Cold Armony Capítulo 6

Ingrato

 

Asvard continuaba narrando su pasado y sigue enfrascado en sus recuerdos.
—Y seguí yendo al área central del pueblo a que todos me oraran, era un niño iluso. En ese entonces tenía 13 años.
Nuestro protagonista esta sentado en el altar y es visitado por sus dos amigos, sus armaduras y sus cascos indicaban su siguiente objetivo. Se habían unido al ejercito de Dorel.
Arles comenta orgulloso:
 
—Mira, finalmente somos soldados del reino.
 
Asvard sin saber bien de la situación dice:
 
—No entiendo, ¿Por qué les parece tan importante salir del pueblo y poner su vida en riesgo?
Lerno responde:
 
—Tenemos que hacerlo, debemos frenar la invasión de los aremitas y evitar que lleguen hasta acá.
 
Arles complementa las palabras de su hermano:
 
—Además podremos reclamar más tierras fértiles como las de aquí, así otros habitantes del reino tendrán donde tener sus cultivos.
 
Asvard continúa dudando, pero su ingenuidad hace que se convenza fácilmente:
 
—Bueno si es por el reino, espero que les vaya bien en su nueva aventura. Tal vez podría acompañarlos.
 
Pero Lerno responde:
 
—No puedes abandonar el pueblo, la prosperidad depende de ti.
 
Asvard se siente insatisfecho ante dicha situación. Luego ambos jóvenes se reúnen con un grupo de soldados del ejército de Dorel y se despiden de su amigo.
 
Arles dice:
 
—Supongo que no puedes darnos una bendición ya que no eres un dios de la guerra, pronto volveremos.
 
Asvard responde:
 
—Espero que vuelvan por aquí, par de tontos.
 
Finalmente Arles y Lerno salen de su hogar.
 
Al día siguiente el adorado muchacho se sube al olivo que queda en su casa, aunque no le daba la vista que buscaba ya que apenas podía observar solo terrenos llenos de vegetación. A fin de cuentas, el no conocía como era el resto del reino.
 
Luego se dirige hacia la plaza central pero antes habla con el líder del pueblo.
 
—Sé que les he ayudado mucho haciendo que haya prosperidad aquí en Visiconia, pero tal vez debería visitar otros lugares de Dorel, tal vez necesiten de mi ayuda.
 
Pero el líder del pueblo no parecía muy satisfecho ante sus palabras y expresa sus inquietudes.
 
—No puedes irte, eres una bendición para nosotros, mientras al menos allá un lugar prospero en Dorel, podremos mandar víveres y alimentos a otras regiones del reino.
 
Al muchacho no le pareció una respuesta satisfactoria, pero decide volver a su rutina de recibir las peticiones de todo el pueblo. Una semana después llegaron las malas noticias. Uno de los soldados exploradores llega al pueblo y le da las malas noticias a la madre de Arles y Lerno, sus hijos habían fallecido en la guerra. Asvard nota la tristeza de la mujer y se entera de lo sucedido, ese día se sintió indispuesto por lo que prefirió quedarse en casa, era la primera vez en cinco años que no se sentaba en el altar. A pesar de eso, la gente sabía dónde vivía por lo que algunas personas se acercaron por fuera al costado de su casa donde quedaba su habitación y empezaron a orar y a recitar plegarías.
 
Asvard se sentía molesto e impotente y se decía a si mismo:
 
“Por qué me siguen orando, porque no me dejan en paz, no pude salvar a mis amigos, creen que me interesan ahora sus estúpidos problemas, si fuera un dios podría haberlos salvados, se supone que soy un dios, Padre eres un maldito desgraciado, te fuiste y nunca me enseñaste como ser un buen dios”.
 
Al día siguiente se volvió a sentar en el altar desanimado, solo pensaba.
 
“A fin de cuentas parece que solo yo puedo ayudar a esta gente”
 
Pero la situación empezó a salirse aún más de control, una semana después, una peste se manifestó en el pueblo de Visiconia. Más de la mitad de la población empezaron a enfermarse y a denotar síntomas como una persistente tos, cansancio y unas pequeñas manchas grises en el cuerpo. Mucha gente recurrió a Asvard para que él les diera salud a ellos o a sus familiares. Al principio mantenían su esperanza puesta en el muchacho. Pero con el paso de los días observaban que no había mejoría y poco a poco empezaron a reclamar ante aquella persona que creían los había ayudado antes.
 
—Te hemos adorado durante todo este tiempo y así es como nos pagas—reclama un hombre
 
—Te he dedicado durante años las mejores uvas de mi viñedo, porque no cumples nuestras plegarías—Dijo furiosa una mujer.
 
La gente continúa presionando, luego se acerca el líder del pueblo ante Asvard y le dice:
 
—Eres un dios, tú tienes el poder para ayudarnos, yo tengo fe en ti.
El abrumado muchacho observa desde su altar a toda esa gente insatisfecha, por lo que se para sobre este y dice mientras trata de mantener la calma, ya que la situación empieza a estresarlo.
—No importa lo que pase, yo soy su dios y voy a ayudarlos.
 
Asvard empieza a presionarse así mismo a pesar de la falta de calma, su cuerpo emana un aura de color azul y sus ojos adquieren una tonalidad brillante del mismo color. En ese momento recupera la calma y se dice así mismo.
 
“Lo sabía, puede que haya estado en una situación de presión, pero empiezo a sentir el poder fluir en mí, después de todo si soy un dios”
 
Asvard levanta las manos hacia el cielo, mientras mantiene una mirada fija e impasiva.
Efectivamente sus poderes se habían manifestado, pero no de la forma que él quería.  Unas nubes grises se aparecieron en el cielo y cayo una fuerte tormenta de granizo y a su vez un viento frío empezó a soplar en el pueblo, todas las personas enfermas empezaron a morir al sentir la fría tormenta y no solo eso. El líder del pueblo es golpeado por un fragmento de hielo en la cabeza, este cae al suelo, al parecer no era el impacto lo que había acabado con su vida, sino el frío, el gélido abrazo de la muerte, ya que los demás ancianos del pueblo corrieron el mismo destino. E incluso los cultivos resultaron afectados por el granizo y las cosechas se echaron a perder.
 
Asvard observa bastante frustrado lo que sus poderes habían hecho, de ser adorado como el dios de la prosperidad había matado a más de la mitad de los habitantes del pueblo y arruinado sus cosechas.
 
Ahora la gente enardecida empieza a insultarle:
 
—Eres un maldito ingrato, todas las ofrendas que te dedicamos y así nos pagas. — Dijo un hombre furioso.
 
—No has traicionado, eres una desgracia. —Dijo una mujer.
 
—Nunca te gusto el calor del sol tal vez algo de calor del fuego te sienta bien— Dijo un hombre el cual había tomado una antorcha.
 
En ese momento la madre de Asvard se acerca hacia el lugar en un caballo y luego sube a su hijo.
La gente continua con los insultos.
 
—Eso es lo que pasa cuando te dejas follar por un dios, maldita puta— Se escuchaba entre la multitud, además de otros improperios.
 
La gente empieza a apedrear a Asvard y a su madre y otros se acercan con antorchas. Pero el caballo empieza a galopar rápidamente y ellos logran huir del lugar y perderse de la vista de los iracundos agresores hasta que deciden detenerse en un campo abierto, el verdor habitual de Visiconia era cambiado por una hierba seca por el sol y unos arbustos espinosos.
Ambos se bajan del caballo, él observa como su madre tenía algunos moretones por las piedras mientras que él parecía inmune ante los golpes y luego ella observa a su hijo, el cual se veía bastante desconcertado y luego él rompe en llanto.
 
—Pero que he hecho— dijo el desconsolado muchacho.
 
Ella lo abraza y luego le dice con un tono dulce para consolarlo.
 
—Lo que ha pasado no es tu culpa.
 
Ambos continúan su travesía a caballo hasta que llegan a otro pueblo y se hospedan en una posada. Pero Asvard nota algo, su madre había tosido insistentemente, luego al mirar su rostro veía unos puntos grises.
Ella también se había enfermado de la peste que había azotado el pueblo del que provenían, por lo que él la cuida hasta que finalmente muere.
Tras esto se compra una pala y la entierra. Luego se postra desconsolado en el piso frente a la tumba y empieza a llorar y dice:
 
—Vaya asco de dios que soy, mi padre me abandona, no pude salvar a mis amigos, ni a mi pueblo ni siquiera a mi propia madre.
 
Luego empieza a respirar hondo y dice:
 
—Pero entonces, ¿por qué hubo prosperidad y peste?, nunca pude controlar que dichas cosas pasaran. Siempre pensé que tenía el control, mamá dijo que lo que paso no era culpa mía.
Asvard continúa postrado en el piso y aprieta sus puños con fuerzas.
 
—¿Por qué tuvo que pasar esto, era muy pronto para que te fueras?
 
Luego se levanta y se seca las lágrimas y dice todavía acongojado:
 
—Tengo hambre, a fin de cuentas, tal vez sea como tú, como esa gente que murió. No puedo cumplir las peticiones de la gente, no soy un Dios, pero tampoco soy humano, no soy tan frágil como ellos.
 
Asvard toma la pala y empieza a vagar por Atavia y observa que en otros lugares la tierra no era tan fértil como el pueblo donde vivió su infancia y los terrenos eran agrestes. El observo que en realidad los humanos eran insignificantes ante la fuerza de la naturaleza y de los mismos conflictos que ellos creaban y que él no era un dios que pudiera ayudarlos, simplemente aquel que les daría el ultimo adiós.
 
Asvard finaliza su relato:
 
—Y desde ese entonces todavía conservo el sombrero que me dio mi padre y la pala con la que enterré a mi madre.
 
Kazi responde:
 
—Es una emocionante historia, si que has pasado por muchas cosas.
 
Viggo dice:
 
—Supongo que eso pueda explicar tu forma de ver la vida.
 
Luego uno de los soldados dorelitas se acerca y les comenta:
 
—Ya termino su turno de hacer guardia, ahora pueden descansar.
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