Pizza Universal

¿Por qué es la pizza el centro del universo? Mathyas 1 no sabría contestar a esa pregunta. La pregunta que sí sabría contestar, gracias a su telescopio epistemológico, era “¿qué hay en el centro del universo?” Y la respuesta era “pizza”.

Las implicaciones metafísicas eran… aterradoras. ¿Una pizza en un lugar tan lejano? No podía haberse manifestado aleatoriamente, pensaba el metacientífico, apartando la mirada de la omnilente de su telescopio. Mientras bajaba las muchas escaleras construidas de manera precaria junto a la maquinaria, consideraba otras preguntas pertinentes. ¿La había puesto ahí alguien? ¿Quién, entonces? ¿Otra raza alienígena, que posiblemente era radicalmente distinta a la humanidad en absolutamente todo excepto la… la pizza? No. Absurdo. Y sin embargo…

El veterano doctor, de cuarenta y pico años terrestres (una medida obsoleta de tiempo, pero algo a lo que la humanidad se aferraba con desesperación) y pelo canoso, no podía quitarse el descubrimiento de la cabeza. Dejándose llevar por las cápsulas de tráfico de vuelta a su hogar, mesaba su barba grisácea. Otra posibilidad. Quizás la pizza era un mensaje. ¿Qué significaba? ¿Y por qué una pizza? Pero de ser ese el caso, la pregunta clave seguía acechando en su mente, cual irreverente espada de Damocles. ¿Quién coño ha puesto una pizza en el centro del universo?

Al llegar a su modesto hogar, un agujero en la luna de Galimatías 3, se fue directo a la cama. Una pizza a medio comer le desafíaba, burlona, desde la mesa en la que su hijo-clon la había dejado. Con una mezcla de rabia y terror existencial, se sumió en sueños atormentados de lácteos y cortezas de pan.

Cuando despertó al día siguiente la cama estaba empapada de sudor. Había dado un millón trescientas cuarenta y siete mil treinta y dos vueltas en el lecho, incapaz de dormir tranquilo. Mathyas 2, su hijo-clon, se había desayunado la media pizza fría, dejando el habitáculo totalmente vacío de comida. El doctor no se molestó en saludar al chaval, que estaba enfrascado en una dura batalla con los píxeles de los videojuegos, una lucha de color y sonidos que le era completamente incomprensible. “A diferencia del universo…” comenzó a pensar el metacientífico. Pero la imagen de una pizza, perfecta y redonda, ondulando tranquila en el centro del universo, quebró su pensamiento.

Sin desayunar y en bata Mathyas 1 se dirigió, directo, al laboratorio. Debía haber algún error. Tal vez hizo los cálculos mal, quizás un ayudante pensó que era una broma graciosa. Había estado siendo algo borde en el labo, eso era cierto. El tercer premio ReNobel se le había subido un poco a la cabeza, se había dejado llevar un poco por sus instintos más arrogantes… Pero claro, él era Mathyas 1 Prime, el mejor de su promoción, clon por excelencia del difunto doctor Mathias Grubbert, experto en astrofísica, poseedor de siete doctorados en orden ascendente de lo impresionante que suenan cuando los recitas en reuniones sociales, ganador de dos (sólo 2) premios ReNobel… Mathyas 1 Prime se merecía todos los halagos que sus compañeros le negaban. ¡Él había descifrado todos los secretos del universo!

Todos… Excepto la pizza. La cápsula de tráfico chirrió al llegar a su destino, abriendo sus compuertas de cara al MetaLaboratorio de Física Complicada. Sin mediar palabra con los guardias de seguridad, entró como un vendaval en su oficina, hecho una furia. Fulminó con la mirada a sus ayudantes, jóvenes recién salidos de los mejores programas de metaciencia de las universidades de toda la galaxia. Mentes brillantes, clonadas y entrenadas para ser lo mejor de lo mejor en todos los campos cogniscientes. Patéticos adolescentes sin modales que se creían con las narices de burlarse de su mentor. El miedo atenazó sus diminutos corazones, lo cual dibujó una cruel sonrisa en los labios de Mathyas 1. Satisfecho, se dirigió hacia la omnilente del telescopio epistemológico. Un vistazo le daría la paz que su alma ansiaba. Con una determinación completamente ciega, subió los escalones, de uno en uno, de dos en dos, de tres en tres, a saltos, brincos, como poseído por el mismo diablo. Sus ojos rojos se abalanzaron sobre la omnilente, y su mirada quedó a solas con la oscuridad.

La pantalla estaba apagada, por orden suya. Nadie excepto él tenía permiso para usar el telescopio epistemológico. Respirando entrecortadamente, su mano golpeó el lateral de la máquina hasta encontrar el botón de ignición. Un ronroneo digital anunció el arranque del dispositivo. Un millar de luces LED cegaron su visión por un instante, hasta que, poco a poco, pudo recuperar le foco. Sus dedos danzaron por el teclado a la velocidad de la luz, introduciendo órdenes y coordenadas para el telescopio, lanzando su visión a eones luz de distancia. Al centro del universo.

Pizza.

La sangre de Mathyas 1 se encendió. Todo su rostro una mancha roja de ira incontenible, a punto de estallar. Absolutamente consumido por la rabia, se giró dispuesto a chillar y gritar hasta que su cuerpo diese de sí, descargando su frustración sobre sus ayudantes. Pero al devolver su vista al laboratorio no los vio. Al menos, no como esperaba. Todos ellos estaban dispuestos contra la pared, sentados y muertos. Una marca roja, una herida de bala, en el temple izquierdo. Y frente a él, un hombre vestido de negro y una mirada de parmesano.

-Lo lamento, doctor. Le admiraba mucho.

Una sola bala, negra y certera. Y silencio.

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