El viaje del dios de la muerte Capítulos 1-5

Capítulo 1

 

Asvard

 

El viento seco arrastra el polvo, como es usual en las áridas tierras de Jatavia. Un gran territorio caracterizado por su inclemente clima en el que las lluvias escasean y la vegetación habitual son matorrales marchitos. A pesar de la gran variedad de valles, en el noroeste se erigen varias montañas rojizas. Y los caminos que comunican los pueblos están rodeados por inclinadas pendientes. Allí se encontraba Asvard, un joven de veinte años, alto, de ojos azules, cabello largo y negro.

Él se acomoda su ancho sombrero de paja para protegerse de los rayos del sol y se sacude el polvo de su túnica. Se encuentra caminando cerca de una descuidada choza y al frente de esta, hay un pequeño cultivo de moras. Él observa los frutos y empieza a recolectarlos torpemente, sus manos se lastiman con las espinas de las zarzas.

En ese momento, un grupo de nueve jinetes aparece en el camino. Era una tropa de soldados, y las insignias azules que llevaban en el peto de cuero y su piel blanca, indicaban que pertenecían al reino de Dorel.

Uno de ellos llama la atención del joven.

—Oye, vamos camino hacia Neder y necesitamos hombres. Vamos a recuperar la reliquia de los aremitas.

Pero, este responde de forma brusca:

—No me interesan sus absurdas cruzadas, déjenme tranquilo.

El soldado agarra con fuerza a Asvard de la camisa y le dice con tono fuerte:

— ¿Acaso piensas desobedecer al rey? Dicha traición al reino no será perdonada.

El joven coloca los dedos debajo del mentón del soldado, estos empiezan a enfriarse y a congelar la piel de aquel hombre. En el ambiente, se siente un viento fuerte y frío.

Los soldados quedan impresionados ante el repentino cambio climático. Asvard dice:

—Ya te dije que no me interesa participar en sus estúpidos saqueos. Te advierto de una vez, si quieres recurrir a la fuerza. Yo también puedo defenderme.

Tras ver las habilidades de aquel joven, el soldado le dice mirándolo con desprecio:

—Por lo visto también eres un dios. Es de esperarse que no quieras ayudarnos. Pero, recuerda esto: Cuando tengamos suficientes reliquias, el imperio de Dorel también podrá derrocar a los mismísimos dioses.

Asvard suelta al soldado, y en el lugar vuelve a sentirse el ambiente seco habitual.

El pelotón de soldados se aleja del sitio.

El joven continúa recogiendo moras. Cerca del mediodía, él se dirige hacia la parte posterior de la choza. Ahí se encontraban varios pollos y gallinas pastando cerca de dos tumultos de tierra recién cubiertos.

Observa a una de las aves y piensa, mientras trata de concentrarse:

“Esto será rápido.”

En su mano derecha materializa un poco de escarcha helada, la cual empieza a tomar la forma de una figura afilada similar a un rudimentario cuchillo. Rápidamente, le corta el cuello al animal.

El joven toma el cuerpo del ave y se dirige a la cocina a prepararse su almuerzo. Una precaria sopa preparada con las únicas dos papas que había en el lugar y, por supuesto, la carne del animal que acababa de sacrificar, acompañado con las moras que había recogido esa mañana.

En ese momento, mientras come, piensa:

«Parece que se han llevado todo».

Tras comer vuelve, otra vez a la parte posterior y observa los dos tumultos de tierra, luego dice:

—Es momento de dejar este lugar. Aunque siento que esta situación no está del todo clara.

Tras esto coge una pesada piedra con ambos brazos y la coloca en una de las esquinas del cúmulo. Realiza la misma acción con el otro cumulo. Seguido, observa la escena, dice en voz alta mostrándose preocupado.

—Espero que quien encuentre estas tumbas al menos respete el lugar en el que fallecieron. Ahora sus almas están en manos de Dios.

Asvard empieza a caminar llevándose la pala y se aleja de la choza tomando el camino que lleva hacia el este. Dicho camino se ve desolado y, a los lados, provisto de vegetación arbustiva y un abrupto terreno escarpado. El joven observa cómo una bandada de buitres empieza a revolotear en dirección hacia donde él se dirige.

Ve unos cuantos caballos galopando a alta velocidad, estos aún tenían la silla de montar sobre sus lomos. El joven se mueve hacia el lado derecho del camino para esquivar a los animales, y continúa andando por el camino hasta que encuentra una lamentable escena. Siete de los hombres que había visto antes se encontraban agonizando y los otros dos, muertos.

Al parecer se habían encontrado con un grupo de soldados aremitas, caracterizados por sus ropas de tela y su piel canela, que contrastaba con la tez blanca de los soldados dorelitas. Ambos bandos se habían enfrentado y, tras la lucha, ellos habían tenido el mismo destino. Ahora, esos humanos al filo del acero habían llegado a un estado que denotaba su fragilidad: Sus cuerpos se encontraban en un estado tan lamentable. Los soldados se esforzaban por mantenerse vivos a pesar de las heridas letales que los sumía en una profunda agonía.

Asvard observa uno de los caballos, está tirado en el piso debido a una profunda herida en su vientre, ni siquiera puede levantarse. Recoge una espada que estaba cerca, la toma con ambas manos. Después, realiza un corte con bastante fuerza, decapitando al animal.

El hombre con quien había hablado unas horas antes le dice al joven:

—Te imploro que me salves. Si lo haces, mi familia y yo empezaremos a adorarte.

Asvard los observa con frialdad y luego comenta:

—Humanos.

— ¡Sálvame! Quiero vivir—siguió rogando aquel desdichado.

—¿No se supone que esto es la consecuencia de desear y luchar por esa reliquia? ¿No se supone que el honor de ustedes es morir por su rey? Todos los pueblos cercanos han sido saqueados. Ahora, ustedes son comida para buitres, y las hormigas empezarán a mordisquear sus moribundos cuerpos. Pero, no se preocupen, tendré piedad de ustedes.

El hombre dice:

—¿Vas a salvarme?

Asvard respira hondamente, y un fuerte viento frío empieza a soplar. Todos los soldados agonizantes perecen debido a las gélidas temperaturas. Seguido, coge su pala y procede a enterrar sus cuerpos. Dicha acción le tomó toda la tarde. Tras terminar su labor, observa el sol colocarse sobre las áridas y arcillosas montañas de aquel lugar desolado. Finalmente, toma uno de los caballos que encontró allí y continúa su camino hacia el este.

 

Capítulo 2

 

No humano

 

Empieza a anochecer, el cielo está despejado, la luz de la luna alumbra el recorrido. Asvard busca un lugar adecuado donde pernoctar. Él estaba a punto de detenerse y acampar por su propia cuenta. A lo lejos, divisa una fogata; después de dudarlo, decide acercarse.

Al estar unos cuantos metros de la fuente de fuego, decide acercarse cautelosamente, se baja del caballo y luego, observa la situación desde uno de los arbustos. Allí estaba un hombre corpulento y pelirrojo cocinando una pierna de cerdo en la fogata. A pesar, del lugar donde se encontraba y su soledad, el hombre se veía bastante tranquilo y despreocupado disfrutando su comida.

Asvard nota que se acercan tres sujetos de aspecto descuidado y con un semblante hostil, estos caminan hacia la fogata y observan al hombre. Él los detalla por unos segundos, pero los ignora y sigue disfrutando de la porción de carne recién hecha.

Al notar que aquel hombre no reacciona ante su presencia, uno de ellos muestra su espada y amenaza al hombre que acampaba.

—Esa armadura y esas botas se ven valiosas. Debes darnos tus armas, tu caballo y tu comida. Al menos si quieres vivir un poco más.

El hombre pega un fuerte mordisco a la pierna de cerdo, mientras mastica, dice:

— ¿No ven que estoy comiendo? Ahora, no es buen momento para pelear.

El bandido se enoja e inmediatamente intenta cortar al hombre pelirrojo con su espada. Sin embargo, este se mueve a una velocidad extraordinaria. De repente, aparece al lado de un hacha rojiza, toma su arma. Se mueve a la misma velocidad y aparece detrás del bandido que lo amenaza. En ese momento, le corta la cabeza con su hacha. Los otros dos quedan sorprendidos. Luego, dice sonriendo:

—Ahora que saben mi secreto, no les puedo permitir irse con vida.

Uno de ellos suplica:

— ¡No le diremos a nadie!

El hombre pelirrojo saca de su bolsa tres carteles de “Se Busca”. En cada uno de ellos, estaban los rostros de los tres bandidos. Y dice:

—Aun así, dan una recompensa por sus cabezas. Y no puedo desaprovechar la oportunidad de que hayan venido hacia mí.

Los dos bandidos empiezan a correr asustados. El hombre vuelve a tomar su hacha, aparece otra vez detrás de uno de ellos y lo decapita. Simultáneamente, realiza la misma acción con el otro sujeto. Después, procede a recoger la cabeza de los tres hombres en un costal.

Al observar la escena, Asvard piensa:

«Ese sujeto, ha conseguido una reliquia»

Aquel hombre había percibido la presencia de alguien en los arbustos y le llama la atención:

—Oye, sé que estás viendo hace un rato. Eres pésimo escondiéndote.

Asvard suspira resignado y dice:

—Sí, acabo de ver la forma extraordinaria en la que te has movido.

El hombre pelirrojo toma su hacha y lo observa cautelosamente, a su vez muestra una sonrisa confiada en su rostro. Ya que considera que aquel joven curioso no representa amenaza para él. Asvard, al ver su reacción, materializa unos cuantos copos de nieve con su mano derecha, los cuales flotan en un leve viento frío que crea con su mano y comenta:

—Humano, ¿dónde has conseguido esa reliquia? ¿La tomaste de Neder?

El hombre pelirrojo responde:

—Puede que suene extraño, pero la encontré en una cueva. Y la tuya, ¿dónde la obtuviste?

Asvard responde con tono arrogante, mientras crea una pequeña figura amorfa con la nieve que se manifiesta en sus manos:

—No necesito esos artefactos. Yo ya nací con estos dones.

El hombre pelirrojo queda perplejo, vuelve a tomar su hacha con firmeza y dice:

—Entonces, eres un dios.

El joven de cabello largo contesta resignado:

—Es cierto que no soy un humano. Sin embargo, nunca me he percibido como un dios. De todos modos, sigo siendo superior a ti. Así que, si piensas atacarme, no dudaré en defenderme.

El hombre pelirrojo se relaja y dice:

—Tranquilo, tampoco percibo que tengas intenciones de quitarme la reliquia. Ya sabes que son muy apreciadas. Son tesoros que despiertan el potencial interno de cada persona, la razón por la que los reyes las buscan es para superar a los dioses.

—Claro que sé eso, y es un hecho completamente decepcionante. Mejor me voy.

El hombre pelirrojo le comenta:

—¿A dónde vas?

—Buscaré un sitio donde acampar.

El hombre pelirrojo responde:

—Para ser un dios, te ves muy humano. Lo normal es que aproveches tu estatus divino, pero no lo haces. Por cierto, mi nombre es Viggo. No creo que quieras pasar la noche solo.

Tras escuchar eso, Asvard se detiene y dice:

—Llevo mucho tiempo sin tener una conversación amena con alguien. Supongo que algo de compañía está bien.

Viggo comparte con su invitado la fogata y lo que quedaba de cerdo, a su vez le hace algunas preguntas:

—¿Qué hacías por estos caminos? ¿Te diriges a Neder, a Ois, a Belia o a ciudad Fortaleza?

Asvard responde:

— Suelo vagar por estas tierras, y me estaba quedando en una vieja choza. Cuando llegué, el lugar había sido saqueado y los ocupantes asesinados. Lo único que podía hacer era enterrarlos y sobrevivir con la poca comida que quedaba. Ahora, me dirijo hacia el monte Trestal debido a algo que sucedió hace dos semanas: el día de mi vigésimo cumpleaños, una extraña criatura humanoide, escamosa, alada y gris con cabeza de lagartija me entregó una carta y, tras dejarme el mensaje, se fue volando.

Él muestra la carta a su compañero, estaba el siguiente mensaje:

“Si quieres saber más sobre tus orígenes, ven al Monte Trestal. Una vez allí, sabrás que tu lugar no es con los humanos.”

Tras mostrar el mensaje, comenta:

—Iré a ese lugar. Así sabré más sobre mi propia identidad. Eso será mucho mejor que quedarme aquí enterrando cadáveres, debido a las batallas que hay en esta región.

—Eso quiere decir que eres el Dios de la muerte.

Asvard lo mira serio y responde:

—Y tú que sigues con eso de que soy un dios.  Es un título exagerado. De cierto modo, yo también nací, tengo necesidades y puedo morir como todo ser vivo. Supongo que el Dios al que te refieres debe ser algo más grande.

—Eres bastante modesto y te expresas de forma peculiar.

—Solo te comento mi punto de vista. Los reyes suelen sentirse protegidos en sus fortalezas y custodiados por sus ejércitos, pero en el fondo, todos los humanos son frágiles. Ni siquiera esa reliquia va a salvarte de la muerte.

Y esa es la razón por la que estoy aquí, en este lugar horrible: para ver la debilidad de los humanos. No hay razón para que sea sádico, es solo que, en esa debilidad, veo algo de belleza. Es como ver su verdadera naturaleza, ver su fragilidad y luego acabar con su sufrimiento.

Viggo escucha ese desolador discurso mostrándose desconcertado.

Asvard pregunta:

—Y tú, ¿hacia dónde te diriges?

Viggo responde:

—Estoy viajando hacia Belia. Voy a cobrar la recompensa y veré qué otra misión puedo tomar. Soy mercenario, y no pertenezco a un ningún reino. Así que puedo tomarme la libertad de escoger por quien luchar.

—El monte Trestal queda camino a Belia. Podría acompañarte hasta la ciudad.

Ambos acampan y a la mañana siguiente parten hacia su destino.

 

Capítulo 3

 

Venerado

 

Asvard y Viggo se dirigen hacia Belia. Es mediodía, y el fuerte calor tenía fatigados a ambos jinetes y sus monturas, mientras siguen cabalgando por un camino pedregoso, en el cual al menos los arbustos se ven más tupidos y se vislumbra un poco de hierba verde. En ese momento, a su lado derecho, encuentran un pequeño estanque, en el cual se encontraba un antílope calmando su sed.

Viggo se baja del caballo y toma su hacha, pero Asvard le llama la atención:

—Déjamelo a mí.

Luego empieza a concentrar energía fría en sus manos y las coloca sobre su pala, el hielo empieza a condensarse formando una larga punta y así crea una rudimentaria pero afilada lanza de hielo. El antílope termina de beber y se retira del sitio, pero Asvard lo acecha sigilosamente y luego impacta de forma precisa al animal perforándole el cuello y matándolo instantáneamente.

El mercenario dice sorprendido:

—Eres un cazador bastante hábil. Debes ser muy bueno en combate.

Pero el joven dice con un tono despectivo:

—Tonterías. Yo no desperdicio mis poderes peleando. Solo los utilizo para sobrevivir.

Ambos descansan en el lugar, comen carne de antílope y calman su sed en el manantial. Después se dirigen hacia Belia.

Tras un caluroso trayecto de tres horas, llegan a su destino. Divisan una pequeña ciudad amurallada. Al entrar al lugar, se veía una arquitectura constituida por modestas casas blancas hechas con adobe y ladrillos de arcilla.

La gente que se veía en la calle caminaba tranquilamente, comerciaba y proseguía con sus asuntos mundanos. Pero lo más llamativo para Asvard era ese espacio para la demostración de fe. Había un gran palacio de tres pisos, pero el templo era la edificación más vistosa de la ciudad, estaba adornado por mosaicos brillantes de color violeta y lapislázulis y la plaza central de la ciudad había una estatua de tres metros en el centro de este lugar, en la cual estaba tallada la figura de un hombre corpulento. Una mujer rezaba fervorosamente ante la estatua. El joven observa con recelo y comenta:

—Parece que la gente de esta ciudad son adoradores del dios Zertal.

Luego ellos entran a una especie de taberna y Viggo cobra la recompensa. Salen de la allí y mientras caminan por la ciudad, hasta llegar a la plaza donde se encuentra la estatua y se sienten en los escalones.

Al ver la bolsa llena de monedas de oro, Asvard comenta:

—Es una buena cantidad de dinero. Supongo que guardaras esas monedas como fondos para la siguiente misión.

Viggo observa con una mirada de complicidad y le contesta al joven.

—Conozco un sitio donde hay unas hermosas bailarinas, podrías divertirnos con ellas.

—¿Eh, divertirme, a que te refieres?

Aquel hombre robusto coloca sus fuertes brazos sobre los hombros del joven de cabello largo y dice con una carcajada.

—Parece que el dios de la muerte ni siquiera sabe cómo comienza la vida.

Asvard responde avergonzado:

—Ya sé a qué te refieres. Acaso piensas gastarte toda la recompensa en una sola noche.

El mercenario comenta en voz alta.

—Tienes razón no es necesario que pierda todo mi dinero, tal vez si les digo que eres el dios…

Asvard le tapa la boca y su compañero y le dice preocupado.

—No lo digas. Nadie puede saber que soy un dios.

—Pero podrías conseguir todo lo que quieres. Además, para ser el dios de algo tan horrible como la muerte eres alguien benévolo, la gente apreciaría más eso.

Luego Viggo señala la estatua de Zertal y continúa hablando:

—Incluso podrías ser más poderoso que este dios y la gente podría cambiar esa estatua por una tuya y todos te adorarían.

Pero al escuchar tales palabras, el joven responde:

—Para empezar Zertal, es mi padre. Nunca lo conocí, pero aun así no me interesa ser como él y además de eso, lo último que quiero es que la gente me venere.

—¿Y eso por qué? —pregunto Viggo extrañado.

Asvard observa a su compañero y les narra el preámbulo de su relato.

¿Has escuchado lo que sucedió en Visiconia?

—Si—respondió Viggo.

El joven sigue narrando.

—En ese caso les contaré mi versión. Hace unos veinte años, el dios Zertal tuvo un hijo con una mujer de Visiconia, desde que nació aquel niño, el pueblo era un lugar fértil y próspero, el pasto era un tapiz de vivido verdor y crecían olivos y viñedos que daban bastante fruto. Aunque aquel Dios se había marchado, la gente asociaba la prosperidad a ese chico.

Por eso el niño y su madre vivían en un pequeño templo erigido por el pueblo, la gente les daba a ambos todo tipo de ofrendas y nunca les falto nada, aun así, el chico había nacido con una piel pálida muy sensible al sol, pero la madre le había tejido un sombrero hecho con juncos. Después cuando creció, el niño se sentaba en el altar del templo a escuchar las plegarias y oraciones del pueblo.

Asvard comenta sonriendo:

—Ese chico era yo. También era un niño iluso, pero, aun así, hacia a todos felices, pero no sabía cómo, incluso yo pensaba que todo ese bienestar se debía a mi presencia, aunque sucedió algo que no pude evitar.

 

Capítulo 4

 

El niño divino

 

Asvard empieza a narrar con más detalle y se enfrasca en sus vividos recuerdos, los cuales lo llevan a cuando tenía trece años. Se encuentra sentado en un altar y es visitado por un joven soldado el cual se había unido al ejercito de Dorel y al cual le pregunta:

—¿A dónde vas?

El soldado comenta:

—Finalmente ha llegado el momento en el que serviré al reino. Evitare que los aremitas invadan este lugar y reclamaremos sus tierras fértiles como las de aquí, y así otros habitantes del reino tendrán donde tener cultivar sus alimentos.

El muchacho responde con curiosidad:

—Así que vas a irte de aquí, me causa curiosidad ver que hay en otros sitios.

Pero el soldado responde:

—No puedes abandonar el pueblo, la prosperidad depende de ti.

Asvard se siente insatisfecho ante dicha situación y el soldado antes de irse comenta:

—Supongo que no puedes darnos una bendición ya que no eres un dios de la guerra, pronto volveré.

El joven sobrenatural responde:

—Eso espero.

Al día siguiente el adorado muchacho se sube a un olivo que se encontraba cerca, aunque no le daba la vista que buscaba apenas podía observar solo terrenos llenos de vegetación. A fin de cuentas, el no conocía como era el resto del reino.

Poco después escucha la voz de su madre:

—Hijo, ya es momento de que vayas al templo.

—Esa gente se puede esperar.

—Ya veo, te estás volviendo un jovencito rebelde. — dijo la mujer con una leve sonrisa.

—Mamá, llevo toda mi vida metido en el templo, incluso siento que no conozco este pueblo lo suficiente.

—El mundo es un lugar muy duro, pero desde que has nacido has sido una luz de esperanza para todos nosotros.

—¿Desde, que nací?

—Así es, antes de que nacieras, las tierras de este pueblo no eran tan fértiles y era muy difícil para todos tener buenas cosechas, pero apareció el dios Zertal, quise decir tu padre. No era muy devota a él, aun así, dijo que, si le permitía entrar a mi casa, me daría una bendición y que mi vida mejoraría, y después de que yo la recibi se marchó. Cuando naciste me había dado cuenta que esa bendición eras tú.

—Sé que les he ayudado mucho haciendo que haya prosperidad aquí en Visiconia, pero tal vez podría ayudar al ejército. A fin de cuentas, soy un dios.

Pero ella expresa sus inquietudes.

—No eres un dios bélico como tu padre, tu poder es hacer que haya prosperidad y mientras sea así podremos mandar víveres y alimentos a otras regiones del reino.

Al muchacho no le pareció una respuesta satisfactoria, y responde:

—Pero soy un dios, debería tener un poder increíble, dicen que mi padre era el dios de los relámpagos.

Ella comenta:

—Tú eres mucho mejor que tu padre.

Pero él dice con tono fuerte:

— Acaso mi sola presencia es la que ha traído el bienestar a todas estas personas, ni siquiera siento que me esfuerce. Estoy seguro que este no es mi verdadero poder.

Asvard recibe un cálido abrazo de su madre y ella le dice con una expresión cariñosa:

—Eres el dios de la vida, una gran bendición para nosotros.

Tras aquellas dulces palabras vuelve a sentarse en el altar y solo pensaba.

“A fin de cuentas parece que solo puedo ayudar a esta gente, yo soy el Dios que otorga bienestar a la gente”

Pero la situación empezó a salirse aún más de control, una semana después una peste se manifestó en el pueblo de Visiconia, muchas personas empezaron a enfermarse y a denotar síntomas como una persistente tos, cansancio y unas pequeñas manchas grises en el cuerpo. Mucha gente recurrió a Asvard para que él les diera salud a ellos o a sus familiares. Al principio mantenían su esperanza puesta en el muchacho. Pero con el paso de los días observaban que no había mejoría y poco a poco empezaron a reclamar ante aquella persona que creían, los había ayudado antes.

—¡Te hemos adorado durante todo este tiempo y así es como nos pagas! —reclamó un hombre.

—Te he dedicado durante años las mejores uvas de mi viñedo, porque no cumples nuestras plegarías—Dijo furiosa una mujer.

La gente continúa presionando, luego se acerca el líder del pueblo ante Asvard y le dice:

—Eres un dios, tú tienes el poder para ayudarnos, yo tengo fe en ti.

El abrumado muchacho observa desde su altar a toda esa gente insatisfecha, por lo que se para sobre este y dice mientras trata de mantener la calma, ya que a pesar de toda dicha situación empieza a estresarlo.

—No importa lo que pase, yo soy su dios y voy a ayudarlos.

Asvard empieza a presionarse así mismo. A pesar de la falta de calma, su cuerpo emana un aura de color azul y sus ojos adquieren una tonalidad brillante del mismo color. En ese momento recupera la calma y se dice así mismo.

“Lo sabía, puede que haya estado en una situación de presión, pero empiezo a sentir el poder fluir en mí, después de todo si soy un dios”

Luego levanta las manos hacia el cielo, mientras mantiene una mirada fija e impasible, efectivamente sus poderes se habían manifestado, pero no de la forma que él quería, unas nubes grises aparecieron en el cielo y cayo una fuerte tormenta de granizo y a su vez un viento frío empezó a soplar en el pueblo, todas las personas enfermas empezaron a morir al sentir la fría tormenta y no solo eso. El líder del pueblo es golpeado por un fragmento de hielo en la cabeza y este cae al suelo, al parecer no era el impacto lo que había acabado con su vida, sino el frío, el gélido abrazo de la muerte, ya que los demás ancianos del pueblo corrieron el mismo destino.  Incluso los cultivos resultaron afectados y las cosechas se echaron a perder.

Asvard observa bastante frustrado lo que sus poderes habían hecho, de ser adorado como el dios de la prosperidad había matado a más de la mitad de los habitantes del pueblo y arruinado sus cosechas.

Ahora la gente enardecida empieza a insultarle, el pueblo fue en furia contra quien consideraba su dios.

—Nunca te gusto el calor del sol tal vez algo de calor del fuego te sienta bien— Dijo un hombre el cual había tomado una antorcha.

En ese momento la madre de Asvard se acerca hacia el lugar en un caballo y luego sube a su hijo.

La gente continua con los insultos.

—Eso es lo que pasa cuando te dejas follar por un dios, maldita puta— Se escuchaba entre la multitud, además de otros improperios.

La gente empieza a apedrear a Asvard y a su madre y otros se acercan con antorchas. Pero el caballo empieza a galopar rápidamente y ella logra huir del lugar y perderse de su vista hasta que deciden detenerse en un campo abierto, el verdor habitual de Visiconia era cambiado por una hierba seca por el sol y unos arbustos espinosos. Ambos se bajan del caballo y luego ella observa a su hijo, el cual se veía bastante desconcertado y luego él rompe en llanto.

—¿Que he hecho? — dijo el desconsolado muchacho.

Ella lo abraza y luego le dice con un tono dulce para consolarlo.

—Lo que ha pasado no es tu culpa.

Luego grita angustiado:

—¡No soy el dios de la vida! Le he arruinado la vida a todos.

Ella lo abraza y le dice:

—En el fondo tu tenías razón, ese no era tu poder, pero en el fondo tu no querías que pasara esto:

Asvard empieza a sollozar sobre el regazo de su madre.

Ambos continúan su travesía a caballo hasta que llegan a otro pueblo y se hospedan en una posada.  Pero Asvard nota algo, su madre había tosido insistentemente luego al mirar su rostro veía esos puntos grises, ella también se había enfermado de la peste que había azotado el pueblo del que provenían, por lo que él la cuida, un día él le dice desconsolado:

—Ahora que ya sabes todo lo que ha pasado, no soy la clase de bendición que querías que fuera.

Pero ella le toma la mano y trata de sonreír a pesar del malestar y le dice:

—A pesar de todo sigo creyendo en ti. Para mi si fuiste una bendición.

Dos días después, ella sucumbe ante la enfermedad y finalmente muere. Tras esto se compra una pala y la entierra. Luego se postra desconsolado en el piso frente a la tumba y empieza a llorar y a lamentarse:

—Vaya asco de dios que soy, mi padre me abandona, no pude salvar a mi pueblo ni siquiera a mi propia madre.

El sigue sollozando y mantiene el duelo por un día.

Al día siguiente vuelve a respirar hondo y dice:

—Pero entonces porque hubo prosperidad y peste, nunca pude controlar que dichas cosas pasaron. Siempre pensé que tenía el control, mamá dijo que lo que paso no era culpa mía.

Sigue postrado en el piso y aprieta sus puños con fuerzas, mientras se cuestiona.

—¿Por qué tuvo que pasar esto, era muy pronto para que te fueras?

Pero se levanta y se seca las lágrimas y dice:

—Tengo hambre.

El muchacho ya se había gastado el dinero que le quedaba por lo que camina por el sitio y solo encuentra unas bayas para calmar su hambre, ya no tenía a sus adoradores para cubrir sus necesidades, él estaba solo ante el mundo.

Al día siguiente vuelve ante la tumba de su madre y trata de buscar consuelo.

—Dices que yo fui tu bendición, pero, a fin de cuentas, tal vez sea como tú, como esa gente que murió. No puedo cumplir las peticiones de la gente, no soy un Dios, pero tampoco soy humano, no soy tan frágil como ellos.

Asvard toma la pala y empieza a vagar por Jatavia y observa que en otros lugares la tierra no era tan fértil como el pueblo donde vivió su infancia y los terrenos eran agrestes. El observo que en realidad los humanos eran insignificantes ante la fuerza de la naturaleza y que él no era un dios que pudiera ayudarlos.

Y volviendo al presente, él finaliza su relato:

—Y desde ese entonces todavía conservo el sombrero que me tejió mi madre y la pala con la que la enterré.

Viggo dice:

—Supongo que eso pueda explicar tu forma de ver la vida.

Asvard responde:

—Ahora ves por qué tengo tanto interés por ir al monte Trestal, de hecho, partiré hacia allá de una vez.

Pero Viggo lo detiene:

—Amigo, veo que es muy importante para ti, pero tómalo con calma, pero podríamos beber unas cervezas antes de que te vayas.

Asvard sonríe y acepta la invitación.

 

Capítulo 5

 

Osadía

 

Asvard y Viggo se encuentran tomando en una taberna, mientras el mercenario repite otra ronda de trago, el joven de cabello largo prefiere mantenerse sobrio, al principio se mantiene incomodo por la presencia de los borrachos, pero luego escucha algo que le llama la atención.

—He visto a los dioses, ellos están muy cerca de nosotros.

Esto hace que el joven sobrenatural reaccione precavido pensando que hablaba de él, pero luego se percata que aquellas palabras venían de un borracho, el cual sigue parloteando.

—Si fui al monte Trestal y allí vi a una diosa, era muy hermosa.

Pero uno de los sujetos que se encontraba allí, golpea al borracho y le dice:

—Eres un estúpido y deja de mentir, nadie que haya ido a esa horrible montaña ha regresado para contarlo.

En ese momento se levantan un grupo de siete soldados dorelitas de una mesa y uno de ellos agarra al borracho de la camisa y le dice:

—Dinos todo lo que sepas de ese lugar.

Pero uno de sus compañeros, intenta calmarlo:

—Capitán Siesler, ese sujeto está fuera de sus cabales.

Pero este responde de forma grosera:

—¡Cállate Jol! Sabes que ese sitio está lleno de monstruos. Este hombre es un valiente por adentrarse en aquel lugar y si está mintiendo se merece una fuerte paliza.

El borracho se pone nervioso, aun así, sigue hablando:

—De hecho, sí, señor soldado, creo que derrote a un dios, eh esto no me acuerdo como se llamaba.

Tras escuchar eso, Siesler le da un fuerte puño en la cara y le habla de frente a todos los que se encuentran en esa taberna.

—Iremos al monte Trestal, no habrá ningún dios que pueda detenernos.

Pero uno de los hombres que se encuentra allí comenta.

—Tonterías, nadie vence a Zertal.

Pero el capitán les dice a todos:

Ustedes, habitantes de Belia, ¿En realidad adoran a esa estatua que tienen en la plaza de la ciudad? Acaso su querido dios ha aparecido en su ciudad. Por lo visto veo que no. Tal vez su dios los ha abandonado.

Una de las personas que se encuentran allí, saca su espada y amenaza a Siesler.

—No me importa que seas un soldado de Dorel, no permitiré que oses burlarte de nuestro señor Zertal.

Tras decir eso intenta atacar a Siesler, pero el capitán esquiva el ataque y luego coge del brazo a aquel hombre y lo tumba al piso. Otras personas también se sienten ofendidas por el comentario del militar y se levantan molestas e intentan a agredir a Siesler. Pero todos los soldados excepto Jol, se interponen para proteger a su capitán y luego abusan de autoridad y empiezan a golpear a aquellas personas y en ese momento el capitán y grita a todas las personas presentes:

—Escúchenme bien, nosotros iremos al Monte Trestal y tomaremos la reliquia que tenemos allí. Esto será solo un paso hacia la gloria. En cuanto encontremos más, el reino de Dorel superará a los dioses, seremos más poderosos que Zertal y todos esos malditos oportunistas y les escupiremos en la cara de sus seguidores. Venceremos a los aremitas, conquistaremos sus tierras y seremos la nación más grande y prospera sobre la tierra.

El tabernero grita molesto:

—¡Ya basta! Les diré todo lo que he escuchado del monte Trestal e incluso les pagare tributo, pero por favor, dejen de causar problemas en mi establecimiento.

Siesler dice con tono arrogante:

—Te escucho, buen hombre.

Tras oír eso, el tabernero le comenta toda la información:

—Todos los aventureros que se han paseado por aquí han contado diferentes leyendas de ese sitio conocido también como la morada de los dioses, no solo se dice que allí se encuentran las reliquias. También se dice que existe un pergamino sagrado en el cual se encuentran revelados los misterios de la creación. Entiendo que ustedes sean soldados reales, pero aun así deben prepararse bastante bien el lugar está plagado de unos horribles monstruos escamosos, al parecer son los sirvientes de los mismos dioses, los cuales viven allí. Incluso aunque logren vencer a los monstruos, los dioses acabaran con ustedes.

Siesler dice con voz fuerte.

—Eso es todo lo que tienes por decir, suficiente, nos iremos de aquí en seguida.

Pero antes de salir el capitán observa a Viggo y luego se le acerca a este:

—Pero mira que tenemos aquí: Un hombre que prefiere de vivir de cazar la cabeza de vulgares bandidos y misiones de poca monta en vez de servir al rey. Un hombre fuerte pero que desperdicia su poder. Pero qué poco honor tienes.

Viggo se mantiene serio ante las burlas.

Asvard mira a Siesler y le dice mirándolo con seriedad:

—Sus actos son completamente impertinentes, acaso no puedes entender el poder de los dioses. ¿Acaso qué clase de rango tienes para planear semejante travesía?

El militar dice con tono arrogante:

—Ha. Soy el capitán Siesler, uno de los comandantes reales de su majestad, el rey Rode III, soberano del reino Dorel y gobernante de las tierras de Jatavia. Así que deja de cuestionar tus actos, nosotros arriesgamos nuestro pellejo por el reino, si quieres ser un ciudadano honorable, debes ir con nosotros a recuperar una reliquia en el monte Trestal en vez de perder el tiempo con este mercenario.

Viggo responde sonriendo:

—De hecho, voy a acompañarlos y ayudarlos a recuperar la reliquia. Pero solo lo haré si me dan una buena recompensa.

Siesler responde:

—Debí suponer que solo nos ayudarías si había dinero de por medio. Pero ya que necesitamos hombres, dejaré pasar tu avaricia por esta vez. Además, el rey tiene suficiente oro para pagarnos.

Asvard añade:

—A pesar de que dudo del éxito de este acto osado, yo también me dirijo al mismo lugar. Parece que terminare viajando con ustedes.

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