Cold Armony Capítulo 1

Asvard

 

El viento seco arrastra el polvo como es usual en las tierras áridas de Atavia. Asvard, un hombre joven de unos veinte años, delgado y alto de cabello negro y pecoso, sale de una precaria y humilde choza, su amplio sombrero de paja lo protegía de los rayos del sol, mientras se acercaba a la parcela de cultivo en la cual había unas cuantas zarzas con moras.
Una vez allí empieza a tomar algunos frutos de forma descuidada por lo que termina puyándose varias veces con las espinas. En ese momento un grupo de nueve jinetes aparecen en el camino. Eran un tropa de soldados y las insignias azules que llevaban en el peto de cuero y su piel blanca, indicaban que pertenecían al reino de Dorel. Uno de ellos le llama su atención.
 
—Oye, vamos camino hacia Neder y necesitamos hombres, vamos a recuperar la reliquia de los aremitas.
 
El joven observa un poco distraído y contesta:
 
—No me interesa esa reliquia, estoy feliz aquí.
 
El hombre le dice con voz fuerte:
 
—Eso no nos importa, son órdenes del rey.
 
Pero el joven le responde
 
—Bueno, yo no podría.
 
El capitán le agarra de la túnica y le vocifera:
 
—Acaso piensas desobedecer al rey, dicha traición al reino no será perdonada.
Asvard muestra su brazo izquierdo a aquel hombre. Luego empieza a contonear el brazo, el cual se veía bastante blando, como si los huesos no tuvieron consistencia y se disculpa:
 
—Lo siento, he tenido este defecto de nacimiento, no puedo ir a una batalla con un brazo así, por eso lo único que puedo hacer para honrar al señor es trabajar en el campo día a día con mi único brazo útil.
 
Aquel hombre suspira y se va del lugar con el resto de hombres.
 
El joven campesino continua en la parcela y recoge varias moras.
 
Luego son las once y media la mañana, y él se dirige hacia la parte posterior de la choza. Hay se encontraban varios pollos y gallinas pastando cerca de dos tumultos de tierras recién cubiertos.
Observa a una de las aves y dice mientras trata de concentrarse:
 
—Esto será rápido:
 
En su mano derecha materializa, un poco de escarcha helada, la cual empieza a tomar la forma de una figura afilada similar a una estrella de seis puntas. Luego se enfoca en su objetivo, y luego, controla la estructura cortante la cual se mueve de forma precisa hacia el cuello del despreocupado pollo y corta rápidamente su cabeza.
 
El joven coge el cuerpo del pollo y va a la cocina a prepararse su almuerzo, una precaria sopa preparada con las únicas dos papas que había en el lugar y por supuesto, la carne del animal que acababa de sacrificar, acompañado con las moras que había recogido esta mañana. En ese momento mientras come piensa.
 
“Parece que se han llevado todo”
 
Tras comer vuelve otra vez a la parte posterior y observa los dos tumultos de tierra, luego dice:
 
—Es momento de dejar este lugar. Aunque siento que esta situación no está del todo clara.
 
Tras esto coge una pesada piedra con ambos brazos y la coloca en una de las esquinas del cúmulo. Luego se toca con la mano derecha, el brazo izquierdo, el cual estaba vez se siente fuerte y consistente. Y luego comenta:
 
—Otra vez, ha funcionado ese truco barato del brazo blandengue.
 
Realiza la misma acción con otra piedra que estaba cerca y luego observa la escena y dice en voz alta mostrándose preocupado.
 
—Espero que quien encuentre estas tumbas al menos respete el lugar en el que fallecieron y ahora sus almas están en manos de Dios. Yo me iré de este lugar.
 
Asvard empieza a caminar solo llevándose la pala y se aleja de la choza tomando el camino que lleva hacia el sur. Dicho camino se ve desolado y a los lados provisto de vegetación arbustiva y un abrupto terreno escarpado. El joven observa como una bandada de buitres empieza a revolotear en dirección hacia donde él se dirige.
 
Luego ve unos cuantos caballos galopando a bastante velocidad, estos aún tenían la silla de montar sobre sus lomos. El joven se mueve hacia el lado derecho del camino para esquivar a los animales y continúa andando por el camino. Hasta que encuentra una lamentable escena. Siete de los hombres que había visto antes, se encontraban agonizando y los otros dos muertos.
 
Al parecer se habían encontrado con un grupo de soldados aremitas, caracterizados por sus ropas de tela y su piel canela, que contrastaba con la tez blanca de los soldados dorelitas. Ambos bandos se habían enfrentado y tras la lucha ellos habían corrido el mismo destino, ahora esos humanos, al filo del acero, habían llegado a un estado que denotaba su fragilidad; graves heridas, perforación en el abdomen y algunas extremidades amputadas.
 
Asvard observa de uno de los caballos, el cual estaba tirado en el piso, respirando agitado mientras sus vísceras salían de la herida de su vientre. Luego recoge una espada que estaba cerca y luego toma el arma con ambas manos y luego realiza un corte con bastante fuerza, decapitando al pobre animal.
 
El hombre con quien había hablado unas horas antes le dice al joven:
 
—Tu brazo si funcionaba, ahora tienes que salvarme la vida.
 
Asvard deja su aspecto ingenuo y los observa con frialdad y luego comenta:
 
—Humanos.
 
El hombre sigue implorando:
 
—Sálvame.
 
Asvard le responde:
 
—No se supone, que esto es la consecuencia de desear y luchar por esa reliquia, no se supone que el honor de ustedes es morir por su rey. Todos los pueblos cercanos han sido saqueados. Por ahora todos ustedes son comida para los buitres. Pero no se preocupen tendré piedad de ustedes.
 
Aquella persona se aferra a sus suplicas:
 
—Vas a salvarme.
 
Asvard respira hondamente y un viento frio empieza a soplar. Luego sus ojos y su piel cambian a una tonalidad azul y se empiezan a materializar en el aire, una serie de cuchillas de hielo flotantes. Luego dichas estructuras son clavadas en el cuello y la cabeza de los soldados agonizantes dándoles fin a sus vidas. Luego coge su pala y procede a enterrar sus cuerpos. Dicha acción le tomo toda la tarde. Tras terminar su labor observa el sol colocarse sobre las áridas montañas de aquel lugar desolado. Luego toma uno de los caballos que se encontraba en el lugar y cabalga hacia el sur.
Deja un comentario