Tim Basil

Tim era un simple empresario, propietario de una pequeña empresa de reventa de fotografías de moscas por disecar. Un campo un tanto abstracto y extremadamente excéntrico, razón por la cual el señor Basil era un titan del mundillo.

Sus técnicas de fotografía y sus encuadres rompieron estándares y revitalizaron el mercado con la inclusión de elementos pre-colocados que creaban la fantasía de una futura e inminente disección. Pero su liberal uso del Photoshop había sido tildado de manipulador, creando un espíritu de falsedad que rompía la suspensión de incredulidad de su audiencia.

El ya marchito Tim había revolucionado la técnica provocando saltos de décadas en estilos fotográficos, pero había sido manchado por la controversia demasiadas veces, y se había alejado conscientemente del foco público.

Su existencia ahora se centraba en la manutención de la web y temas de logística. Muchos clientes pagaban extra por disponer de las fotografías en formatos físicos, e incluso algún loco decidía adquirir el negativo original. Ocasionalmente se preguntaba si no había cortado las alas de su empresa al negarse a vender las moscas disecadas, pero rápidamente apartaba ese pensamiento de su mente. Sería generalizar su producto, se decía.

-No vendemos cualquier cosa, chaval.- se solía oír desde su oficina.- Somos vendedores de fotografías de moscas que pronto serán disecadas. Si vendemos moscas disecadas, ya estaríamos extendiendo nuestro catálogo y perdiendo aquello que nos hace únicos. De eso a vender neveras y coches entre las fotos solo hay dos o tres pasos, y a esas alturas no seríamos mucho mejor que el todo a cien de al lado.

El todo a cien de al lado era un tema recurrente en sus discursos. Cada vez que pasaba por delante mandaba una mirada de desprecio al propietario, un caballero chino que amenazaba a su familia con llegar al centenario cualquiera de estos días.

El pobre anciano había confundido la dedicación y la regularidad dedicadas a esa muestra de desprecio que lo tomaba como signo de afecto, y respondía cada día con un agitar de la mano y una muestra orgullosa de su diente.

Todo esto no hacía más que añadir leña al ardiente fuego de odio que ardía en el corazón de Tim. Por un lado, el chino era viejo, un recuerdo de los 50 años que el señor Basil acarreaba a su espalda. Por otro, era el viejo era chino, y Tim era racista.

Pero un día lo atropelló un camión y resultó que el médico era un vampiro y no quería convertir a un contable fotógrafo en vampiro pero tenía necesidad de crear un señuelo vampírico para evitar a la inquisición.

Rebautizado entre sangre y moscas, Tim toma sus primeros pasos tambaleante. La mirada perdida pasea por la habitación de hospital. El olor séptico inunda su nariz. No está desacostumbrado, el mundo de las moscas casi disecadas tiene unos aromas muy característicos.

Una mosca se posa sobre su mano. Le sorprende su falta de reacción. La de la mosca, por supuesto, ya que no hace más que mirarle fijamente a los ojos. Pero su propia reacción no es mayor. La mosca lo tiene hipnotizado, su millar de ojos dibuja una infinita espiral entre ambas miradas. Sin mover un músculo, Tim se acerca a la criatura de infinita oscuridad y pregunta con una boca que no tiene y una voz que no conoce y la mosca entiende con un alma que no vive y sin hablar hablan y hablan hasta que la noche termina y el sol amenaza entre las persianas.

El ardiente dolor saca al señor Basil de su ensueño y en un arrebato de energía que vuelve a sorprenderle, da un bote que cruza la habitación y cierra completamente la ventana.

Ahora es la oscuridad quien le devuelve la mirada. El zumbido de las alas de millones de moscas se intensifica en el ocaso artificial. El pequeño cuerpo de Tim palidece en comparación con la horda de moscas que existen más allá de la cordura.

Un paso vacilante empuja al hombre de negocios hacia el muro de sonido. En la oscuridad absoluta la incertidumbre gobierna, y su cuerpo es abrazado por millones de cuerpos diminutos que estallan en un cántico de zumbidos, ahogando cualquier sonido, ocultando al señor Basil de la vista de la enfermera que abre la puerta y es recibida por un torbellino de insectos que estallan en todas direcciones y desaparecen por los pasillos del hospital.

El informe es inconcluso. Todos dudan, nadie sabe exactamente que pasó. Mientras la joven insiste en la ola de moscas surgiendo de la habitación, el resto de trabajadores no han visto nada más que un hombre de baja estatura y terrible pelo rodeado de un par de moscas, caminando entre los empleados del hospital con calma y tranquilidad.

El caballero aspira el humo de su cigarrillo y se sienta junto a la enfermera. Habla en un tono tranquilo. Habla despacio, preguntando detalles absurdos que la mujer no sabe contestar. Pero cuando esta menciona el estado de la habitación, los muebles revueltos, las persianas cerradas, el minúsculo charco de sangre en las sábanas del paciente, el hombre se levanta sin mediar palabra y desaparece también.

El inquisidor sigue el rastro durante semanas. Moscas, sangre y locura. Malkavianos. Mierda, alcantarillas, bares sucios y gente sucia. Preguntas incómodas, palizas cuando es necesario. Como si fuese uno de ellos, puede olerlos. Se acerca. Lluvia, un tejado, noche cerrada. Plata y cruces y dientes y sangre.

Duele. Pero sanará. El malkaviano está muerto. Se permite una sonrisa. Un instante. El malkaviano no estaba muerto. Termina la lluvia, sale el sol. Dos cuerpos sobre el tejado. El agua se lleva la sangre.

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Cinco años han pasado, y Tim Basil es feliz. Más de lo que era antes, reflexiona para sí mismo. Las moscas no le molestan, y tampoco molestan a Shin, que está acostumbrado a un cierto desorden. A decir verdad, no huelen mal. Para ser moscas están muy bien educadas, según parece. Es cierto que al principio fue difícil acostumbrarse a su nueva rutina nocturna. Y pillarle el tranquillo a cazar fue todo un desafío. Pero con el tiempo aprendió a escuchar a las moscas y seguir sus consejos. Le indican los camino, le guían hacia las víctimas, e incluso le avisan de amenazas cercanas, en ocasiones.

Es de noche, como todas las noches. Los ojos del vampiro se abren inmediatamente apartando a las moscas que dormitaban sobre estos, anunciando al resto que el cuerpo va a incorporarse. Efectivamente, Tim Basil se alza alto como es (es decir, no mucho) y se tambalea al salir de su habitación. Tiene hambre, y el hambre no es buena. Tanto Shin como él lo saben, y el anciano se ha dado cuenta de que el señor Basil no ha podido alimentarse estas últimas noches. Tim lo busca sin éxito por el todo a cien, lamentando la astucia del viejo zorro y su talento para no estar disponible cuando se le necesita. El esfuerzo de buscarle sería mayor que la recompensa. Si sus moscas le indicasen el camino, podría encontrarlo inmediatamente, pero Shin había entablado amistad con ellas y no estaban dispuestas a traicionar al sibilino chino.

Ya completamente despierto sale a la calle en busca de un tentempié. Se dirige a la biblioteca. Frikis autistas empujados al silencio en recovecos solitarios de un edificio centenario es un desayuno fácil, y a Basil le gusta lo fácil.

El encargado sonríe sin usar los labios. Ni los ojos, ni nada, en realidad. No sonríe, como siempre. Es tarde y el sudoku no se resuelve con cariño. Basil sonríe incómodamente, como si dedicase todas sus tardes a jugar a dragones y mazmorras, para camuflarse entre el público habitual del establecimiento. El look pálido y las ojeras ya daban el tipo.

El espacio entre los estantes era realmente su campo de caza. Allá donde la luz de las lámparas llegaba tintineante y diluida se paseaba rodeado de su corte de moscas. Ocasionalmente leía algún libro, pero por lo general se limitaba a pillar cualquier portada que le llamase la atención para justificar su estancia. Pero esta noche, entre las sombras y el lejano sonido de páginas leídas en concentración pre-exámenes, las moscas están inquietas. El zumbido es mayor del habitual, y le impide concentrarse en la caza. Tal vez sea el hambre, piensa. Las moscas suelen estar en sincronía con su estado de ánimo, y no sería raro verlas agitadas en momentos de dificultad para el viejo Basil. El ruido llama la atención de algunos alumnos, que dirigen miradas inquisitivas al extraño merodeador. Intenta ignorar ambas cosas con escaso éxito.

Despierta al poco rato, tirado en el fondo de la biblioteca. El hambre no existe y le mira a los infinitos ojos de mosca y susurra ordenes suaves que derrama por su cerebro como verdades absolutas, absolutas verdades innegables que le guían por pasillos retorcidos que suben mientras bajan y rompen las mil piernas del señor Basil en caminos divididos que llevan al final oscuro del zumbido eterno del señor de las moscas y la sangre. Un libro descansa apartado de todos los demás, idéntico en todo pero inolvidable. El enjambre lo reconoce, y el libro lo reconoce a él. Escrito en sangre Malkaviana para ser leído por sangre Malkaviana.

Basil despierta de nuevo. Hambriento, solo. Una mosca se posa en su hombro. Tiene la boca manchada de sangre, y susurra en el oído de Basil.

«Vamos a cazar».

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