La Fuente de los Deseos, Los Tres Comienzos

Sinopsis

En un mundo posapocalíptico lleno de tecnología avanzada, humanos con habilidades extraordinarias, y únicamente habitable dentro de cinco barreras de energía, la oportunidad de pedir deseos ha vuelto.

Cosas como alterar la realidad, traer a alguien de la muerte o la inmortalidad misma, estarán al alcance del ser con una moneda santa y el acceso a la mística Fuente de los Deseos.

Sin embargo, lo que nos atañe en este libro no es tanto el qué, sino el cómo, y eso no será para nada fácil. Pues cuando se trata de cumplir los deseos más recónditos en el corazón de las personas, hay mil y una cosas que pueden salir mal.

Un ladrón, una pequeña genio, un investigador privado, una cocinera, un príncipe y una soldado, atenderán este llamado del destino. Todos con diferentes motivos para hacer sus sueños realidad.

Así que en marcha, ¿nuestro destino? Nueva Tierra, ¿nuestra misión? Vivir la aventura que definirá el curso de la realidad misma, y por qué no, también salvar al mundo de paso.

PRÓLOGO

Cuando era niño, lo que me hizo sentir interés por las historias de fantasía, magia y acción, no fueron los libros. Honestamente, ni mis amigos ni yo leíamos por diversión, así que, como muchos chicos en la época de los dos mil, lo que me hizo soñar con mundos increíbles por primera vez: fue el anime transmitido por televisión. No sé si por los colores, la música o la gran épica entre el bien y el mal, pero con tan solo mirar algunos capítulos, quedé inmerso en esos mundos.

Conforme fui creciendo, siempre tuve el sueño de fabricar mundos como esos que tanto me fascinaron de niño, mis propias “historias de anime”. Pero nunca lo llevé a la práctica, hasta ahora.

“La fuente de los deseos” es una de esas historias, a la cual le tengo mucho cariño por ser la primera que publiqué en internet. Sin embargo, la historia no me convencía del todo en aquella época, por ello la retiré dos veces, haciendo a está su tercera publicación oficial; al parecer raras vez las cosas salen bien a la primera (mira cuando me vine a enterar). Aunque por otro lado también es irónico en cierta forma, porque, tres, también es la cantidad de historias que fungen como precuelas de la trama principal.

Así que este libro en lugar de ser una sola trama lineal, en realidad es un compilado de tres historias, las cuales no son cronológicas y unas incluso son simultáneas, sin embargo, cada una de ellas desemboca en aquel gran evento que pondrá de cabeza al mundo de Nueva Tierra (no se preocupen, es menos confuso de lo que parece, creo).

Sin más, me despido por ahora y los dejo con el libro, los comienzos de esta gran historia; grande en el sentido de su extensión, no porque sea demasiado épica o increíble. Por cierto, sé que tendrá errores, aún no soy ni por asomo el escritor que quisiera ser, pero si me espero hasta ese punto empezaría con este libro como a los setenta años, y por mi nivel de colesterol en la sangre, dudo llegar a los cuarentas, así que mejor manos a la obra.

Atentamente: Un simple escritor.

Prefacio – Este es mi final

¿Cuánto vale una vida? Piénsalo por un momento ¿Mucho, poco, depende?  

Lo sé, es una pregunta complicada. Bien podrías decir que no tiene valor, que nosotros, los vivos, solo somos una migaja en el universo, al cual le damos igual si nos vamos o nos quedamos; o bien, podrías creer que toda mente es un mundo diferente y cada quien tiene algo especial a su manera.

Sin embargo, sea cual sea tu opinión, la vida, pronto no me importará más, porque voy a perderla.

Ataco con mi espada de frente, como he hecho cientos de veces en el pasado; mi ataque es seguro, rápido, y lleva la intención de dañar un punto vital en el centro de la espalda de mi oponente. No obstante, el enemigo, con tan solo girarse hacia un lado, me esquiva sin problemas.

Mi arma pasa de largo conmigo detrás. En este instante estoy a un lado de esa cosa, la estocada, o más bien, el intento fallido de una estocada, apenas está terminando. Puedo sentir su presencia por completo: es fría como un témpano de hielo y tan abrumadora que solamente con estar cerca de ella, siento como si el corazón me fuera a explotar.

Alzo la mirada hacia las cuencas donde se supone que deberían estar sus ojos, pero en su lugar, hay dos grandes puntos brillantes escarlatas. Entonces esa cosa, levanta una de sus largas garras afiladas, anunciando su contra ataque.

Veo la muerte en ese golpe, aunque es nada más su brazo en mi contra. No lo podré esquivar, así que interpongo mi arma para recibir el ataque de lleno.

¡Impacta!

El ruido de choque resuena con potencia, mientras un poder como nunca antes he sentido en la vida, me sacude desde la punta de mis cabellos hasta la suela de los zapatos. ¡No lo podré resistir!

Dejo escapar un quejido ahogado antes de ser arrojado como un muñeco de trapo por los aires. No bajo la velocidad hasta que choco de espaldas contra una pared de concreto, y la atravieso tal cual estuviera hecha de papel.

Del otro lado del muro, la graba en el suelo cruje con mi violenta caída. Ruedo sin control varios metros, hasta que por fin el terreno logra frenarme.

Desde el piso, mis tosidos se escuchan ásperos, forzados; estoy tratando de recuperarme, pero mis pulmones se han quedado sin aire, los oídos me zumban y mi cuerpo tiembla involuntariamente. Pase lo que pase, no quiero recibir otro golpe de esos.

Logro colocarme bocarriba y al instante, una punzada de dolor me hace apretar los dientes. Muevo una mano para presionar la parte baja de mi abdomen, donde puedo notar una mancha de sangre creciendo en mi ropa.

—¿Solo con un golpe logró pasar toda mi compensación? —pienso en voz alta—. Esa cosa, sí que es aterradora.

Levanto mi otra mano, en la cual vuelvo a materializar mi arma: una espada de luz blanca, con guardamanos en forma de cruz y hoja de dos filos tan translúcida como el cristal. Usándola como columna soporte comienzo a levantarme, es doloroso debido a la herida, pero pronto logro ponerme sobre mis rodillas, para luego de un último esfuerzo, estar de pie otra vez.

Supongo que esto debe ser muy confuso para ti, déjame aclararlo. Mi situación actual puede ser resumida en una sola frase: “este es mi final”.

Como puedes ver, por mis jadeos, la sangre y lo maltrecho que estoy, no tengo la más mínima oportunidad de ganar este combate. Aunque no es algo que me ha tomado por sorpresa, lo supe desde el principio. Solo bastó verlo para comprender la abismal diferencia entre él y yo.

Podrías considerar el enfrentarlo a pesar de saber eso como algo muy tonto de mi parte, créeme lo sé. Pero de no hacerlo el mundo terminará, y esta espada brillante junto con todo lo que representa sería en vano. Por eso, aun sabiendo que es algo suicida, debo pelear contra él. Además, derrotarlo no es el objetivo, basta con acertarle una estocada (solo espero no ser brutalmente asesinado antes de conseguirlo).

Puedo sentir la presencia de esa cosa acercándose, ya no tengo más tiempo de reposo. Llevo la mirada al hueco que hice en el muro de concreto momentos atrás, veo una garra oscura apoyada en los bordes escombrados del agujero, luego, el resto del monstruo hace aparición y termina por emerger de un salto. Mide poco más de dos metros.

Comienza a acercarse a pasos firmes pero lentos sobre la graba, detrás de él, un camino de destrucción con alaridos de muerte pura es dejado. Pero en su rostro no hay ninguna expresión, se ha mantenido así durante todo el combate; solo con una mirada vacía y helada en esos círculos al rojo vivo. No me gusta, no me gusta en absoluto. En mi último combate, me agradaría ver una expresión de esfuerzo, o algo demostrando que a mí oponente al menos le cuesta acabar conmigo.

¿N-no… tie-en-es… mi-edo? —pregunta esa cosa. Apenas si puede articular palabras con una voz distorsionada y envuelta en un eco ronco.

Yo por mi parte, a pesar del dolor, me pongo erguido y blando mi espada al frente. Entonces, con toda la sinceridad del mundo, respondo:

—Claro, en cada centímetro de mi cuerpo.

—Menti-ra… a-aún… no… te-emes… de… ver-dad…

Veo a la aterradora criatura levantar sus dos largas garras y golpear con ellas el suelo, liberando una penumbra que se comienza a engullir todo mi alrededor en un instante. Lo último en desaparecer, es la luz naranja del atardecer encima de mí.

Ahora, estoy en medio de un vacío más oscuro que la noche misma y lo único capaz de iluminar medianamente mi cuerpo, es la luz de la espada. Giro la cabeza para todos lados, mientras mi corazón así como mi mente empiezan a gritar que corra, que me aleje lo más que pueda de ahí.

Comienzo a acelerar la respiración, mis ojos se expanden; la sensación de estar en este lugar abruma hasta el punto de hacer imposible dejar de temblar. Un humano ordinario, solo por el estrés, hubiera muerto al instante, yo por el contrario, agudizo mis sentidos más que nunca. Atacará en cualquier momento.

¡Viene de arriba!

Extiendo mi espada por encima de mi cabeza, ignorando mi herida sangrante la sostengo con ambas manos perpendicular a mi cabeza y recibo el golpe. Para mi sorpresa, esta vez lo puedo resistir, sin embargo, siento un horrible dolor en mi espalda: quemadura con laceración combinadas. Un segundo ataque ha tomado lugar al mismo tiempo que el primero.

Suelto un grito de dolor, luego, agito mi arma hacia enfrente. La presión cede, pero de inmediato debo cubrir un segundo ataque en mi costado, únicamente para sentir otro corte del lado contrario al instante.

Agito mi espada para tratar de defenderme, mas no sé siquiera de dónde me atacan. Momento a momento, las heridas comienzan a multiplicarse en mi cuerpo, lacerando mi ropa como si fuera tela ordinaria hasta llegar a la carne y quemar como el infierno mismo.

El terror junto con el estrés extremo cada vez me destrozan más por dentro; no puedo evitar el dolor, no puedo dejar de temblar. Me siento impotente, impotente y débil.

—¡Eres tú el que tiene miedo! —grito a la nada—. ¡Atácame de frente!

En cuanto termino de decir eso una cortada aparece en mi frente, la sangre me obliga a cerrar un ojo y casi por completo el otro. No puedo más. Caigo rendido, sosteniéndome en una rodilla y en la espada.

Conmigo en el suelo los ataques cesan, pero el dolor no se va. El miedo es abrumador y la espada cada vez logra dispersar menos las sombras.

«Maldita sea, al parecer esa cosa solo está jugando conmigo».

Quiero tirar la toalla, ya he tenido suficiente, solo deseo ir a casa y descansar, lejos de todo esto. No obstante, un tintineo cristalino me hace voltear para un lado; viene de mi arma, es casi como si dijera que aún está ahí.

Esta espada a diferencia de mí, no se ha apagado todavía. Puedo sentir su calor, no es quemante como los ataques de esa bestia, y su presencia no es para nada abrumadora a diferencia de esta oscuridad, sino más bien similar a un cálido abrazo. Antes de darme cuenta, me dejo llevar por ese relajante poder, y comienzo a concentrarme en pequeñas partículas blancas generadas de la hoja cristalina del arma.

En esos puntos brillantes tan blancos como la luz de la espada, por raro que parezca, veo recuerdos: cosas como lo ameno de mi familia, las locuras de mi niñez junto a mis amigos, la tristeza de perder seres queridos y la sencilla felicidad de recibir siempre mi pastel favorito en las fiestas de cumpleaños; asimismo miro momentos donde sentí la frustración de ser derrotado y otras ocasiones donde experimenté el orgullo de sobreponerme a lo difícil; o también cuando encontré el amor en un par ocasiones, u otras donde lo perdí. No obstante, yo no soy el único en esas visiones, sino también todas las personas responsables de los sueños y esperanzas que dieron forma a esta arma están ahí. Sus vidas enlazadas con la mía, crean algo enorme y maravilloso: una historia, una por la cual vale la pena luchar.

Es gracias a todos esos recuerdos, que agarro las fuerzas necesarias para calmarme.

Por lo general es en estos momentos cuando los protagonistas sacan energía de quien sabe dónde, luego, con el deseo de salvar a todos los que aman, liberan alguna técnica secreta superpoderosa, y ganan el combate de forma heroica e increíble, no obstante, yo no soy uno de esos. Lo siento, realmente daría cualquier cosa por hacer algo así, pero esta espada es todo lo que tengo y ni siquiera es mía.

No obstante, eso no quiere decir que no lo vaya a intentar.

Me levanto ignorando el dolor producido por todas mis heridas, blando mi espada con convicción y decido cerrar los ojos, pues la sangre ya casi los ha cubierto por completo. Esta será mi última vez de pie.

Logro sentir el intenso peligro antes del ataque. Inhalo aire con calma, me concentro al máximo para tratar de reaccionar, pero cuando termino de exhalar, siento algo atravesarme por el pecho y salir como cuchillo bien afilado por mi espalda. Tritura mis huesos, me hace escupir sangre, pero por esta vez, no me permito caer.

En este último instante, dejo salir todo lo que me quedaba de energía. ¡Grito! No con miedo o inseguridad, ni mucho menos con desesperación, sino que grito con fuerza y coraje, mientras giro sobre mí mismo y estiro mi ataque final en una dirección incierta. Puedo sentir la energía incandescente haciendo resplandecer la espada una última vez y entonces, en un espectacular golpe de suerte, hago lo imposible ¡asesto la estocada!

Entreabro uno de mis ojos y alcanzo a ver cómo mi arma ha perforado el pecho del monstruo. La hoja de cristal junto al mango empiezan a agrietarse, solo para estallar en cientos de pedazos después.

Los sueño y esperanzas contenidos en todos esos fragmentos no caen al suelo, sino que se desvanecen en el aire mientras la penumbra a mi alrededor desaparece. Para cuando la última partícula de luz se extingue como una diminuta estrella en el cielo negro, ya puedo volver a ver el resplandor del ocaso otra vez.

Luego, incapaz de sostenerme, me voy de espaldas hasta azotar rígido en la grava del suelo. Siento el sabor metálico de la sangre en mi boca, y a cada segundo que pasa pierdo más fuerza. Estoy muriendo.

En estos momentos cómo me vendría bien una mano, pero por seguridad nadie sabe que estoy aquí, incluso mis padres y mi hermana aún me esperan para la cena. Recuerdo que esta noche mamá hizo unos ricos frijoles refritos; daría cualquier cosa por comerlos, aunque fuera una última vez.

Escucho el caminar de mi adversario. Se acerca por un lado, la tierra, solo con sentir sus pasos, es cubierta con un aura de muerte y deterioro. El ambiente es… frío, aún más ahora que no traigo la espada.

La criatura me mira desde arriba, el brillo rojo en sus pupilas se sienten mucho más penetrante comparado a hace unos momentos.

—Los humanos son extraños —dice con su voz un poco distorsionada—, su vida es corta, y muy insignificante. Tú debiste haber aprovechado más la tuya, en lugar de desperdiciarla de una forma tan inútil. Ese ataque que tanto luchaste por atinarme, ni siquiera me hizo daño —puedo ver entre la imagen que se va volviendo cada vez más borrosa, cómo se lleva una de sus garras a la boca—, pero, ahora, puedo articular de una forma más fácil eso que ustedes llaman “idioma”. Antes de que tu vida se extinga, quiero saber qué fue lo que…

Dejo de escuchar esa voz fría y aterradora por unos segundos. El monstruo lleva sus dedos afilados hasta sus ojos, los cuales talla con cuidado para secar unas lágrimas de tono rojo brillante. Se da cuenta de que está llorando, entonces sus labios así como su frente se contraen, y por primera y última vez en mi vida, miro una expresión en ese rostro infernal: es tristeza, una muy profunda.

Ahora sé que todo valió la pena.

—La vida de los humanos… en verdad es insignificante —me esfuerzo para pronunciar cada palabra—, pero, para la mayoría de nosotros es inmensamente valiosa y nos aferramos a ella hasta el final —un ataque de tos me interrumpe por unos instantes, recordándome mi precaria situación.  Pero vuelvo a tomar fuerzas y sigo lo que seguramente es mi última conversación—, aunque… hay responsabilidades tan grandes… que te hacen renunciar a ella en un instante.

—Responde ¿¡Qué fue lo que me hiciste!?

Ya lo veo todo borroso, no me queda mucho, pero esas palabras, por supuesto que las escucho fuertes y claras. Más que una amenaza, ese grito es una súplica, por ello, aun entre todo el dolor y miedo, tomo el atrevimiento de esbozar una sonrisa mientras le respondo:

—Te acaban de regalar la oportunidad de tener una vida… de no morir en ese vacío oscuro y solo. Lo único que tienes que hacer es…

Aquel monstruo mira totalmente anonadado el hombre a sus pies. Un pequeño palpitar en su pecho se hace más fuerte a cada segundo, no sabe su origen, pero tampoco le interesa demasiado, porque siente, percibe y experimenta cosas increíbles por primera vez en su vida, si es que se le podía llamar así a su existencia previa.

«¿No voy a estar… solo?»

El monstruo, ya dejando salir las lágrimas sin ningún tipo de control, decide aceptar la propuesta de ese hombre justo antes de verlo morir.

Un héroe ha caído, por una tierra donde nunca será recordado, y nunca será llorado, no obstante, hasta el último momento tuvo fe en que hizo lo correcto, aunque nunca imaginó ser el responsable de tal evento. Él solo quería una vida sencilla, con final tranquilo, pero todo cambió una tarde en su hogar, cuando un anciano vino a mostrarle una historia, desde una tierra muy lejana, desde otra realidad.

He aquí la historia.

Capítulo 1 –  El plan inicia aquí

—Estación Piricoem número nueve —dice una amable voz computarizada, mientras las compuertas frente a mí se recorren a los lados.

Esta parada del tren siempre está desierta, y con justa razón, pues su locación es remota e inaccesible. No vale la pena para ningún ciudadano regular bajarse o tomar el tren en este lugar, e incluso puede llegar a ser peligroso, eso la hace un punto de llegada ideal.

Apenas pongo los tenis sobre el concreto desgastado de la estación, el tren sale disparado a su ultra velocidad habitual. Eso ocasiona una ráfaga de viento que levanta la basura en el suelo. Entonces una hoja de periódico termina por pegarme en la cara; me la retiro de inmediato, luego, la uso para quitarme la poca baba seca de debajo de mi boca, producto de una agradable siesta.

Siempre he gustado de dormir cuando viajo en tren. El movimiento suave de la máquina, encaminándose en control absoluto por las vías, me hace sentir seguro. Confío en el tren, él siempre llega a su destino, o al menos en estos años nunca me ha fallado.

Por ello, cuando voy en medio de los vagones solitarios, suelo acostarme en dos asientos, y dejarme llevar por el sueño hasta escuchar la alarma de llegada. Para personas con una vida como la mía, no tienen idea de lo relajante que es viajar así.

Al dejar atrás la estación carcomida por los años, ya estoy completamente despierto. Camino por la cera a un lado de las vías, acompañado por el sol de la mañana apenas mostrando sus primeros rayos. A mi mano derecha puedo ver los inicios de una colonia decadente: esa es la zona fuera de la muralla de contención, nadie vive ahí, solo queda un mar de casas abandonadas, calles agrietadas y todo lo de valor fue tomado hace mucho tiempo. En cambio, del otro lado de las vías, hay un desierto árido donde el viento corre libre de un lado a otro.

Tras unos minutos caminando, por fin llego a mi conexión con el interior, el túnel del tren. El lugar es un enorme hueco en medio de la gigante pared fortificada, y cuando el viento sale de él, ocasiona un rugido grave e intenso; casi parece la boca de un enorme monstruo.

Bajo con cuidado a las vías color cromo y sigo mi camino. Dentro del túnel estoy en medio de una oscuridad tan densa que, aunque pongo mi mano contra mi nariz, no puedo verla. Por ello, saco de mi maleta un regalo especial para estas situaciones. Su nombre es «linterna de esfera»: se trata de un cilindro, puedo rodearlo con mi puño, y en un extremo sostiene un orbe de vidrio. Al activarla, libera un aura blanca, la cual me rodea hasta iluminar varios metros a la redonda.   

La grava del suelo cruje en cada salto, y algunas piedras puntiagudas se sienten molestas en la suela de mis tenis, mas no pierdo la concentración, pues estoy avanzando entre las vigas llenas de electricidad a lo largo del túnel. Andar por aquí es bastante peligroso, un humano ordinario puede morir electrocutado por un simple descuido, también un tren puede pasar en cualquier momento, pero para mí es algo cotidiano. Después de todo, es necesario hacerlo para buscar comida, o más bien, para robarla.

Así es, soy un ladrón, de esa forma me gano la vida.

Me han contado que en algunas ciudades, las personas pueden decidir cómo usar su vida. Si servir en el ejército, ir a zonas industriales o agrícolas, o trabajar con aerodeslizadores.

Rumorean que en las ciudades más altas, incluso puedes llegar a hacer algo llamado “estudios superiores”: no me queda claro de qué se trata, pero al parecer es como las clases de mamá para aprender a leer y escribir, pero más complejas y con muchas más personas; me hubiera gustado ir. Aunque, yo también fui de los afortunados en cierto sentido, pude decidir, pero el catálogo no era tan grande en mi caso, o era ladrón o era cadáver.

Tras unos minutos, puedo mirar la luz al final del túnel. Desactivo mi linterna y la regreso al interior de la bolsa.  Al salir por el enorme umbral curvo, veo las vías extenderse hasta desembocar en una larga curva a la distancia. Ese camino rodea por toda Ciudad Media, no obstante, en lugar de seguirlo, doy un giro hacia el cerco que separa las vías de la ciudad: es de por lo menos 3 metros, y tiene láseres de descargas en la parte superior.

Esta malla ciclónica es bastante dura, de eso no hay duda, pero me las arreglé para hacerle una abertura. Por ello, para entrar a la ciudad, solo palpo el alambre en una zona específica hasta sentir cómo se dobla, entonces aplicó más presión haciendo una abertura, una tan grande como para dejarme pasar.

Ya del otro lado, dejo el cerco como estaba, y me encamino por un callejón entre dos pequeños edificios. Cuando casi llego al final del pasillo de concreto, me encuentro con un bulto debajo de un manto andrajoso color gris. Este tiembla como si fuera una gelatina mal formada.

—¿Otra vez por aquí muchacho? —me dice un tipo dentro del manto, sin asomar la cara—, ¿acaso eres inmune al frío o algo por el estilo?

—¿Cómo supo quién era?

—Como si hubiera otra persona que entrará a MI CALLEJÓN por ese lado. Hacer “turismo” no es bueno chico, si te llegan a capturar pasaras muchos años en prisión Esperanza. Te lo he repetido demasiadas veces.

—No se preocupe —le respondo mientras paso por un lado de él—, soy bastante escurridizo cuando me lo propongo.

—Si tú lo dices… por cierto, cuando agarres tu botín, comparte un poco con este viejo indigente. No he podido comer nada bueno últimamente.

—Claro, siempre y cuando mantenga como nuestro secreto esta entrada.

—Por eso no hay problema muchacho, aparte hoy tengo un buen presentimiento para ti. Te irá bien, te lo aseguro.

Por alguna razón, las predicciones del viejo en el callejón nunca fallan. Así que, un poco más optimista, me encamino por la cera.

A unas cuantas cuadras dentro de la ciudad, la banqueta comienza a llenarse de personas, porque a esta hora es cuando los ciudadanos van a sus trabajos designados. O sea, el momento perfecto para mezclarse entre la multitud.

Paso inadvertido fácilmente entre la gente, pues mi apariencia no destaca en lo absoluto; mi rostro es de barbilla afilada con una apariencia que las personas describen como “delicada”, no ruda e intimidante como me gustaría. Tengo piel clara, unos ojos de un tono marrón oscuro y cabello negro corto.

También, al ser delgado, así como medir tan solo un poco más del metro sesenta, tiendo a ser confundido con un mocoso inofensivo de unos dieciséis años. Eso es conveniente para mí, pero ni siquiera soy tan joven, bueno, en realidad, desconozco cuántos años tengo. Según calculamos, debo andar por los veintes, por ello, mantengo la esperanza de en unos años verme por fin como un adulto.

Por otro lado, mi ropa es tan simple como yo: chamarra negra, con gorro y bolsa de canguro, un cómodo pants a juego, tenis deportivos blancos, y por último pero no menos importante mi amada maleta. Siempre cargo esta belleza a todos lados con su sola correa al hombro, es donde guardo la mayoría de mis cosas, así como también donde terminará el botín de esta mañana.

Sin embargo, esta zona no es buena para robar. La gente por lo general es de escasos recursos aquí, si los despojo, quizá deje sin cenar a alguien. Eso me haría sentir muy culpable.

Ya pasado un rato por fin alcanzo un deslizador público en una parada, no puedo subir claro está, para eso se necesita tanto una tarjeta de trabajo como dinero. Pero yo, como muchos otros, viajo por fuera del vehículo de pasajeros, tomado de unos barandales metálicos.

La velocidad hace al viento golpearme con fuerza, está frío. Veo el vapor salir de mi boca a cada respiración y también de las alcantarillas cercanas. Siempre ha helado bastante en el invierno de mi país, pero este es en especial duro.

Bajo del deslizador público al llegar a una terminal en el final de un cuadrante urbano, a la espera de tomar un segundo transporte. No obstante, cuando doy unos pasos en la parada, siento como el corazón comienza a latirme más rápido; hay a alguien detrás de mí. Está cerca, rozando mi hombro. Es escalofriante.  

—No pude resistir el venirte a saludar  —escucho, su voz calmada se desliza en un susurro hasta mis oídos—, suerte amigo. El plan inicia aquí.

Me volteo de inmediato, pero ya no hay nadie. La gente en la estación camina como si nada. Giro la cabeza para todos lados, buscando a esa persona, pero parece haberse esfumado. No tiene sentido, en definitiva, aunque ese instante casi parecía una especie de transe, fue real, estoy seguro.

Pero, cuando aún miro entre la gente, logro notar algo que me roba la atención de inmediato. Está a la distancia, desde el final de una calle con cuatro carriles frente a la parada. Entre abro los ojos para poder enfocarlo mejor, al parecer es una gran fumarola oscura, y a cada segundo, está haciéndose más grande.

—¿Se está moviendo? —me pregunto.

De un momento a otro, puedo ver emerger al causante del humo: es un deslizador de carga. Mis párpados se expanden de la impresión. La enorme mole de metal está cubierta en su mayoría por una inmensa llamarada proveniente de su cofre, y, arrastrando un contenedor gigante, avanza desbocado en dirección a esta terminal.

Un holograma rojizo aparece delante del vehículo con la leyenda de “¡PELIGRO!”, junto a un pitido constante de claxon. Entonces el pánico es desatado como una ola entre los peatones en la parada. Todos, desesperados, corren de la zona del impacto. Yo me uno a ellos también, pues mi cerebro le ordena a las piernas correr por mero reflejo.

Tan solo unos instantes después…

—¡¡¡Crack!!!

Hay una explosión y siento la onda de choque arrojarme al suelo con fuerza. A mi alrededor, puedo escuchar un crepitar, como una lluvia repentina y fugaz, pero de pequeños fragmentos de escombro.

Me levanto tan rápido como puedo, estoy aturdido y con un zumbido resonando en mi cabeza. Volteo a mí alrededor, por fortuna, al parecer nadie ha resultado herido, sino al contrario: ya están aprovechando la oportunidad para vaciar el carguero.

«Estos tipos no pierden el tiempo», pienso impresionado.

Yo también corro al vehículo accidentado, el cual, solo tiene la parte frontal enterrada en el edificio donde chocó. Necesito darme prisa o no alcanzaré nada.

Al llegar, veo que las puertas traseras de la enorme caja de carga están caídas; las personas aprovechan eso para entrar lo más rápido posible. No es de extrañarse, después de todo, ver a un carguero automático accidentarse es una oportunidad en un millón.  

Dentro del contenedor, me espera un corredor con piso metálico, lleno de cubos plásticos y cajas de cartón, todo apilado hasta pegar contra paredes laminadas con relieve. Lo más increíble de todo esto, es el reluciente símbolo de Ciudad Celestial impreso en cada cosa en color dorado. Esto no es solo una oportunidad en un millón, sino una verdadera mina de oro.

Camino entre las personas saqueando cuanto pueden a toda velocidad, ni siquiera se molestan en revisar que hay dentro de las cajas. Cuando yo miro el interior de una, veo cosas carísimas: cilindros contenedores de energía, cristales informáticos y otra tonelada de artefactos extraños los cuales no logro identificar con exactitud, pero mi hermana seguro babearía por ellos.

Esto es una buena señal, porque si esto está en la entrada, debe haber algo mucho mejor en la parte trasera. Con esa idea en la mente, avanzo rumbo al final del corredor, donde nadie más se ha atrevido a ir todavía. Ahí doy con algo asombroso: hay una pila amarrada de arcas de comida pegada a la pared del fondo.

«¡Sabía que tenía razón!», pienso mientras esbozo una gran sonrisa, luego, corro hacia las arcas, y con cuidado, quito el cincho sujetándolas.

Tan solo uno de esos pequeños recuadros de metal, cabe perfecto en mi bolsa. Pero antes de poder tomar algo, siento una sacudida. El lugar comienza a inclinarse.

¿¡Están remolcando el contenedor?!, imposible, es demasiado rápido para eso. Otra sacudida hace temblar el lugar de manera brusca otra vez, entonces, la caja trasera del carguero, comienza a elevarse del suelo conmigo adentro. Eso, para mi desgracia, confirma la descabellada teoría.

Las arcas de comida caen al suelo, me apresuro a meter una en mi maleta, luego, sin pensarlo dos veces, corro a la salida. Mientras esquivo cajas, salto algunos cubos e intento no caer, el lugar está inclinándose cada vez más. En los metros finales, puedo ver los últimos pisos de un edificio del otro lado de las puertas metálicas, entonces, decido dejarme caer, y como si fuera un tobogán avanzo sentado por el suelo.

De un momento a otro salgo del contenedor. Ahora me encuentro agitando mi cuerpo en pleno vuelo, en medio de algunos otros cachivaches que caen conmigo. Voy directo a la azotea del enorme rascacielos.

Caigo al duro piso con un hombro, y ruedo para amortiguar el intenso impacto hasta terminar al borde del vacío. Me levanto poco a poco, jadeando, bastante agradecido por salir a tiempo de esa enorme caja de metal, entonces, alzo la mirada, solo para terminar observando lo impresionante que se ve Ciudad Media desde aquí.

No puedo ver el final de la metrópoli, los engranes gigantes entre sus calles, relucen un color cromo y reflejan la luz del sol. Hay abundantes rascacielos agrupados por secciones, pero aun lado de esos cuadrantes urbanos, puedo ver enormes campos de cultivo también. Son como losas gigantescas puestas de forma artesanal, donde millones de personas trabajan apoyadas por máquinas industriales.

Por otro lado, en el cielo, por encima de las nubes, puedo ver las enormes ondas color turquesa surcando el firmamento. Siempre cuando alguien voltea a ver el vasto cielo azul, puede verlas, están ahí, recordándonos la existencia de ese enorme campo de energía. Gracias a él, el aire tóxico, el sol quemante y los peligros del exterior, no pueden dañar a los habitantes de Cainviz: uno de los últimos cinco países generadores del mundo después de La Gran Catástrofe.

Ya descansado, voy hacia el otro lado de la azotea, y bajo la mirada hacia la escena del choque al pie del edificio. Sin el contenedor, las personas comienzan irse de inmediato. Desde aquí parecen pequeñas hormigas, si tiro un escupitajo, creo que podría matar a alguien.

—Mejor no arriesgarse —digo para mí, tragando saliva.

Pero de la nada, aparecen decenas de tropas del ejército, y rodean a las personas en segundos. Es demasiado rara la presencia de tantos militares, en especial por un simple cargamento de provisiones.

Permanecer aquí es peligroso, así que comienzo a analizar la zona con mi vista. Ubico las vías del tren a unas dieciséis cuadras al norte. No obstante, antes de planear una ruta de escape, una sombra me cubre de repente.  

Acompañado por el sonido de sus turbinas y sacudiendo el aire, un gran aerodeslizador está saliendo de su invisibilidad justo por encima de mí.

—Este es el ejército de Cainviz —anuncia una voz ensordecedora desde la máquina voladora, a su vez unos reflectores me apuntan—, está arrestado bajo el delito de robo a Ciudad Celestial, ¡no se mueva, o será abatido!

Me quedo quieto, intimidado por la colosal nave de color gris que parece eclipsar el cielo entero, y también por las ametralladoras laterales apuntando hacia a mí. Es un aerodeslizador de élite, esos únicamente los había visto de lejos, pues solo están en las misiones de más alta importancia dentro del ejército de la cancillería.

Esto es malo, muy malo. ¿Qué rayos traía ese contenedor?

Capítulo 2 – A bordo

Cuando estás al pie de algo enorme y volteas hacia arriba, sientes un pesar en el estómago, eso es molesto para algunos e inevitable para casi todos. Pero para mí, enfrente de ese aerodeslizador gigantesco aparecido de la nada, esa sensación se manifiesta especialmente fuerte en mis entrañas.

Entrecierro los ojos, pues el aire, helado e impulsado por los motores, me golpea con fuerza. Pero no muevo las manos para taparme la cara, no señor, cuando esos tipos dicen “no te muevas” lo dicen muy en serio.

La máquina voladora desciende lento hacia mí, hasta el punto de ponerse a algunos metros sobre la azotea, entonces abre su gruesa rampa de abordaje. De esa abertura una serie de cuerdas tensadas son desplegadas como grandes lanzas negras, y de ellas, un pequeño grupo de 3 militares desciende en instantes.

—¡Pon las manos donde pueda verlas! —grita uno de los soldados con traje táctico negro, casco con el símbolo de Ciudad Celestial así como una gran ametralladora de plomo.

—¡Hola, buenos días! —contesto, trato de alzar la voz sobre el ruido de las turbinas—, ¡Estaba contemplando el paisaje cuando esta lluvia de cosas cayó de la nada!

El soldado se acerca y, con su mano libre, abre la bolsa grande de mi mochila. El arca de comida robada queda a la vista de los dos.

—Sí, el paisaje, por supuesto, todos ustedes son iguales, una bola de ladrones —el hombre se da media vuelta, después, ordena con un tono más grave:—, ¡procésenlo!

Los otros dos militares se acercan sin decir palabra alguna. Uno de ellos me propina un fuerte puñetazo en el abdomen.

—Eso… no era necesario —opino con voz ahogada.

Aún retorcido por el golpe repentino, siento cómo se llevan la maleta de forma brusca para después tomar mis brazos, ponerlos detrás de mi espalda y esposarlos. Apenas puedo exhalar aire otra vez, uno de los soldados me levanta en sus hombros como si fuera peso muerto.

Conmigo a cuestas, trotan hasta las cuerdas debajo de la rampa de esa inmensa nave. Logro escuchar el crujir de los arneses cuando estos son embonados en la parte frontal de los uniformes negros, luego, siento el cuerpo tan ligero como una pluma solo para sentir un fuerte tirón después.

El soldado encargado de sujetarme, aprieta mi cuerpo con sus brazos mientras volamos por los aires. En tan solo un impulso, aterrizamos en la rampa de acceso.

En cuanto vuelvo a sentir el cuerpo pesado me dejan caer sin tener apenas cuidado, y como tengo las manos sujetas, solo puedo cerrar los ojos para recibir el abrazo del frío suelo de metal.

—¡Levántate! —me ordena el tipo que me quitó la bolsa tirando de mi hombro.

Tras un corto esfuerzo logro ponerme de pie, y al alzar la vista, veo impresionado el enorme hangar delante de mí: hay algunos vehículos estacionados en fila, contenedores apilados en las paredes de los lados tan grandes como el del deslizador de carga accidentado, así como tantas cosas ordenadas en diferentes repisas gruesas que apenas si puedo ver a través de los pasillos entre ellas. Además, los sonidos de metal siendo golpeado, cadenas moviéndose y gente gritando, me dicen que este lugar está repleto de personas.

El grupo de soldados decide separarse: uno permanece conmigo, los demás caminan con mi preciada bolsa hasta desaparecer a la distancia.

—¡Avanza! —ordena el militar al tiempo que me da un empujón con la culata de su arma.

Esto está cada vez más feo. Separarme de mis cosas será un gran problema, en especial en una nave tan grande. Aunque por otro lado, mamá siempre lo dijo: “la información del entorno es clave”, por lo tanto, a cada paso muevo los ojos disimuladamente viendo cuanto pueda, nunca se sabe que podría serte de utilidad.

El sitio tiene una serie de puentes metálicos en una especie de segundo piso, la gente va y viene por ahí; noto también a otras personas en mi nivel, estás caminan entre algunos pasillos llevando todo tipo de materiales; e incluso observo un pequeño espacio para minideslizadores, con todo y su propio centro de carga.

Luego de caminar un poco, llegamos hasta una pequeña puerta corrediza y, al pasarla, estoy en un pasillo mucho más tranquilo a comparación del almacén. La ruta siguiente es tan repetitiva como reveladora del intrincado diseño de esta nave: hay pasillos, tras pasillos, tras puertas y más puertas. Esto bien podría ser un laberinto para cualquiera que estuviera aquí por primera vez.

Después de subir a un elevador, y caminar por una gran sala en donde miro varias cajas de suministros apiladas, nos encontramos una puerta negra al final de un pasillo algo oscuro, reforzada con un grueso marco de metal remachado. A su lado, un enorme guardia está sentado en un banquillo.

No es difícil saber de qué lugar se trata, basta con ver la pequeña abertura abarrotada en la parte superior de la puerta, para saber que ese lugar es la celda de la nave.

Soy entregado al guardia, el cual, imitando la amabilidad de sus compañeros, me arroja dentro de la celda con una buena patada en el trasero. Doy un quejido al caer de cara contra el piso, luego, la puerta de metal detrás de mí se cierra de golpe.

En cuanto puedo giro como si fuera un bote para quedar bocarriba. La posición es un tanto dolorosa debido a las esposas, pero es mejor que estar besando ese suelo con manchas de sabe qué esparcidas por ahí. Entonces, comienzo a escuchar el cuchicheo del resto de personas encerradas conmigo:

—Otro con mala suerte —dice un tipo, negando con la cabeza.

—Se mira muy jovencito —agrega una mujer—, demasiado como para ir a la prisión de Ciudad Media.

—No iremos ahí —argumenta un hombre de mediana edad, con su traje de jornalero y su mirada perdida—, ¿no escuchaste los cargos?

El golpe de un tipo con pelo negro y ojos marrones nos llama la atención a varios. —¡Robarle a Ciudad Celestial! —dice, para darle otro golpe a la pared—, nos llevaran a una prisión de máxima seguridad. Nos harán trizas allí.

—No puede ser, no puede ser, ¡no puede ser! —un tipo en la esquina está acurrucado en posición fetal—, tengo una familia y dos hijos —se toma la cabeza con ambas manos, su rostro refleja una gran desesperación—. ¿¡Qué se supone que harán cuando yo no regresé a casa esta noche!?

—No se preocupen —digo, mientras, cual gusano, trato de pararme del suelo—, yo los puedo sacar a todos de aquí.

Cuando por fin puedo ponerme de pie, noto a todos mirándome, algunos están enojados, otros confundidos, los restantes me miran con desconfianza, pero ninguno habla. Es como si esas palabras las hubiera dicho a un cuarto vacío.

—No digas estupideces mocoso —un anciano fornido vestido con overol por fin rompe el silencio—. ¿Cómo planeas hacer eso en primer lugar? ¿Saldrás por esa puerta, vencerás a todos esos soldados armados, para luego pedirles amablemente que aterricen esta mole voladora en algún punto de la ciudad? Mejor siéntate, y reza porque las personas que te toquen en tu celda sean gentiles contigo cuando quieran propasarse.

El viejo de barba prominente, así como unas manos encalladas por el duro trabajo de campo sujetas por esposas color cromo, escupe con desprecio en el suelo entre él y yo. Después, regresa a sentarse en un extremo del pequeño cuarto sin ventanas.

Todos vuelven a encerrarse en sus pensamientos, al parecer, las palabras del anciano tienen un efecto deprimente en el grupo variopinto de presos. Estos no son ladrones, o criminales sin escrúpulos, son personas de familia, la mayoría jóvenes. Hasta hace unos momentos, de seguro pensaban que era un buen día debido a todas las pesetas aseguradas en sus bolsillos, producto de ese botín gratis del deslizador de carga accidentado, pero ahora tienen miedo, se ve en sus caras consternadas, es como si quisieran que esto sea simplemente un terrible sueño.

Por suerte, les tocó ser encerrados conmigo.

Mis esposas, al caer al suelo, resuenan como una pequeña campana metálica en el cuarto. Todos voltean a ver al instante, pero se mantienen expectantes, cayados al punto que puedo escuchar, con suma facilidad, los huesos dislocados de mi muñeca izquierda cuando los regreso a su lugar.

Comienzo a revisarme el gorro de mi chamarra hasta sacar un pequeño alfiler plateado (adoro no ser revisado cuando soy arrestado). Voy al frente de la gran puerta negra, pero aquí el primer problema llega: soy muy bajito. Trato de saltar para poder estar al nivel de la pequeña abertura abarrotada en la puerta, pero no logro mantenerme lo suficiente como quisiera.

Mientras pienso en alguna solución, siento un pequeño jalón en mi pants. Hay un chico tratando de llamar mi atención con timidez. El tipo es, aparte de mí, el de apariencia más joven en el cuarto, lo cual se realza por su traje de cartero varias tallas por encima de la suya; tiene cabello negro, piel pálida, unos ojos un tanto rojos por haber estado llorando y una pequeña nariz achatada.

—Si tienes un plan —dice respirando fuerte con la nariz—, cuenta conmigo.

—Genial —respondo alegre—, tengo el trabajo perfecto para ti.

Unos momentos después, estoy asomando la cara por la ventanilla mientras grito: —¡Guardia! ¡Guardia! —es fácil ahora por tener a mi nuevo ayudante sirviendo de escalón.

—¿Estás seguro de que esto funcionará? —pregunta el chico desde abajo.

—Por supuesto, tú confía en mí.

Permanezco por unos minutos tratando de llamar la atención del guardia, no obstante, el soldado no se para del banquillo, en lugar de eso me ordena callar desde su lugar. Hasta que, en un punto, por fin le colmo la paciencia.

—¡Ya es suficiente! —el hombre se para y camina hasta ponerse del otro lado de la pequeña reja—, ¡Si no te callas y te sientas en este mismo instante, te voy a romper la bo…

El tipo para de hablar en seco, luego, lleva su mano hasta la aguja que le he encajado justo a la mitad de la frente. Una pequeña gota de sangre recorre el espacio entre sus dos ojos desorbitados, y sigue hasta colgar de la punta de su nariz ganchuda; es tan roja como el color de su rostro lleno de ira.

—¡Estás muerto! —grita el guardia, luego, desenfunda una vara de electrochoques de su cintura. El arma, un bastón de color negro, comienza a soltar chispas azules junto a un sonido chillante.

Bajo de la espalda de mi ayudante, el cual, apenas puede, corre al fondo de la habitación con el resto de los prisioneros.

El militar abre la puerta como si quisiera arrancarla, —¡Ahora estás muy callado!, ¿¡eh!? —inundado en ira, da un paso largo al frente y, sin piedad alguna, levanta su arma de electricidad.

Cuando peleas contra un oponente, tomas en cuenta variantes como el peso, la fuerza, el entrenamiento, entre otros factores. Todo ese tipo de cosas nos hacen sentir confiados cuando peleamos contra un enemigo al parecer fácil de vencer, o por el contrario, nos hacen temer a un rival que parece invencible.

Solo con ver al guardia y a mí, la gente de la celda decide un ganador al instante, eso lo puedo apostar. Tal vez algunos, los más delicados, desvían la mirada al no querer ver como me dan literalmente una paliza. No obstante, en el momento que apartan la vista, deciden no ser testigos de lo improbable.

El oficial solo golpea aire. —¡Clack! —la vara eléctrica choca contra el suelo. Los ojos de ira del gran hombre cambian a unos de impresión, eso lo entiendo a la perfección. Digo, yo estaría igual si en lugar de ver a ese pequeño chico retorciéndose de dolor en el suelo frente a mí, como se supone debía pasar, lo viera invadiendo mi espacio personal, tan cerca hasta el punto de poder escuchar su respiración.

Lo golpeo con la rodilla, justo en la boca de su estómago. La potencia del impacto lo hace dar un quejido ahogado, soltar la vara, e incluso ponerse sobre sus puntas por unos instantes; la diferencia de pesos no es un problema para mí.

El enorme soldado se pone sobre sus rodillas, un poco de baba le cae de la boca jadeante y desesperada por cada bocanada de aire. Entonces, antes de que algo más ocurra, le pego con mi palma abierta en la parte trasera de su cuello, dejándolo inconsciente al instante. El cuerpo desmayado del militar termina por recargarse en mí. La pelea no ha durado más de siete segundos.

—Que duermas bien —susurro mientras que, con cuidado, recuesto al hombre inconsciente en el suelo de la celda. Apenas puedo, empiezo a registrarlo.

—¿Qué demonios… acaba de pasar? —pregunta el anciano entre en medio del grupo estupefacto.

—Aquí tienes compañero —digo al tiempo que lanzo las llaves del guardia hacia mi cartero ayudante—, tu premio por ayudarme.

El chico reacciona justo a tiempo para recibir las llaves entre sus manos esposadas, y mientras se apresura a liberarse, una enorme sonrisa adorna su rostro.

Yo por mi parte, tomo la vara de electrochoques para ponérmela detrás sujetándola con el elástico del pants. Luego, me dispongo a caminar hacia la salida, directo al gran pasillo oscuro.

Ando a hurtadillas hasta el final del corredor, estando ahí, asomo mi cara lo suficiente por el filo de la esquina como para apreciar la bodega de suministros vacía, entonces, siento un jalón tímido otra vez, aunque ahora en la chamarra. Volteo solo para encontrarme con todos los prisioneros detrás de mi cartero ayudante, ya había varios liberados de sus esposas y seguían rolando la llave.

—Parece que no eres pura lengua niño —dijo el anciano ya con una expresión más optimista—, te seguimos, ¿cuál es el plan?

Luego de las palabras del viejo, la mayoría de los habitantes de Ciudad Media me voltean a ver, decididos, atentos más que nunca a mis palabras.

La fuga ha comenzado.

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