Héroe Salvaje, Parte 1

Sobre las dunas del desierto de cristal flotaban sinuosas las gigantescas sierpes de viento. Deslizándose entre las corrientes, redibujando el firmamento, el depredador definitivo volaba sin rumbo, refrescándose en la leve lluvia de las zonas pantanosas del Oasis de Cristal. Su vientre cristalino brillaba en la oscuridad de la noche, creando sus propias constelaciones para los ojos incautos que admiraban el cielo, ignorantes de la bestia y de su apetito.

Como muchos, la tribu Roca Rota no conocían a las sierpes del viento. En su pesada marcha por terrenos desconocidos habían visto increíbles maravillas. Más de las que podrían recordar en sus historias. Con dificultad sus canciones tendrían estrofas para todos los caídos. Jamás conocerían a la sierpe, pero su presencia se haría notar en la más importante de sus canciones.

N’ta era cantante. Los orcos no cantan a los extranjeros y sus voces son solo conocidas en forma de gruñidos y gritos guturales. En la intimidad de la tribu, sin embargo, entonan todo tipo de melodías. Tradicionales, identitarias, de trabajo y de esperanza. Durante el viaje N’ta no había dejado de componer. Los otros orcos a menudo buscaban acercarse a su lugar en el grupo para poder oír de soslayo su dulce voz. En alguna ocasión eso había roto formaciones y el cacique había puesto a raya a los incautos guardas con gritos y amenazas.

Era una de esas voces acerca de las cuales otras entonan canciones. Algo que la descolocaba totalmente, ya que N’ta era modesta. Prefería marchar apartada del resto de la tribu, cerca de su sangre. Más aún en estos meses dado el embarazo. Desde que entraron en el desierto no habían oído sus canciones. La druida confirmó que el bebé llegaría pronto, debían alcanzar el Oasis de Cristal antes de que la próxima Luna completase su ciclo.

 

El calor sofocante había entrado en las cabañas sin invitación y se había adueñado del lugar. El aire seco asfixiaba a los poderosos orcos, que se habían decidido a caminar sólo de noche, pasando los días intentando dormir y buscando la manera de soportar las horas perdidas en la arena.

N’ta cantaba siempre que encontraba las fuerzas, dejando que su voz se extendiese por el campamento, tan alto como su frágil condición le permitía. Habían reservado una cama para ella en la cabaña de la druida, E’it, alrededor de la cual se arremolinaban los otros orcos.

– Este niño que llevas será poderoso, N’ta. – dijo E’it mientras palpaba el vientre de la futura madre.

– ¿Poderoso?

– Hm…- la anciana cerró los ojos, concentrándose. -Tiene el aura de un cacique… De un señor de la guerra. Hm… Tiene un aura de sangre.

-Esperaba que cantase. – murmuró N’ta.

La vieja orca carcajeó.

– ¡Este no va a cantar, niña! ¡Este es un luchador! -un brillo de cruel astucia asomó a los ojos de la druida. – Aún queda ver si eso va a ser algo bueno para nosotros.

 

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Esta historia es un poco más larga. Siempre me da cosa escribir fantasía porque tiene los clichés muy marcados, y me da la sensación de que embarran la narrativa, ya sea al intentar esquivarlos o al usarlos de refuerzo.

Iré colgando el resto hasta que esté toda aquí. Empezaré muy rápido (unas 500 palabras al día) pero el final todavía lo estoy escribiendo, así que cuando llegue a la mitad más o menos el ritmo se reducirá.

 

Como siempre, espero que os guste!

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