Héroe Salvaje Parte 2

Con el atardecer, los orcos recogían las tiendas. Nudos deshechos y telares ondeando al viento, trabajaban a toda prisa para poder aprovechar la noche. El camino que se adivinaba en el firmamento era complicado. Caminar de noche y descansar de día había retrasado su marcha, y el Oasis de Cristal no estaba a la vista. E’it había anunciado con seguridad que el bebé de N’ta nacería antes del próximo anochecer, y un parto en medio del desierto sería un gran peligro para madre e hijo.

K’or, cacique de la tribu Roca Rota, observaba a sus compañeros comenzar el que podría ser el último tramo de esta etapa. Ninguno sabía qué les esperaba en el Oasis, marchaban con esperanza en el corazón y las espadas al cinto. K’or había pasado por la cabaña de la druida poco antes del anochecer para tomar los colores del clan en su piel. El rojo de su línea de sangre cubría todo su cuerpo, decorado con intrincados diseños violeta y blancos, representando la sangre de su esposa y la tribu, respectivamente. En sus manos, la espada bastarda que le legó su padre. Con los dedos entrelazados alrededor de la empuñadura, tosca pero resistente, reflexionaba sobre sus propias intenciones. Sus guerreros marchaban en busca de paz vestidos para la guerra.

Para proteger al resto de la tribu, él y sus Fuertes irían delante. Siguiendo las estrellas, correrían toda la noche. Si el mundo así lo deseaba, llegarían al Oasis antes del amanecer. Ahí tomarían fuerzas y agua, y volverían en busca de la tribu. Bajo el sol inmisericorde todos terminarían los últimos kilómetros, dejando atrás todo lo que no pudiesen cargar. Dejar atrás las tiendas y herramientas sería preferible a dejar atrás un hermano.

Su mente vagó hacia el Oasis. Su única esperanza era alcanzarlo antes que el resto, y para eso sólo podía llevar a los Fuertes. Con todo su corazón deseaba que el Oasis estuviese abandonado. Un charco y una sombra era cuanto necesitaban, pero si había otros descansando ahí se derramaría sangre.

Suspiró pesadamente. Sangre. Cada vez que su tribu encontraba Otros, sangre se derramaba. Delicados… No, débiles. Temerosos, forzaban a los orcos a rondar las tierras lejanas, deshabitadas. Todas sus culturas eran cobardes. Hogares de piedra, escudos de acero, ropas sobre ropas sobre ropas. El temor de los temerosos obligaba a los orcos a correr en medio de la noche por desiertos letales y ardientes.

– ¡K’or! ¡K’or!

Un grito llamó su atención. Apartó sus turbios pensamientos y dirigió la mirada a la dulce voz que le reclamaba.

– ¿N’ta? ¿Qué haces aquí fuera? ¿No deberías estar preparándote con el resto de tu sangre? El Oasis está a nuestro alcance, y tu estado…

-Sé cuidar de mí misma, K’or. Agradezco la preocupación, pero si comparamos lo que nos espera en el Oasis, no me preocupo por mí misma.

K’or hizo gesto de apartar las preocupaciones, e invitó a N’ta a acercarse. Sobre el montículo que había escogido podía ver una gran extensión del desierto. Al oeste aún se podían vislumbrar los últimos rayos de sol despidiendo el día pasado. Las estrellas hacían acto de presencia acompañadas de la luna casi llena. Como si la visión del astro recordase al bebé su cumpleaños, N’ta sintió una patada en el vientre.

Encogida sobre su cintura, N’ta notó el fuerte brazo del cacique sobre ella, ayudándola a incorporarse y dar los últimos pasos hasta llegar al lugar desde el que había estado meditando K’or.

-Allí está… Más allá del Oasis, más allá del mismo Norte… Invisible. Esperando.

-Inalcanzable.

K’or dirigió una mirada seria a su esposa. Bajo la luz de la luna su belleza era la más grande que jamás había agraciado el rostro de una orca. O al menos, así pensaba si marido.

-De aquí al cielo no hay nada inalcanzable para un guerrero, N’ta. -una sonrisa suavizó su gesto. – Y si yo no lo alcanzo, mi hijo lo hará por mí.

-Has oído entonces lo que dice E’it.

-Toda mi sangre está llena de guerreros, N’ta. Es natural que siga el camino pintado por sus ancestros. Los guerreros hacen guerreros.

-Deseaba que cantase.

-Lo sé.

Poco a poco el silencio se apoderó del peñasco, dejando al abrazo de los orcos la intimidad que buscaban. Sin interrumpir el momento de mudez, K’or se apartó de su esposa, encaminándose hacia sus guerreros.

Mientras repasaban sus armas y alforjas, N’ta comenzó a cantar. Todos alzaron la mirada, deseosos de iniciar la marcha con los espíritus levantados por las dulces melodías de la joven. Pero la canción que susurraba al viento era de otra naturaleza. Como en trance, N’ta cantaba acerca de sangre y pérdida, la melodía d una vieja canción olvidada, reservada para cuando se recuerdan las batallas perdidas. Pero la letra era nueva, más oscura y retorcida que nunca.

No era la primera vez que pasaba. En ocasiones N’ta cantaba con una voz más profunda, que se colaba en el alma de quienes la escuchasen. Cantaba cosas que ocurrieron sin que nadie las viese, cosas que ocurrían a grandes distancias, y en tan sólo una ocasión, cantó cosas que aún quedaban por pasar. Siempre que lo hacía era letra de tragedia y la tragedia la seguía, aunque la propia N’ta no era consciente de su propio don.

K’or y sus Fuertes abandonaron el campamento con el alma pesada. Ya no quedaba en ninguno de ellos esperanza de evitar el derramamiento de sangre. Ninguno iba a volverse atrás.

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