Héroe Salvaje Parte 3

El sol comenzó a despuntar, trayendo consigo el alba al arrastre. Los orcos comenzaron a desvestirse, preparándose para el calor del desierto. El suelo arenoso se llenó de los abrigos de piel y las gruesas sábanas que los habían protegido de los fríos vientos nocturnos.

Siguieron su camino sin perder el ritmo, marchando sobre las dunas ardientes esperando encontrar cuanto antes el Oasis.

N’ta cantaba una oda heroica intentando subir los ánimos de sus compañeros. Pero todos la habían oído al anochecer cantando a los Fuertes, y no podían olvidar sus graves notas que acompañaron la partida de los guerreros.

 

 

Al mediodía ya habían tirado todo el campamento. El grupo de nómadas caminaba con un par de cestas como todo equipaje. Algunos jóvenes cargaban con los ancianos que habían desfallecido bajo el calor. Los pies de los orcos se hundían en la arena, quemándoles la piel poco a poco. Esperaban la llegada de los guerreros que se habían adelantado, que traerían agua, comida e información de la distancia con el Oasis, pero a medida que el sol describía su elipse sobre sus cabezas, perdían la poca esperanza que les quedaba.

N’ta no dejaba que nadie la ayudase. Junto a ella, O’et, hermano de K’or, cargaba con la anciana druida sin rechistar. Tenía la mandíbula apretada y el ceño fruncido y bañado en sudor, pero ansiaba probar su valía. Era probable que el título de su hermano acabase recayendo sobre él en el futuro, cuando fuese mayor y K’or sufriese los efectos de la edad. Ocasionalmente dirigía una mirada hacia su cuñada para comprobar que estuviese bien. N’ta sonreía y este le respondía con el más mínimo asentimiento de cabeza.

 

Una figura corría sobre las colinas. Espada a la espalda, coleta deshecha ondeando al viento, corría con desesperación, más allá de sus fuerzas. Podía entrever a su clan en la distancia, tambaleándose sobre la arena, marchando pesadamente. Una parte de él deseaba no alcanzarlos, desfallecer a medio camino, caer duna abajo, ser tragado por la arena. Que las noticias que traía con él fuesen olvidadas bajo el desierto. Pero cuando el clan Roca Rota vio a su cacique en su desesperada carrera hacia ellos, empezaron a correr ellos también. Los jóvenes que no cargaban con ancianos fueron a su encuentro, gritando emocionados.

Llegaron para verle caer inconsciente, dándose de bruces contra la arena. Su cuerpo pesado chocó con fuerza contra la arena, prácticamente inmóvil. Inmediatamente, O’et comenzó a esprintar hacia su hermano con la druida sobre su espalda. Cuando llegó junto al cuerpo de K’or los otros jóvenes estaban cargando con él entre varios. Se detuvo en seco, buscando con su mirada la de su hermano.

-Está agotado. Respira con dificultad, pero está vivo. -dijo A’ek, que cargaba sobre sus hombros con la cabeza y el torso del cacique.

O’et se giró hacia la druida, que se había despertado por el traqueteo de la carrera. E’it pidió que bajasen a K’or, poniendo orden entre los jóvenes ayudantes. A su espalda, A’ek y O’et esperaban ansiosos cualquier tipo de información.

-Vive. Su respiración es increíblemente débil, pero respira. No tiene ninguna herida… Pero no está sano. No veo ningún mal acuciando su cuerpo… -palpaba el torso del cacique mientras hablaba, cada vez con más tensión en su voz. – Empeora por momentos. Su cuerpo se retuerce, sus músculos están en tensión.

La druida se giró hacia el hermano del cacique con una mirada compasiva. El joven orco entendió y asintió en silencio. Se agachó, tomando la mano de K’or entre sus dedos, reafirmando su presencia. A su alrededor, sus compañeros llegaban poco a poco a la conclusión. Su líder moría ante sus ojos.

-Hermano…- murmuró el marchito héroe. – no hay… oasis.

En cuanto esas palabras surgieron de sus labios, O’et tomó consciencia de sus alrededores. Como mil alarmas saltando a la vez en su interior, vio las luces entre las sombras. Imperceptibles a simple vista, entre las dunas, miradas atentas y crueles.

Sobre sus cabezas, una luna rota.

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