron no decir ni una palabra más por el momento. Gilda colocó la bandeja bajo su brazo y se dirigió a la barra. Ignorando que Adrien estaba allí, dejó la bandeja bruscamente para llamar la atención de Blanche.

-¡Niña! ¡Necesito más jarras! ¡Date aire y deja de hablar!

-¡Oye!-Adrien no dudó en irrumpir-¿Qué demonios te pasa hoy? ¡Está haciendo un buen trabajo!

Gilda cargó la bandeja con cuatro vasos de cerámica llenos de cerveza y puso rumbo a otra de las mesas, sin prestar la menor atención a Adrien.

-Ya está aquí la cerveza, guapos-la facilidad de Gilda para pasar de un tono a otro siempre fue digna de elogio.

-Gracias preciosa.

Esa respuesta ya le pareció más normal a la reina, quien sonrió cálidamente a aquel muchacho. Las palabras que tomaron forma en la conversación posterior ya no le parecieron tan normales.

-¿Cuándo empieza el baile hoy?

-Muy pronto, cielo. Hoy he preparado algo que os va a encantar.

-¿Tú? Entonces, ¿no va a bailar Blanche?

-¡NO!-el contundente monosílabo amedrentó al cliente-Es decir… No, cielo. Ella no bailará más.

Otro de los hombres sentados a la mesa se unió a la conversación.

-¿Servirá ella las mesas mientras tú bailas? Por levantarme o no.

Gilda apretó los dientes con virulencia, pero por detrás de sus labios, para que los clientes no lo vieran. Dejó esa pregunta sin responder y volvió a la barra. Cubrió la superficie de la bandeja nuevamente con vasos de cerámica y emprendió el camino hacía otra mesa.

Para Adrien las conversaciones que los hombres mantenían con Gilda y las escenas que la mujer protagonizaba en cada mesa noche tras noche se habían convertido en un murmullo incesante al que ya no prestaba atención mientras atendía a sus labores de rellenar las jarras con las comandas, pero esa noche había podido percibir que de Gilda no emanaba ese aura de superioridad y arrogancia que la caracterizaba, así que decidió seguirla con la mirada y poner su atención en ella.

Esbozó una sonrisa cuando la mueca de su empleada cambió con las sugerencias de los clientes. No pudo escuchar todo desde su posición pero no le hizo falta, Gilda lanzaba miradas de auténtico odio a la joven que fregaba las jarras detrás de la barra, ajena a todo.

En una mesa arrinconada, dos hombres compartían un ánfora de hidromiel. Clément y Remi eran veteranos trabajadores de la cantera que rara vez compartían la mesa con otros. De los pocos varones que no sonreían todo el tiempo cuando frecuentaban Le Pic D’or, ambos anhelaban la atención, y más, de Gilda cada noche, como el resto de hombres, al menos hasta ese día. Aunque sus jarras todavía no mostraban la exigüidad, uno de ellos hizo gestos a Gilda para ser atendidos.

-Preciosa, yo no quiero que me sirva ese pendón zarrapastroso, ni quiero que vuelva a bailar. Si lo hace, te juro que me largo de este tugurio en el que tú eres lo único que vale.

-Yo pienso exactamente igual, mademoiselle… Estamos aquí por ti y solo por ti.

Casi le saltan las lágrimas a Gilda cuando descubrió que no todos sus súbditos se habían revelado, se emocionó tanto que hizo algo que nunca había hecho antes ni habría pensado en hacer.

-Gracias guapos-bajó su torso al nivel de los dos hombres sentados y les dio un beso a cada uno, justo en la comisura de los labios, demasiado lejos de la mejilla, y a su vez, de la boca. En el lugar exacto para que cada uno pensará lo que quisiera. La especial habilidad de la reina de tener todo el control y hacer que ellos pensasen que no volvía al escenario.

Aún aturdido por lo que acababa de vivir, Remi, el más lanzado de los dos, titubeó en cada palabra.

-¿Te… sentarías… en… mis… rodillas?

Con una sonrisa como nunca había mostrado, Gilda le guiñó un ojo y así lo hizo. Era la primera vez que se sentaba sobre un cliente. El hombre estaba temblando de la emoción y sin aliento, su amigo estaba boquiabierto.

Gilda esperaba que Adrien le gritase desde la barra provocando que todos los clientes se girasen hacia ella, contemplaran donde estaba sentada y les atacase la envidia, haciendo volver las aguas a su cauce. Sin embargo, cuando alzó la vista buscando al gerente, se dio cuenta que no estaba en la barra… Ni Blanche tampoco.

Un efusivo grito de jolgorio brotó de las gargantas de los clientes desde la otra parte del salón, justo donde estaba la chimenea. Los hombres se habían puesto en pie y comenzaban a dar palmas. Varios jóvenes habían traído instrumentos musicales. Adrien acompañaba a la bella Blanche hacia el centro de todos ellos y la instigaba con una gran sonrisa a que comenzara su número de baile. Sabía que la reina lo estaba viendo todo y eso le animaba más.

-Ya va esa desgraciada a apestarlo todo de nuevo-las palabras de Remi dibujaron una sonrisa en Gilda

-No pienso ni mirarla.

Gilda seguía sentada sobre las rodillas de aquel rudo hombre, mientras se aferraba a su cuello. Con la cabeza girada levemente tenía una buena línea de visión sobre la danzarina desde aquella posición. Se dio cuenta que la chica era espléndida en cada uno de sus movimientos. Sin duda, era mejor que ella, aunque jamás lo admitiría. Demasiado orgullosa para hacerlo.

Contemplando la habilidad que tenía aquella joven morena para contonear sus caderas al ritmo de la música y hacer que las monedas de los hombres brotaran como de una fuente, se dio cuenta que jamás podría con ella por los métodos habituales, mas no estaba dispuesta a ceder el trono sin luchar a brazo partido por él.

Esa misma noche estaba decidida a hablar con Adrien para darle un ultimátum.

* * *

Gilda tomó un trapo y lo apoyó suavemente sobre la nuca de Blanche, quien se sobresaltó ligeramente.

-Has estado increíble, cielo-mostraba una sonrisa afable mientras secaba el sudor de la joven

-Gracias… Gilda, yo no pretendía bailar hoy.

-¿Por qué? Has estado genial.

-Sé que mi mitad de monedas debería ser para ti. Yo acepté trabajar limpiando y nada más.

-No importa, preciosa. Las has sudado, son tuyas.

Gilda se giró hacia Adrien, quien estaba atónito ante la amabilidad que esta mostraba.

-Adrien, ¿qué tal si dejas que la chica se vaya ya y recogemos tú y yo? La pobre está exhausta.

-Gilda, no es necesario, yo…

-No, no, no, cielo… Vete ya a casa.

Adrien asintió con la cabeza y Blanche se despidió con un semblante feliz. Una vez que la puerta se cerró, la expresión de Gilda cambió sin mostrar el más leve atisbo de amabilidad.

-Quiero que te deshagas de ella hoy mismo, Adrien.

-¿Qué? ¿Estás loca?

-No la quiero aquí mañana.

-Eso no depende de ti.

-No te lo estoy preguntando.

-¡No se te ocurra amenazarme, Gilda! ¡Esta sigue siendo mi taberna y yo decido lo que se hace en ella!

-Te juro por dios que si ella vuelve mañana, yo seré la que no venga.

-Adelante, Gilda… Sin mí no serías más que una solterona más de este lugar, suspirando por encontrar un marido de entre los trabajadores de la cantera.

-Y sin mí, tu mugrienta taberna se habría hundido a cachos hace años, ¡estúpido viejo!

-¡No me hables en ese tono! ¡Te juro que no te pasaré ni una más!

La conversación tomó unos tintes de crudeza nada sucintos. Gilda arrojó su bandeja al suelo provocando un auténtico estruendo.

-¡Que te jodan, viejo cabrón!

-Se acabó. Vete a casa, chiflada. Mañana, cuando vuelvas arrastrándote pidiéndome perdón decidiré si te paso esta tontería por alto o no.

-¿Y cómo piensas abrir mañana sin mí?

-¿No te has dado cuenta de lo que está pasando últimamente a tu alrededor? Los hombres ya no vienen aquí por ti, lo hacen por Blanche.

-¡MIENTES!-Las palabras de Adrien atravesaron la mente de Gilda como dardos envenenados.

-¿Qué miento? Quizás mañana ponga a ella a atender las mesas y a ti a limpiar la letrina. Seguramente los clientes ni preguntarían por ti.

Gilda notó las lágrimas que pretendían emerger de sus ojos, pero era demasiado fuerte y orgullosa para dejar que Adrien le viera así, y demasiado fuerte y orgullosa para pedir perdón. Luchó con todas sus fuerzas para evitarlo, pero perdió el lance y finalmente rompió a llorar. Se giró dando la espalda a Adrien con las manos en la cara.

El gerente de la taberna nunca había visto a su empleada así. Con todo lo que la reina había supuesto para él y en lo que había quedado ante la imagen que se revelaba ahora, no podía más que tratar de consolarla.

-Gilda… He dicho cosas que no pienso realmente. Los dos lo hemos hecho.

-Déjame, vete. No me mires

-De verdad… No pienso echarte. Estamos muchos años en esto juntos. No me imagino esto sin ti.

Gilda no dijo nada más, tan solo se frotaba los ojos. Adrien prosiguió.

-Encontraremos otra solución. Tal vez podáis bailar en días alternos, o hacer un número las dos juntas. No tendríais que darme nada si fuese así.

-No quiero limosnas.

-No lo sería, cariño. Sé lo que has supuesto para mí y para el local todo este tiempo.

-Entonces que se vaya.

-Entra en razón, Gilda. No puedo… Y tú, en tu fuero interno, sabes que no es justo.

Gilda, aparentemente más calmada, alzó la vista hacia Adrien.

-Sí… Lo sé. Es solo que… que…

-Que esta taberna es tu vida.

-Sí.

-Lo sé. Y te prometo que eso no tiene por qué cambiar. Tu eres la mesonera y el alma de Le Pic D’or. Siempre lo has sido.

-Pero ya no bailaré.

-No será así, te lo prometo. Pero si lo fuese, ten presente que no lo hemos decidido ni Blanche ni yo, Gilda. La clientela manda y tú lo provocaste.

-Yo lo provoqué.

Ambos se miraron un instante y Gilda comenzó a reírse. Una risa contagiosa que Adrien siguió hasta que ambos rompieron en carcajadas.

-No tenías ni idea que esto acabaría así cuando sacaste a bailar a Blanche, ¿verdad?

-No… No.-Gilda no podía parar de reír-La condenada es una bailarina como pocas.

-Lo es. Sí, vaya, lo es. Nadie lo habría dicho.

Cuando Gilda paró de reír, mostró su más cálida sonrisa a Adrien.

-¿Terminamos de recoger y nos vamos a casa?

-Claro, Gilda.

Antes de que Adrien pudiera coger el palo de escoba que quedaba a su vera apoyado en la barra, se fijó en que Gilda se acercó a él y abrió sus brazos.

Adrien comprendió el gesto y correspondió al abrazo de su empleada y compañera de fatigas. Una amiga desde hace muchos años a quien había respetado como a nadie. Casi su familia. Casi.

Un dolor agudo como nunca antes había sentido se estacionó en el abdomen de Adrien, quien apenas tuvo tiempo de mirar hacia abajo solo para ver la mano derecha de Gilda hundiendo el cuchillo de cortar embutidos de la barra en su costado.

-¡G-Gil…!

No tuvo tiempo ni de terminar la última palabra de su vida. La reina sacó el cuchillo rápidamente del abdomen de Adrien y lo clavó súbitamente en el cuello de este, atravesándolo de parte a parte.

El hombre intentó forcejear, pero sus heridas le habían debilitado demasiado.

El cuerpo inerte de Adrien yacía bocarriba en el suelo de su taberna. Gilda estaba sobre él con una rodilla a cada lado del mismo, clavando repetidamente su improvisada arma en el torso de aquel a quien una vez consideró más que un jefe, llorando y gritando histérica.

Tardó unos instantes en recuperar la compostura. Fue entonces cuando vio la grotesca escena. Estaba cubierta de sangre, el rostro de Adrien mostraba un rictus de dolor y sorpresa, con los ojos abiertos. Soltó el cuchillo y pensó en qué podía hacer. Si esto se sabía, el alguacil Lapin la colgaría de la plaza a plena luz del día.

Cogió las llaves de la puerta y cerró tras ella. A toda velocidad, puso rumbo hacia una calle en concreto, en la que confiaba que encontraría a dos hombres que siempre andaban juntos, que rara vez compartían mesa con otros y que quizá todavía no hubiesen llegado a sus casas.

* * *

En el pueblo amanecía un día que aparentemente no era distinto a cualquier otro, salvo por una cosa. Una mujer deslumbradoramente atractiva mantenía una conversación con seis de los siete huérfanos del albergue. Al darles una pequeña bolsa atada con un cordel, los niños exclamaron de alegría y sorpresa y salieron corriendo hacia la casa de Blanche. La mujer lo hizo en dirección opuesta.

-¡Blanche! ¡Blanche!

-¡Blanche!

-¡Blanche!

Se abrió la puerta de aquella humilde y casi desmochada casa y la morena danzarina de la taberna apareció.

-¡Chicos! ¿Qué hacéis aquí? No alcéis tanto la voz o despertaréis a Alice.

-Tenemos un mensaje para ti.

-Sí, un mensaje.

-¡Y nos han dado tres monedas!

Blanche estaba confusa, no terminaba de atar todas las frases que le llegaban

-Chicos, no os sigo… ¿Podéis hablar solo uno?

-Yo, yo.

-¡No! ¡Yo!

-¡Yoooo!

El dedo de la joven apuntó hacia el mayor de todos.

-Una señora nos ha dado tres monedas para que te dijésemos que tienes que ir a la taberna esta misma mañana, en cuanto te sea posible.

-¿Una señora?

-Alta, rubia, guapa… Extranjera.

-¿Gilda?

-No nos lo dijo.

-Debe de ser ella. Gracias chicos… Y ahora al albergue, luego os buscaré por allí.

-¡Sí! ¡Luego vienes!

-¡Sí! ¡Y jugamos!

-¡Te haré un dibujo!

Los huérfanos salieron corriendo con la vitalidad que les caracterizaba y Blanche sonrió mientras les miraba alejarse. Después entró en la casa.

-Mamá. Gilda me ha pedido que vaya a la taberna sin demora.

-Hija, ¿qué ha pasado?

-Seguro que nada grave. ¿Quieres que a la vuelta pase por la botica?

-Sí, así no dejaré a tu hermana sola.

Blanche besó a su madre y se puso su viejo chal sobre los hombros. Cogió unas monedas y las guardó en su delantal. Después, eligió la ruta más corta hacia Le Pic D’or.

Unos minutos después, la pesada puerta de la taberna crujió como siempre cuando la empujó. Gilda estaba sentada en una mesa, Tenía dos copas de metal sobre la misma y un ánfora.

-¡Guapa! ¡Ya estás aquí!

Blanche se percató de que Gilda estaba bastante ebria.

-Gilda, ¿qué te pasa?

-Siéntate, cielo. Por favor.

La joven se sentó a la mesa con ella.

-¿Qué es lo que ocurre?

-Esto es sidra. Es de mi tierra. Se hace solo con las mejores manzanas.

-¿Por qué estás bebiendo?

-Échate una copa, niña.

-No gracias. ¿Qué es lo que te pasa?

-Una copa solo. Es de mi tierra… ¿Sabes que soy española?

-Sí, lo sé.

-Me vine aquí tan pequeña que no recuerdo nada de allí. Ni mi casa. Pero sé que la sidra me ha encantado siempre. Supongo que viene en la sangre.

-¿Por qué estás aquí bebiendo? ¿Por qué me has hecho llamar?

-Solo una copita, Blanche. Hazlo por mí.

Gilda llenó la copa que estaba frente a Blanche.

-Está Bien, pero tienes que contarme qué es lo que pasa.

La reina alzó su copa e instó a Blanche a hacer lo mismo. Golpeó levemente la copa de la joven con la suya.

-¡Por nosotras!

-Por nosotras.

Ambas bebieron de sus copas y se sonrieron mutuamente.

-¿Sabes qué, cielo? Estoy de celebración.

-¿Y por eso bebes?

-¡Sí, mi princesa! ¡La ocasión lo merece!

-¿Qué celebras?

-Qué celebramos, Blanche. Tú y yo.

Blanche no sabía qué estaba pasando, así que siguió su juego.

-¿Y qué celebramos?

-La nueva Le Pic D’or.

-¿Nueva?

-Sí. Verás, anoche tuve una conversación muy interesante con Adrien y, de repente, me surgieron todo tipo de ideas para el negocio.

-Eso es muy buena noticia. Tú mejor que nadie para hacer crecer este negocio.

-¡Exacto! Eso mismo le dije a Adrien.

-Eres un ejemplo para todas las mujeres, Gilda. Te admiro. Ojalá todas fuésemos como tú.

-¿Verdad que sí, mi princesa? Pues Adrien no lo vio así.

-¿Cual es tu idea? ¿Qué te dijo el señor Adrien?

-Pues verás… Le propuse a Adrien que te-Gilda se interrumpió en este punto a sí misma con una continua risa que le impedía hablar.

Blanche no daba crédito, quería reír con ella pero no alcanzaba a comprender por qué debía hacerlo.

-¿Qué le propusiste al señor Adrien sobre mí?-preguntó inocente mientras sonreía.

-Que te… Que te… ¡Que te mandase a la mierda, malnacida hija de puta!-La risa de Gilda cesó de golpe y su mirada cambió a una frialdad nunca antes vista por Blanche. De un golpe fuerte, clavó un cuchillo lleno de sangre seca en la tabla de la mesa.

La joven se levantó de golpe y su silla cayó hacia atrás, pretendía salir corriendo de allí pero, repentinamente, su cabeza le empezaba a dar vueltas. Estaba francamente mareada, aturdida. Fijó sus ojos en la mesa que había compartido con Gilda, justo hacia su copa. Debía tener algún narcótico… Reunió las fuerzas que pudo y se giró hacia la puerta, solo para darse cuenta que dos hombres, escondidos hasta ahora, le bloqueaban el paso hacia ella.

Aterrorizada, intentó gritar para pedir ayuda, pero uno de los hombres la golpeó tan fuerte con un revés que cayó inconsciente al suelo.

Fue lo mejor para ella.

Mientras Gilda se cebaba con su indefenso cuerpo, la gargantilla de Blanche, compuesta de un fino trozo de tela atada a una pequeña estrella de madera que la pequeña Alice le regaló en su último cumpleaños, se resquebrajó.

Detrás de la taberna, en el patio, Clément y Remi habían preparado un viejo carromato tirado por un único percherón. En su interior, herramientas de la cantera y un bulto de metro ochenta y cinco, cubierto con varias mantas de felpa.

Blanche se convirtió en otro bulto al lado del que ya había, visiblemente más pequeño.

-Recuerda lo que nos has prometido, Gilda.

-Soy una mujer de palabra.

-Hoy mismo.

-Hoy mismo. Ahora salid de aquí y que no os vea nadie.

El carromato emprendió el viaje. Al salir del patio, las ruedas rebotaron en el surco que la puerta había formado con los años en el suelo.

El colgante de Blanche se escurrió entre las mantas y cayó justó allí.

* * *

Un carromato abandonó el pueblo en dirección al sur. Nada sospechoso para ningún vecino. Dos trabajadores de la cantera que conducen el carro de las herramientas hacia la misma. En el cruce puso dirección hacia el bosque, justo en el otro sentido. Eso sí habría despertado la curiosidad en cualquiera, pero los ocupantes de la carreta se cuidaron de que nadie les viera.

Bien adentro del bosque, entre aquella maraña de árboles y arbustos, el carro se detuvo y los hombres que en él viajaban abandonaron su asiento y se dirigieron hacia la parte de atrás. Armados con pala y pico, comenzaron a cavar un hoyo en el que cabrían, sin duda, un bulto de metro ochenta y cinco y otro visiblemente más pequeño…

* * *

-Blanche ha dicho que vendría y no ha venido.

-Estará ganando más monedas para Alice.

-¡Tú la llevas!

-¡No! ¡Tú la llevas!

Ajenos a todo, seis de los siete huérfanos seguían como siempre. Un día que apenas si había sido distinto a cualquier otro.

La mañana avanzaba inexorable hacia el mediodía. Los huérfanos estaban a punto de volver al albergue cuando una mujer les llamó, visiblemente nerviosa.

-¡Chicos! ¡Chicos!

Los pequeños cuchicheaban entre ellos.

-Es la mamá de Blanche y Alice.

-Sí, lo es.

Neige se acercó a ellos.

-¿Habéis visto a Blanche? Salió esta mañana hacia la taberna y no ha vuelto. La taberna está cerrada, no ha pasado por la botica y no encuentro al señor Adrien.

-No la hemos visto.

-Chicos, no hace falta que ocultéis nada. Sé que Blanche os cuida siempre que puede… Y no me importa, piense lo que piense. Así que, decidme la verdad… ¿La habéis visto?

-No desde esta mañana, señora.

-Solo la hemos visto esta mañana.

-Esta mañana solo, señora.

-Una mujer nos dio monedas para que le dijéramos a Blanche que fuera a la taberna.

Neige bajó a la altura del último huérfano que había hablado.

-¿Qué mujer?

-Rubia.

-Guapa.

-Muy rubia y muy guapa.

-Forastera.

Neige dedujo que no podría sacar más de aquellas siete almas inocentes, así que decidió volver a su casa a echar un vistazo a Alice a quien había dejado sola, para acto seguido, salir en busca del alguacil.

El chico del bosque, como era habitual en él, no había dicho nada, y no se había sumado al último juego de sus compañeros. Todo este asunto de Blanche le inquietaba mucho. Ella era la única que jamás le había tratado como a un bicho raro. Ella… Y aquel cazador que le trajo al pueblo hace casi un año.

Por su cuenta y riesgo, y sin que nadie le echara de menos, se personó en la taberna. La puerta estaba cerrada, aunque tampoco lo comprobó. Percibía a Blanche. No sabía explicarlo, pero así era.

Rodeó el inmueble y se acercó a la puerta trasera, que daba a un patio. El chaval percibió a Blanche de nuevo, y más intensamente.

Su instinto le hizo mirar hacia el suelo.

Allí vio un fino trozo de tela atado a una estrella de madera. Al cogerla, la imagen de Blanche se reveló en su mente. Su sonrisa. Su calidez. Aquella vez que le besó la frente. Esas historias que les leyó a los siete…

Algo le hizo emprender la carrera en dirección al sur, no habría podido explicar qué.

El joven corrió sin mostrar el menor atisbo de desgaste físico. En el cruce del camino, siguió el sendero que se dirigía en dirección opuesta a la cantera. Blanche estaba cada vez más y más presente, y el joven no comprendía lo que le estaba pasando.

Se internó un par de centenares de yardas en aquella maraña de árboles y arbustos y salió del camino por un terraplén. Sentía a Blanche.

De repente, su instinto le paró.

Se acercó el colgante a la nariz y acto seguido, se dirigió a un montículo de tierra que parecía removida. Sin darse un respiro, comenzó a cavar con sus propias manos.

Cada puñado de tierra que retiraba le proyectaba en la mente a la joven. Los nervios le aceleraban el pulso tanto que podía sentir las palpitaciones de su corazón. Aceleró su labor. Aceleró más todavía. No entendía nada, pero por algún motivo, estaba excavando más rápido con sus propias manos de lo que cualquiera podría hacerlo con herramientas.

Se detuvo en seco. Había encontrado algo. Una vieja manta mugrienta y deshilachada de la que asomaba la mano de una chica joven. Era fina y blanca, aunque se notaba curtida.

El chico del bosque acercó su rostro a los dedos. Esta vez sintió a Blanche como si la tuviera allí mismo. Hasta creyó oírla hablar y reír.

Rompió en lágrimas mientras terminaba de retirar la tierra. Apartó la manta y apareció el rostro de la joven, desencajado, lleno de fango y sangre. Y aún así, le seguía pareciendo angelical.

Abrazó aquel cuerpo inerte mientras luchaba por no desmoronarse. Después, la colocó con suavidad en el suelo, dándole una postura mucho más digna.

Buscó en su bolsillo y sacó el colgante de la estrella que le había conducido hasta allí. Pensó en colocarlo alrededor del cuello de la chica, pero no hizo. Algo le decía que lo iba a necesitar.

Fue entonces cuando captó otro olor que le resultó familiar. Era algo reciente que no tardó en reconocer. La taberna.

Acto seguido encontró tres matices más. Uno de ellos erá más intenso.

¿Perfume? ¿Jabón? ¿Tal vez lavanda? No sabía qué era, pero no era el olor de un varón. Era alguien que se cuidaba y que tal vez se jactase de ello. Sí, seguro que presumía de su aspecto y le sacaba partido. Era alguien que no vestía con harapos, como se veía forzada a a hacer la pobre madre de Blanche.

Esta era sin duda otra mujer.

Los otros dos olores le confundían… Sudor, carbón, metal… Y una especie de miel que apestaba como si estuviese descompuesta… Alcohol, sin duda.

No quería dejar a aquella joven a la intemperie, indefensa ante cualquier bestia o alimaña, pero tampoco quería volver a sepultarla en aquella tierra fangosa, donde nunca la encontraría nadie… Al menos, nadie que no fuese como él.

Finalmente, cubrió el cuerpo con la misma manta en la que estaba envuelto cuando lo encontró y se prometió volver tan pronto le fuese posible, pero ahora, debía emprender el camino de vuelta a la taberna.

* * *

Se acercaba el crepúsculo, los hombres de la cantera estaban acabando su jornada y los carromatos que los traerían al pueblo ya estaban dispuestos.

La puerta de la taberna todavía estaba cerrada, mas tres personas ya estaban en su interior.

Un fuerte olor a vinagre y limón emanaba del suelo del salón. Gilda y sus dos aliados habían eliminado hasta el último resto del sangriento espectáculo que horas antes allí se había llevado a cabo.

-Ahora, Gilda.-Clément rodeó fuertemente a Gilda con un brazo mientras pugnaba con el otro por alzar la falda de la mujer-Me lo prometiste.

-¡No! ¡No! ¡Ahora no!-Gilda, apartaba repetidamente las manos del hombre de su torso-Los clientes están a punto de llegar.

-Primero conmigo-irrumpió en la escena Remi-Dijiste que hoy mismo.

-¡Primero será conmigo!

Gilda estaba siendo manoseada por dos individuos irracionales que la superaban en envergadura y fuerza, y aún así, percibía que era una situación que podía controlar sin problemas.

-Muy bien. Si lo queréis realmente, lo haré con los dos a la vez.

Clément y Remi se pararon un instante y se miraron de reojo.

-Venga, los dos, fuera los pantalones. Si queréis que sea ya, os tendréis que dar toda la prisa posible, pues cuando entre por esa puerta el primer cliente, se os jodió la fiesta.

Los dos hombres no sabían que hacer. Ambos deseaban a Gilda con todo su ser, pero de aquella manera… No era lo que ninguno había soñado tantas y tantas veces.

-Como no tenéis paciencia, vais a perder la única oportunidad de vivir la mejor experiencia que tendréis jamás-Gilda se dio la vuelta e hizo ademán de levantarse el vestido-Vosotros veréis.

-¡Espera!-Clément mostraba una mueca de casi pánico-Esta noche, cuando cerremos.

-Sí…-se sumó Remi-Y yo esperaré a mañana.

Gilda se giró de nuevo hacia sus súbditos y les brindó una afable sonrisa mientras se recomponía la falda.

-Buenos chicos… Ahora, ayudadme a colocar las mesas.

Tres golpes sonaron el la puerta. Era algo pronto, aunque no era inusual que de tanto en tanto, algún cliente se adelantase a aparecer por la taberna.

-¿Veis lo que os decía, chicos? La pata es lo único que habríais metido hoy…

Los dos hombres trataron de sonreír vagamente. Gilda se dirigió a la puerta y la abrió mostrando su más efusiva sonrisa.

-¡Bienvenido a Le Pic…! ¡Espera! ¿Quién eres tú? ¿No eres demasiado joven?

El chico del bosque estaba tras la puerta, ignorando todas y cada una de las palabras de Gilda. Avanzó hacia el interior del local. Gilda trató de detenerlo pero el joven estaba como poseído. Miraba en todas las direcciones y jadeaba nervioso. Los dos hombres que acompañaban a Gilda le gritaron algo que no escuchó.

Perfume, lavanda, jabón, sudor, carbón, metal, vinagre, limón… Sangre.

Estaba donde debía estar.

Rodeado por Gilda y su séquito, el joven pareció recuperar la compostura. Empezó a escuchar.

-¿Cómo quieres que te diga nada si es mudo?

-No es mudo, está loco y no habla por eso.

-¿Sabéis quién es?

-Un huérfano chalado que las monjas nos quieren colocar en la cantera.

-¿Qué demonios haces aquí, mocoso?

-Que no te va a contestar.

-¡Ay, Dios! ¡Echadle de aquí!

Absortos en la conversación, no se dieron cuenta que aquel extraño chico había sacado un colgante de madera de su bolsillo y lo mantenía colgando desde su puño.

-¿Qué es eso?-preguntó Clément.

Gilda lo reconoció enseguida.

-Es… ¡Es el colgante de esa perra!

-¿Qué dices?

-¡¿De dónde lo has sacado?!-Gilda zarandeó al muchacho que no cambiaba su semblante.

-Déjale Gilda, no te va a responder.

Gilda soltó al muchacho e instó a sus compañeros a alejarse un poco del chaval.

-¿Alguno me quiere solo para él?-Gilda, visiblemente preocupada miraba a ambos-Metedle en el mismo agujero que a ella y el viejo.

-¡¿Lo dices en serio?!-se sobresaltó Clément-¡No es más que un niño!

-Lo sabe todo. Hará que nos cuelguen.

-Para el carro, guapa…Tú mataste al viejo y a la chica.

-A la chica la matamos entre los tres… Gilda tiene razón. Nos colgarán.

-No voy a matar a un niño. Además, ¿qué va a hacer? No puede hablar.

-No quiero correr el riesgo.

-Estás loca, Gilda. No sabía que eras así.

-Gilda tiene razón. Tenemos que hacer algo.

El chico del bosque respiró tan fuertemente que llamó la atención de los otros tres, que cesaron en su discusión. Acto seguido, provocó el asombro de los presentes.

-Blanche tenía razón. Si yo no hablaba, era solo porque no tenía nada que decir.

Gilda fue la primera en reaccionar instantes después.

-¿Lo veis? ¡Habla! ¡Se lo contará todo al alguacil!

-Tienes razón-alegó Clément-¿Remi? ¿Qué dices? Tenemos que estar juntos en esto.

Remi puso cara de circunstancia, suspiró y agarró un cuchillo de la barra.

-Que el Señor me perdone.

Gilda frunció el ceño y sus compañeros se percataron de que su cara proyectaba la misma expresión que cuando le quitó la vida a la joven bailarina. Llevaban años suspirando por ella, pero la realidad es que a cada segundo que pasaba, se daban cuenta de que Gilda no era ese ángel caído en la tierra que creían, sino un demonio monstruoso sediento de sangre, egoísta hasta el punto de no respetar la vida de nadie. Nunca debieron haber llegado tan lejos por ella, pero ahora ya era tarde y tan solo les quedaba avanzar por esa vertiginosa espiral de destrucción que su reina había creado.

-Chico, lo siento-Remi avanzó hacia el muchacho lenta pero firmemente-no es nada personal.

Con una calma impropia de alguien que sabe que está a punto de morir, el chico del bosque volvió a dirigirse a ellos.

-Os juro que os voy a hacer pagar por lo que le habéis hecho a Blanche.

-Seguro que sí, mierdecilla-espetó Gilda-Remi, haz que se calle de una vez.

-Dejad que os entregue, la soga del alguacil será más humana que yo.

Remi se detuvo en su avance, Clément arqueó las cejas y Gilda quedó un momento boquiabierta. Apenas un segundo después, los tres estallaron en una carcajada.

-¡Me saltan hasta las lágrimas!-Gilda no podía parar de reír-Dime, huérfano, ¿que vas a hacer tú frente a tres adultos?

El joven dejó caer el colgante de Blanche, frunció el ceño y dobló las rodillas.

-¿Tres adultos?-tomó una bocanada de aire-¡PARA MÍ SOLO SOIS TRES CERDOS!

El grito del joven se transformó en un alarido ensordecedor que acabó en rugido. Sus músculos se desarrollaron inexplicablemente hasta alcanzar un tamaño superior al de cualquier hombre. Los harapos que vestía no pudieron contener el cambio de envergadura y cedieron, dejando ver que su cuerpo se estaba cubriendo de un grueso pelo plateado. Su rostro despareció siendo sustituido por el de una bestia cuyos quijales amenazantes anunciaban muerte… La transformación fue casi instantánea, y culminó con un nuevo rugido atronador que estremeció a las tres personas presentes… Sus ojos, de bestia ahora, inyectados en sangre, se fijaron directamente sobre los de Gilda.

-¡Dios Santo!¿Qué es eso?-atemorizado, Remi trató de huir. No pudo. La bestia atrapó su cráneo entre sus fauces. El hombre ni siquiera pudo gritar. Su cráneo estalló cuando las mandíbulas de la criatura se cerraron y su sangre se esparció por todo el local en apenas un segundo. Gilda, cubierta de la misma, empujó a Clément hacia el monstruo mientras este estaba siendo atacado por una taquicardia que le había paralizado, saltó la barra como pudo y se encerró en el pequeño almacén de detrás. Lo último que Gilda vio antes de cerrar la portezuela, fue la grotesca imagen de un horripilante ser desgarrando el estómago de aquel desgraciado. Clément no murió tan rápido como su amigo, Gilda escuchó sus gritos de dolor durante unos segundos más.

El pequeño cuarto era usado por Adrien para guardar toda la vajilla que no usaba en las noches normales, bien por no ser necesaria dado el número de clientes, bien por estar demasiado deteriorada como para tenerla a la vista… Pero Adrien también guardaba allí su viejo arcabuz de los tiempos en los que estuvo en el ejército. Antiguo pero funcional, y con potencia suficiente como para matar a un oso adulto de un solo disparo.

Gilda lo sabía. Y sabía que estaba cargado de pólvora y de una bala esférica que los soldados llamaban pelota, su munición más convencional, pero mortífera. Lo único que no estaba colocado era el pedernal que se ponía sobre el martillo. Gilda sabía donde estaban, en una pequeña caja de nogal justo sobre la estantería. Trató de coger uno, pero sus nervios hicieron que la caja cayese al suelo, desperdigando su contenido. Rápidamente, recogió uno de los mecanismos del suelo y lo montó en un segundo. Gilda sabía manejar un arma de fuego tan bien como un soldado, Adrien la enseñó por si alguna vez tenía alguna noche de taberna que se le fuera de las manos.

Clément había dejado de gritar unos momentos atrás y la portezuela no contendría a ese monstruo.

La mujer apoyó la culata junto a su hombro y apuntó hacía la puerta desde lo más atrás del cuarto que pudo. “Entra, maldita bestia”, murmuró entre dientes.

De repente, la bestia irrumpió en el cuarto, pero no por la puerta como Gilda había previsto, sino a través de la pared. El estruendo y el estropicio de la maniobra pillaron por sorpresa a la mujer, que pese a girar en un acto reflejo el arma hacia el monstruo, no hizo blanco tras la detonación.

Gilda estaba en el suelo y el monstruo sobre ella. Por algún motivo, la bestia se limitaba a mirarla y a dejar caer su espesa saliva desde sus fauces sobre el cuello y la cara de la mesonera. Brillantes y encarnados como dos rubíes, los ojos del monstruo permanecían fijos sobre los de ella.

Completamente indefensa y atemorizada, Gilda hizo lo único que podía hacer.

-Por favor. No me mates. Te lo suplico.

Si Gilda hubiese podido contar su historia, habría jurado que vio a ese ser sonreír justo después de escuchar esas palabras.

Gilda también gritó. La bestia no le dio una muerte rápida y piadosa.

Momentos después, un joven que apenas rozaba la adolescencia salió por la puerta de Le Pic D’or. Estaba desnudo y llevaba en la mano un colgante con forma de estrella. Se cuidó de que nadie le viera, y desapareció rápidamente entre las calles.

* * *

La noche casi había caído sobre el pueblo y Neige estaba dispuesta a pasarla en vela. El alguacil Lapin no había movido ni un dedo por buscar a la mayor de sus hijas. Le dijo que Adrien también había desaparecido, y que seguramente ella había huido con él. Un acaudalado cincuentón putero que se fuga con un pendón no era nada inusual. Pero ella no le creyó. Su hija no era capaz… Y no era un pendón. Consciente que su situación social provocaba que la ley jamás le ayudaría, pidió ayuda a los hombres del pueblo, obteniendo solo negativas e insultos como respuesta. Agotada, volvió con la menor de sus hijas, a quien no había podido ni dar la poción ni alimentar aquel día. Había caído rendida entre lágrimas y derrotada por la vida, pero no pudo cerrar los ojos ni un momento.

La mujer escuchó algo tras la portezuela de la ventana que estaba al lado del lecho donde la niña respiraba entre jadeos. Se levantó y fue hacía allí.

Quedó muda y sin respiración cuando vio el colgante de estrella de Blanche tendido desde el marco.

CAPÍTULO FINAL

COLORÍN COLORADO

El verano comenzaba. Posiblemente, era el día en el que la luz diurna pelearía más tiempo para no caer ante la noche. El atardecer era inminente y cualquier cazador sabe que, en ese bosque, en aquella maraña de ramas y troncos retorcidos, hay todo tipo de criaturas que salen a hacer su vida confiando en que la baja luminosidad les protegerá de los depredadores.

Una cierva tenía la boca entre la hierba del suelo. No era tan grande como un macho y carecía de esa ostentosa cornamenta, dos cualidades que hacen que su cuerpo pueda transportarse más fácilmente.

Desde detrás de un arbusto próximo al animal, la flecha ya estaba cargada y la cuerda tensada al máximo, pero había algo que impedía a Robben disparar. Tal vez fuese madre y tuviese cervatillos que atender que perecerían irremediablemente, o tal vez era demasiado joven y todavía no habría tenido crías, por lo que el número de presas en temporadas venideras se redujese considerablemente.

Robben era el mejor, y jamás siguió aquello del pan para hoy, hambre para mañana.

Destensó la cuerda y optó por buscar otra presa. La cierva emprendió la huida con una veloz carrera al escuchar un sonido metálico que también sobresaltó a Robben.

-Vaya. Has perdido reflejos durante este año.

Una sofisticada arma de proyectiles apuntaba a Robben a escasos centímetros. El cazador, en cuclillas, giró su cara y torso todo lo que pudo hacia ella.

-Tú.

Envuelta en una capa de color rojo corinto, una joven mostraba un semblante de arrogancia y superioridad que acompañaba con el ceño fruncido.

-En el pueblo se comenta que un oso echó abajo media taberna y destrozó a tres personas de una forma horrible.-la joven muchacha no modificó su mueca mientras hablaba-Se dice que reunieron una gran suma para pagar al mejor cazador y que les trajese la cabeza del animal.

-Así es.-Robben comenzó a levantarse lentamente, girándose hacia ella-Búscate tu propio negocio, chica. El oso es mío.

-No me trates con condescendencia, cazador. Ambos sabemos que no fue un oso… ¿Dónde está?

-No sé de qué estás hablando.

Marienelle amartilló el arma y tensó más su brazo derecho.

-¡Déjate de monsergas! ¡Hace un año te llevaste a ese monstruo delante de mí y no tuviste más narices que dejarlo en el albergue!

-El único monstruo que había aquel día era una joven de rojo que ataba ancianas a los árboles.

-Puedes negar la verdad todo lo que quieras, pero viste a la bestia igual que yo… Y seguro que también viste al joven macho cambiar delante de ti.

Robben no dijo nada. Tenía un arma apuntándole directamente casi pegada a su cuello y no tenía posibilidad de armar su arco, así que trataba de pensar cómo podría salir de allí, y todas sus ideas no tenían un buen final.

Marienelle notó que el cazador no prestaba atención a sus palabras y por lo tanto sabía que estaba tratando de urdir alguna estratagema. Consciente de que llevaba todas las de ganar, trató de llamar la atención del hombre reanudando la conversación.

-Quizá te preguntes que si yo sabía que el chico estaba en el albergue, como es que no le cacé… Verás, a veces salta una generación. Lo de transformarse en monstruo, me refiero.

-Te vuelvo a decir que no sé de qué hablas…-con tono confiado, Robben la interrumpió.

Marienelle hizo caso omiso. Sabía que mentía más que hablaba.

-Nunca he visto a uno pasar tanto tiempo entre humanos sin delatarse de ninguna manera. Llegué a pensar que era inofensivo y hasta pensé en abandonar el lu…-Robben la interrumpió nuevamente, esta vez con un golpe seco en el arma con el que la apartó.

Marienelle giró rápidamente sobre sí misma y lanzó una cuchillada en dirección al cazador, quien tuvo los suficientes arrestos para esquivarla rodando por el suelo. Con un solo movimiento, sacó una flecha del carcaj y armó su arco.

Frente a frente, separados por escasos metros, ambos contendientes repitieron la misma escena que un año atrás llevaron a cabo.

-Vaya… Me he confiado contigo, sigues siendo igual de bueno.

-¡Vete! ¡Deja en paz al muchacho! ¡Él no es lo que tú crees!

-Menudo giro, ¿no? Así que admites que lo sabes todo… Incluso su ubicación.

-¡Maldita bruja!-Robben tensó el arco al máximo con el grito. Marienelle no bajó la guardia, pero tampoco mostró ningún tipo de reacción.

-Una cierva es demasiado para una única persona, y pesa mucho para cargar con ella hasta el pueblo, así que deduzco que estás con alguien y no lejos de aquí.

-¡Cállate ya, mujer!

-Tal vez… ¿En una cabaña de madera en un claro cercano?

Robben apretó los dientes y soltó la cuerda. Al mismo tiempo, se escuchó una detonación que hizo salir volando a los pájaros de los árboles circundantes.

La flecha no alcanzó su objetivo… Robben, cuyo cuerpo yacía inerte en el suelo, nunca había fallado un disparo hasta ese momento.

Marienelle guardó su arma en el interior de su túnica corinto mientras contemplaba al cazador abatido, símbolo de su victoria.

-Tú te lo has buscado.-dijo para sí-Y ahora te toca a ti… ¡Joven macho!

* * *

La destartalada cabaña se erigía sobre un claro en la parte interior del bosque. No era un lugar agradable para vivir, pero sí perfecto para aquellos que no querían ser encontrados. En los días anteriores, Robben había instalado ciertas mejoras en la misma, como otro lecho o argamasa en los agujeros de la chimenea. También se ocupó de poner una nueva puerta, pues la cabaña carecía de ella desde hacía un año.

En el exterior había una pequeña lápida de madera, clavada firmemente al suelo. El chico del bosque se ocupaba de que su alrededor siempre estuviese limpio y que un ramo de flores frescas la adornase.

De rodillas frente a la paupérrima tabla, estaba absorto en el centenar de cosas que rondaban su cabeza.

Recordaba sus días en el bosque, en esa misma cabaña, donde vivía con su abuela. Nunca se preguntó por qué vivían allí, ni cómo es que su abuela siempre le traía carne para comer. Tampoco se preguntó nunca dónde estaban sus padres… Pero recuerda como su abuela le dejaba salir de la cabaña a todas horas, y le dejaba correr tras los animales y trepar a los árboles sin impedírselo… Y recuerda que aquello le encantaba.

Ahora ya sabía por qué.

También recordaba a una muchacha tapada hasta arriba con una túnica roja y a un cazador. Tiene presente el grito de desesperación que su abuela, humillada y atada a un árbol, lanzó al cielo justo antes de convertirse en una bestia horrible.

Y él también lo era. Ahora lo sabía. Durante el año que convivió con los huérfanos en La couronne d’épines no habló. Los demás le tomaban por loco, y aun así, él quería ser como el resto.

Y recuerda a esa joven morena de piel blanca, pues era el ser más hermoso que jamás había visto. Y cada vez que él y sus compañeros eran obsequiados con su presencia, una calidez que jamás sintió antes le envolvía. Quería tener esa sensación siempre. Le gustaba más que sus días de perseguir animales y correr libremente.

Apenas recordaba esa sensación ya. Lo más parecido que tenía ahora es una sensación que todo el mundo pondría en el extremo más alejado a la calidez humana: el momento en el que aquella arpía de rubio cabello le suplicó por su vida y él disfrutó no haciéndole caso alguno.

De aquella sensación de calidez tan solo le quedaba un recuerdo casi borrado y esa paupérrima tabla de madera clavada firmemente en el suelo.

Dejó en su casa aquel colgante de estrella que Blanche guardaba como un tesoro, mas nunca tuvo valor para decirle nada a la madre de la joven, ni tan solo para decirle donde estaba el cuerpo… Se arrepentía cada día, pero ya era tarde. Antes de que Robben lo ayudase a escapar del pueblo, llegó a sus oídos el trágico destino de la pequeña de las hijas de la viuda Neige. La mujer se sumió en tal desesperación y tristeza que acompañó a sus hijas tan solo unas jornadas después.

El joven era todo un cúmulo de sensaciones diversas. Admiraba a las personas, después de todo la humanidad albergaba a gente como Robben y Blanche, pero también las odiaba con todo su ser, la encapuchada que le robó su vida anterior apagando la llama de quien más le importaba, y los tres cerdos que hicieron lo mismo un año después.

No tenía fuerzas para debatirse en ese momento, así que se alzó y se dispuso a esperar a Robben en la cabaña.

Fue al girarse cuando se sobresaltó tanto que se paralizó.

-Hola, joven macho.

-Tú… ¡Eres esa malnacida!

El joven alargó el grito hasta que se fusionó con un rugido. Sus músculos comenzaron a tensarse y su maxilar a deformarse… No fue lo bastante rápido. Apenas el grueso pelo empezaba a brotar por su cuerpo cuando pudo ver a su enemiga echarse encima de él. Nunca había visto nada tan rápido cuando le paso por encima de un ágil salto.

Dobló las rodillas. Sentía un dolor tan intenso detrás de su cuello que no podía terminar su transformación, ni siquiera mantener su forma a medio cambiar. Vio como le caía la sangre a borbotones desde detrás de su nuca… Y pudo ver en el cuchillo que empuñaba aquella muchacha lucir el color rojo por todo el filo.

-Muchos de vosotros no sabéis-dijo Marienelle mientras mostraba su sempiterna arrogante sonrisa-que un buen corte justo en la parte de atrás del cuello hace que perdáis involuntariamente vuestra forma de lobo.

Aquella mujer comenzó a caminar hacia él, lenta pero firmemente. Envainó el cuchillo y desenfundó su arma de proyectiles. El joven permanecía en el suelo, a cuatro patas, con los dientes apretados y luchando por intentar moverse. Sus esfuerzos eran inútiles.

-¿Sabes? No es nada personal. Es a lo que nos dedicamos. Llevamos siglos haciéndolo.

Marienelle se situó justo detrás del joven y apuntó su arma directamente hacia su cabeza. El chico del bosque percibió que ese era el final y solo pudo cerrar los ojos.

-Durante un año he creído que sería distinto contigo, y eso le costó la vida a tres personas. Es un error que jamás volveré a cometer. Adiós.

Amartilló el arma.

Instantes después, la mujer de rojo soltó un alarido de dolor. Miró hacía abajo. Una flecha le había atravesado el gemelo derecho provocando que cayera de rodillas.

Se giró y vio al cazador. Robben había sobrevivido, a malas penas, pues casi ni se tenía en pie.

-¡Por lo que más quieras! ¡Corre!-Robben le gritó al muchacho mientras se retorcía de dolor intentando alcanzar otra flecha de su carcaj. No pudo.

Marienelle no le dio opción esta vez. Había caído de rodillas y nunca había sentido tanto dolor, pero su arma estaba amartillada y su puntería seguía intacta.

Solo una detonación y Robben cayó fulminado, con un impacto en la cabeza.

Reunió las fuerzas justas para romper la flecha que tenía incrustada en su pierna. Acción que llevó a cabo junto con otro grito de dolor.

Se disponía a acabar lo que había empezado, pero el joven macho, paralizado hasta hace unos instantes, había hecho acopio de valor y había emprendido la huida a duras penas hacia una zona con la vegetación elevada y abundante.

Como pudo zigzagueó y evitó los proyectiles del arma de Marienelle, justo para acabar cayendo por un terraplén cercano.

La mujer se puso en pie y comenzó la persecución de su presa. Cuando llegó al terraplén, apuntó con su arma hacia donde había caído el joven. Nada.

De repente, desde su derecha, el muchacho apareció de entre unos arbustos armado con una rama que utilizó para golpear a Marienelle en la mano, obligándola a dejar caer el arma.

A pesar de la sorpresa y el golpe, Marienelle no se amedrantó. Derribó al muchacho de un solo directo con su zurda. Rápidamente, desenvainó el cuchillo y se abalanzó sobre él.

El chico cruzó sus brazos y retuvo el filo todo lo que pudo. La hoja se quedó a centímetros de su garganta. La posición de Marienelle le dio una ventaja clara. En cuestión de segundos, el cuchillo daría muerte a su presa.

-Me has hecho sudar, joven macho. Ahora, ¡acompañarás a la perra de tu abuela!

El chico notó el frío metal clavándose en su cuello.

No era lo único que sintió.

Al escuchar esas palabras, sus fuerzas volvieron. Y no solo las fuerzas del chico… También las de la bestia.

La transformación fue instantánea. Las tornas se cambiaron en décimas de segundo. Marienelle, que se había pasado la vida cazando a los seres como el chico del bosque y su abuela, jamás había visto un cambio de forma así.

Los colmillos de la bestia se le echaron encima. Consciente que eran sus últimos momentos en el mundo, quiso también dejar unas últimas palabras.

-¡Espera!

Contra todo pronóstico, aquel ser le hizo caso.

-Tú crees que has ganado, pero no tienes ni idea. Somos todo un ejército. Llevamos siglos haciéndolo. Para nosotros solo sois una manada de perros sarnosos a los que dar muerte. Te pasarás el resto de tu patética vida huyendo y rechazado por el mundo… ¡Y un día, alguien con una capucha roja te arrancará tu negro corazón!

La criatura acabó lo que aquella mujer de rojo corinto empezó un año atrás.

FIN

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