La Vergüenza de Yreth

La Vergüenza de Yreth

Dado que es una de las universalidades del mundo, el frío del invierno, se ha descrito de muchas maneras. Algunos poetas lo han asemejado a las fauces heladas de un lobo espectral cerrándose sobre los pueblos del norte, o quizás un tétrico manto que cae, de improvisto, sobre tierras que olvidan rápidamente haber disfrutado jamás el abrazo del calor veraniego. Pero como ya lo han descrito muchas veces muchos otros, me disculparéis si me limito a decir que hacía un frío de cojones.

Tremen Yreth no era un hombre hecho al frío. Revun se encontraba cerca justo al norte de la cordillera del Cobre Sangrante, unas tierras llenas de volcanes. Y aunque no era extraño a la nieve, incluso las heladas tenían que combatir en el ambiente con las bocanadas de aire ardiente que exhalaban los montes en llamas. Teniendo todo lo dicho presente, no era de extrañar verlo tiritando mientras paseaba por los pasillos de la academia de caballeros, vestido con tres capas de chaquetas sureñas.

-¡Tremen! ¡Colega, estás a dos días de la congelación total!

Yreth intentó forjar en su rostro una mirada firme e impertérrita, y como solía ser el caso, fracasó casi inmediatamente al mirar a su amigo acercarse. Dorian había retorcido su cara en una cruel mueca que simulaba al joven noble congelado bajo la nieve, y ambos irrumpieron en carcajadas.

-Dorian Allister,- dijo Tremen, con tono de riña.- ¿no se supone que debe estar usted ensayando para las pruebas de duelo que tendrán lugar en los próximos días?

El aludido mostró una falsa cara de compungido, como si las palabras de su amigo hiriesen su orgullo.

-Desde luego, por supuesto, sin dudarlo. Un error de lo más grave por mi parte, una clara muestra de la falta de motivación que incita al profesorado a susurrar murmureos de penalización e incluso expulsión. Un pecado, casi podríamos decir. Mas no puedo evitar fijarme, si no es demasiado atrevimiento por parte de un simple vasallo, que vos, su majestad, tampoco está ahora mismo practicando con la espada.- dijo, con una sonrisa de autosuficiencia propulsando su discurso burlón.

-¿Y a dónde crees que voy, pelele?

-Ah, pensaba que buscabas la hoguera más cercana para tirarte de cabeza, a ver si eso puede devolverte el color al rostro.

-No, busco la hoguera más cercana para tirarte a ella de cabeza. ¿Vienes a practicar esgrima o vas a, qué se yo, perder el tiempo en otra cosa?

Por respuesta no obtuvo más que la sonrisa confiada de Dorian, que le cedió el paso para que guiase por la academia.

Construida directamente sobre la piel de la montaña, adentrándose en varios lugares a las entrañas de la piedra, los pasillos externos de la academia estaban especialmente expuestos a los elementos. El viento aullaba con fuerza entre columnas y alumnos, y el frío era una constante. El clima enseguida se convirtió en una herramienta más en las brabuconadas de los estudiantes, ansiosos todos por probar su resistencia a los elementos y demostrar con una lógica racional y directa, que eso los convertía en candidatos ideales para caballeros. Y es que la academia de Zord era precisamente eso, una academia de caballería. Fundada haría menos de medio siglo por un antiguo héroe legendario, las estancias de la academia se habían llenado casi inmediatamente de la nueva generación de aspirantes a héroes, aventureros de vocación y caballeros en ciernes.

O al menos eso decían los panfletos. En realidad por esos pasillos desfilaban en su mayoría los hijos de nobles con sueños de aventura y bolsillos más profundos que su determinación. El mismo director, Folgraff el Campeón, no veía entre sus filas ni el más mínimo potencial, lo cual fue un golpe muy duro hasta que decidió triplicar el precio de la matrícula y retirarse a beber.

-»Al fin y al cabo- decía- ninguno de estos bellacos podría sacar el más mínimo provecho de mis enseñanzas, así que no vale la pena que esté yo aquí más allá del discurso del primer día y el día de graduación.»

Y fiel a su palabra, Folgraff el Campeón no volvió a pisar la academia. Lo cual no redujo en absoluto el prestigio del lugar. De hecho, dada su naturaleza excesivamente sincera y sus impulsos marxistas, el prestigio de la academia de Campeones creció en buena medida cuando se confirmó su ausencia de las aulas.

No todos lo celebraban con el mismo entusiasmo. Dorian, que se había criado con los cuentos de las hazañas de Folgraff, lamentaba profundamente no poder admirar a su ídolo de cerca. A Tremen no le importaba una mierda. Pocas cosas le importaban una mierda en ese lugar, más allá de graduarse lo más rápido posible para salir de allí. Ni participaba en el estúpido concurso de pasear con solo una camisa por los pasillos expuestos (juego en el que Dorian sí, y con orgullo) ni esperaba ganar la aprobación de ninguno de los maestros para destacar y ser reclutado en las clases particulares (a las que Dorian había ganado acceso al poco de entrar, mostrando entusiasmo y talento innatos).

El día más feliz para Tremen fue cuando llegó una carta a la academia, del puño y letra de su padre. La situación política en Revun se había complicado, y quería que volviese cuanto antes para que no estuviese expuesto, en peligro en tierras lejanas y ajenas. Por la cabeza de Tremen ni se pasó lo delicado de la situación. Se despidió con un fuerte abrazo de su amigo y puso rumbo al hogar.

La realidad le dio la bienvenida con la noticia de la muerte de su madre a manos de asesinos pocos días antes de terminar su viaje. Los años venideros cuajaron al joven, surcando en su rostro, tragedia tras tragedia, marcando profundas arrugas, señas de los tiempos difíciles que la casa Yreth enfrentaba. La presión y los desafíos forjaron en fuego a un hombre capaz, frío y calculador. La mirada impasible de Tremen Yreth acechaba desde Revun, una amenaza constante a sus enemigos que se deslizaban cual culebras entre los árboles.

Pronto se descubrió el pastel. Una casa rival, caída en desgracia, veía una oportunidad de recuperar su posición si caía otra. Mentiras, sobornos y simple y vil bellaquería habían girado el entorno de Revun. Las tierras otrora prósperas, llenas de felicidad y tranquilidad se habían convertido en el campo de batalla para esta guerra civil en miniatura. En estos tiempos de desesperación llegó a oídos de Tremen un nombre familiar. La Espada de Plata, uno de los maestros de la academia, se encontraba por la zona.

Unas cartas escritas con letra apresurada e hiperbólicas alabanzas trajeron al guerrero santo a las puertas de Revun. Un hombre ataviado con pesada armadura y un distintivo casco se alzaba ante los señores de la casa Yreth. El Lord de la ciudad miraba de soslayo a su hijo. Ambos habían recapacitado en el tiempo que tardaría en llegar el caballero. Todavía se escribían hazañas de sus aventuras, pero el hombre bajo el que Tremen había entrenado era ya por aquel entonces mayor. El paso de los años no podía haberle tratado bien.

Ambos se sorprendieron al ver que bajo el casco había un hombre jovial, que los miraba sonriente. Más sorprendido estaba el propio Tremen de ver a su compañero frente a él. Dorian Allister, actual Espada de Plata, mudó su sonrisa elegante y mostró una mueca de shock, imitando al joven noble. La risa de ambos llenó la sala.

Los días venideros vieron el cambio de ambiente de manera casi inmediata. Con Dorian, la Espada de Plata, al frente de las expediciones y encabezando las escaramuzas, pronto el cauce de la guerra dio un vuelco. El propio Dorian no perdía oportunidad de ceder el mérito a las estratagemas de su amigo, pero tanto él mismo como Tremen sabían que el conflicto llevaba en tablas desde hacía años, y sólo ahora llegaban vientos de cambio.

En este punto hay un incidente en una cueva bajo la lluvia, pero Dorian prefiere no hablar del tema y sólo él y un lancero al servicio de la casa Yreth conocen los detalles.

El giro de las tornas puso a los usurpadores a la desesperada, y se retiraron temporalmente. Confiados en la casa de Yreth, abandonaron la seguridad de las murallas de Revun para visitar las tierras cercanas. Un nefasto error. Dada la guerra por concluida, la mayor parte de las tropas habían vuelto a sus casas o habían sido destinadas a otras ocupaciones. Tremen argumentó en contra, pero la actitud tranquila y la confianza de Dorian acabó convenciendo a Lord Yreth, que relajó sus defensas y viajó acompañado de un puñado de guerreros, ninguno de los cuales especializado en lanzas.

Así forjan el destino los poderosos, con voluntad y errores. Las tropas restantes de la rebelión, y un buen puñado de bandidos convencidos por falsas promesas de riquezas, se echaron sobre ellos sin piedad.

Suele llover en estas circunstancias. Un hombre, viejo,venerable, un buen hombre, muerto entre los pedazos de madera de un carromato reventado. Un hombre, joven, un gran hombre, llora la muerte de su padre. Un hombre, sombrío, un fracaso, observa en silencio. Un sol indiferente brilla sobre los tres.

Resultó ser el último ataque de los rebeldes. Su canto de cisne había acabado con el cabeza de familia de la casa de Yreth, pero les había costado demasiado. Los bandidos se dispersaron inmediatamente, buscando el refugio de los bosques. Los pocos supervivientes de la casa rebelde fueron encerrados, y los pertinentes cabecillas ejecutados por un hombre vestido con la armadura de Espada de Plata. Dorian Allister observó el evento desde la muchedumbre.

Tras la batalla, el caballero se veía incapaz de empuñar la espada. Buscó la reconfortante mirada de su amigo, pero Tremen, ahora Lord de la casa de Yreth, tan sólo le dedicó un vistazo, firme e impertérrito. Parecía mucho más viejo.

Por los servicios prestados se le concedió un puesto como administrador de un pueblucho, Iglesias Gemelas. Allí habían llevado el cuerpo sin vida del padre de Tremen y una clérigo de Tymora los había acogido y curado sus heridas. Pocos reconocieron a Dorian cuando apareció en el pueblo, ya que durante su estancia en el mismo llevó siempre su casco, pero la enana le dirigió una cálida sonrisa a su llegada.

Durante 25 años, Dorian Allister sería feliz en ese pueblo. Pero…

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