Si tan solo… (AVISO: SOLO PARA MAYORES DE 18 AÑOS)

1

Observo todo cuanto acontece a mi alrededor… Los peatones que caminan sin apenas prestarse más atención que la justa para no chocar entre ellos, los conductores que sumidos en la densidad del tráfico se encolerizan y se descargan a golpe de claxon, el suave viento que ajeno al factor humano mece las copas de unos harto despoblados árboles que con su verde, más bien amarillo, emergen arrogantes ante la hegemonía del gris urbano… Observo todo cuanto acontece a mi alrededor, y no veo más que un día normal en una ciudad normal sumida en la más normal de las monotonías.

Esa monotonía que, con su sempiterno vaivén de rutinas, sumen a las personas en la vorágine de lo que les gusta llamar vida. Y me asombran… Me asombran mis semejantes.

Todos yendo de un lado para otro preocupándose de aquello que no debería quitar el sueño de nadie… ¿Llegar a fin de mes? ¿Pagar una factura? ¿Encontrar un empleo? ¿Aprobar los exámenes?

Todo es irrelevante… Me niego a pensar que la humanidad dominó La Tierra solo para ser esclavos de un sistema. De su propio sistema. Del sistema.

¿Cuándo fue la última vez que alguien detuvo su marcha solo para escuchar con atención la risa de un niño feliz que se balancea en un columpio? ¿Cuándo fue la última vez que alguien rechazó sus quehaceres porque encontró más interesante ver como un adolescente tiembla nervioso al intentar rodear con el brazo el hombro de una chica con la que se ha sentado en un portal?

Irónicamente, el sistema me favorece, ya que si la actitud humana permitiera a las personas de mi alrededor ver más allá de un hombre de veintimuchos, quizá treinta y pocos y con el pelo y la barba más largos de lo que el buen traje que viste dictan, significaría que he fallado en mi trabajo.

Y el mejor nunca falla en su trabajo.

Al cruzar la calle me sitúo frente a un gran pórtico de exquisito diseño en el que se puede leer, de forma bastante minimalista y a su vez elegante, la palabra Maremagnum.

Es un nombre muy curioso para un restaurante de lujo que evoca lo mucho que adoramos las personas dividirnos de cualquier forma… Y la clase social es una de las que más nos seduce.

Un tipo impecablemente vestido apoyado en un atril es lo primero que veo. Con una sonrisa me recibe tan educadamente que me da envidia. Su vocalización es, a todas luces, perfecta.

Me pregunta si tengo reserva y yo le digo que sí, añadiendo un nombre falso con la más absurda imitación de acento extranjero que puedo. Él baja la mirada siguiendo su dedo índice por un gran libro encuadernado en piel. Cuando la vuelve a alzar, ya he desaparecido.

Camino tranquila y discretamente por el salón, sin prestar atención a las conversaciones o situaciones que acontecen en las mesas circundantes, todas ataviadas con ridículos manteles de color rojo. Lo hago tan disimuladamente que ni siquiera las gafas oscuras que llevo llaman la atención. Solo soy un joven despistado para el resto de las personas de la sala.

Al fondo hay una mesa arrinconada y notablemente apartada del resto. Un tipo rechoncho, cincuentón y alopécico, que viste un traje carísimo, aunque dudo que mejor que el mío, se ríe a carcajadas junto a otro tipo más joven, igual de bien vestido y con la barba muy arreglada.

No sé el motivo de su hilaridad, tal vez sea el vino, o tal vez las dos chicas jóvenes y muy atractivas que les acompañan.

No odio esta parte de mi trabajo, simplemente lo tomo como una falta de opciones. Ser el mejor implica en ocasiones hacer lo que se debe y no lo que se elige.

De pie, delante de la mesa arrinconada, un tipo enorme al que la tela de su americana amenaza con ceder frente a sus bíceps, separa sus hasta ahora entrecruzados brazos y me hace un gesto para que me detenga. Su actitud es tan indiscreta que no necesitaría los veintitrés días que llevo vigilándole para saber que es un escolta de élite.

Desenfundar, apuntar y apretar el gatillo de mi glock me lleva medio segundo, y todas sus horas de gimnasio se van al traste antes de que ese tiempo pase.

Comienzan los gritos.

Comienza la estampida.

El cincuentón rechoncho es mi objetivo. No sé lo que ha hecho, de quién es la droga que esconde, cuántas elecciones ha amañado, cuánta gente ha matado o qué. Solo sé que ya he cobrado la mitad y que me pagarán el resto después del trabajo.

Los otros tres comensales solo han visto lo que no debían. Hacer lo que se debe y no lo que se elige.

Me doy la vuelta y me muevo rápidamente entre las personas que corren, ignorando a las que se han escondido bajo los ridículos manteles, solo para atar el último cabo; el tipo que tan amablemente me recibió.

Corro en dirección contraria a la avalancha y me persono en el baño de señoras. Un par de detonaciones contra la ventana allí ubicada hacen posible mi desaparición.

Detrás de Maremagnum hay un callejón plagado de papeles por el suelo y grandes aparatos de aire acondicionado en las paredes a ambos lados. La angosta calle me proporciona un escondite perfecto momentáneamente.

Al otro lado, en una pensión modesta que luce una fachada antigua aunque de paupérrimos detalles, tengo alquilada desde hace días una habitación.

Entro apresurada, y a su vez calmadamente, en el edificio. Al otro lado del mostrador, un hombre en los albores de la tercera edad, pasa las horas mirando un antiguo aparato de televisión.

He tenido la ocasión de conocerle un poco. Es un hombre viudo al que la vida no ha tratado muy bien. Se llama José y tiene dos hijos que al parecer tienen mejores cosas que hacer que compartir su tiempo con él.

Le saludo sin detenerme mientras tomo las escaleras. José, educadamente, me devuelve el saludo.

Debajo de la cama de mi habitación tengo un macuto que contiene ropa casual, una gorra, una navaja, un chubasquero, unos guantes, un set de aseo personal y una máquina de rapar el pelo que compré en una tienda de chinos a muy buen precio.

Me sitúo frente al espejo y me afeito por primera vez en meses. Dejo correr el agua para borrar todo rastro de mi recién seccionada barba. Luego, me sitúo de rodillas frente a la bañera con el torso en el interior y comienzo a pasarme la máquina de rapar por toda la cabeza. Un monumental fastidio para mí porque me gusta llevar el pelo largo. Esta postura es rabiosamente incómoda, pero no me he pasado una semana llevando guantes y un gorro de ducha para ahora dejar todo lleno de pelos.

Cuando termino, me aseguro de que el desagüe se traga todos y cada uno de mis cabellos, asegurándome incluso de que no se queda ninguno enredado en el mismo.

Me atavío con la ropa casual e introduzco la navaja en el bolsillo. En el macuto guardo mi traje, el set de aseo, la máquina de afeitar, la glock… Los guantes y el chubasquero tienen otra finalidad.

Observo desde la escalera la recepción de la pensión sin dejarme ver. Solo José y su viejo aparato de televisión.

Me acerco hacia él sigilosamente, le agarro por detrás y le apuñalo repetidamente. José intenta forcejear pero la herida le debilita poco a poco.

Hacer lo que se debe y no lo que se elige.

Le dejo suavemente donde cae, le sustraigo la cartera y la guardo junto con el chubasquero y los guantes en el macuto. Ya me desharé de todo después.

En la agenda del mostrador, tacho concienzudamente todo indicio de mi nombre falso y agradezco al pobre José, quien ha dejado de convulsionar hace tres segundos, que no tenga un ordenador con un sofisticado e incomprensible programa para el registro.

Con la gorra en la cabeza y el macuto al hombro, salgo a la calle y llamo a un taxi. Al otro lado del callejón se puede percibir un gran revuelo y ver el destello de las luces azules de los coches de la Guardia Civil.

-¿Adónde va a ser?

-Al centro comercial Valle del Norte, por favor.- La verdad es que vivo mucho más lejos y en otra dirección.

– Vamos para allá… ¡Buff! ¡Menudo follón hay hoy!

-¿Sabe qué ha pasado?

-Parece ser que unos colombianos o algo se han liao a tiros con otros en un bar de por aquí. ¡Puñetera gentuza! ¡Vienen a este país namás que a traer su mierda y a dar por culo!

-Vaya…

Unos… ¿colombianos? irrumpen en el restaurante Maremagnum y matan a seis personas en un tiroteo. Un chorizo de barrio aprovecha el follón para entrar a robar en una pensión cercana, pero es sorprendido por el dueño y le apuñala en un forcejeo. Nada que ver una cosa con la otra, nadie lo relacionaría.

Apenas una hora desde que ha pasado todo y ya no son más que un par de noticias de relleno para el sumario del día de algún noticiero amarillista.

El mejor nunca falla en su trabajo.

like this
Deja un comentario