La interesante vida mágica de Liza Marina (Novela ligera)

Sinopsis

¿Es la magia aquello que le pondría la chispa a nuestra vida?

No me refiero al hecho de de sacar conejos del sombrero, partir a alguien hipotéticamente con un sierra o sacar un ramo de flores de la manga. Me refiero a algo sobrenatural, torcer las leyes de la física, cambiar la realidad, crear materia o tal vez desaparecer.

Para Liza, quien es una estudiante prodigio de magia, un tanto excéntrica y una adicta a aprender algo nuevo todo el tiempo, esto le fascina. Junto a su mejores amigos, se mete en todo tipo de líos y situaciones imposibles en la prestigiosa escuela de magia Pálvery.

Échale un vistazo a su día a día y descubre que a veces la magia no te darìa esa “chispa” si no tuvieras amigos para compartirla. Y quién sabe, tal vez te encuentres algo màs por ahì.

Prólogo

«Por el simple amor a la escritura», sin duda esa es una de mis más grandes razones para teclear en mi ordenador y poner cuanta cosa me salga de la mente (aunque algunas de esas cosas la verdad espero que no salgan de ahí). Pero siendo apenas un escritor novato, el sueño de compartir mis escritos con el mundo no tiene mucho de haberse iniciado, y lo que puedo decir con seguridad es que escribir tiende a ponerse… ¡MUY PESADO!

Desde las revisiones ortográficas minuciosas, pasando por acortar tiempo de otras actividades, hasta editar la historia para presentarla lo mejor posible, y aterrizando en las modificaciones luego de la edición. La verdad no tenía idea de todo el trabajo que se llevaba hacer un libro hasta que lo intenté, ¡y casi muero luego del capítulo dos!

Pero honestamente, luego de tanto esfuerzo, es genial ver tu obra ya terminada. Observarla partir al mundo como un hijo que ya se ha hecho independiente y… Na*, creo que ya me puse muy sentimental.

Mi punto es que escribir tarda demasiado, al menos en mi caso. No obstante, si eres un genio que tiene un libro en una semana, con una ortografía y gramática perfecta, solo para imprimirse en una editorial; desde aquí te mando mi más oscuro resentimiento y envidia (favor agrega unas risas malvadas de fondo).

Por otro lado, si eres una persona normal, que para acabar una buena novela te toma meses y revisar y editarla otros tantos meses más… Bueno, comprenderás de mejor forma este prólogo.

Quiero escribir algo que sea rápido y sencillo para siempre mantener actualizado mi perfil en internet y que este rincón del ciberespacio se sienta como algo más vivo, más dinámico. Aquí es donde entra este libro, que prácticamente salió de la nada.

Esta historia está en formato “ligero”, eso quiere decir que los capítulos te los puedes leer en cinco o siete minutos, están compuestos de una prosa muy básica y apenas si tiran adjetivos. Son ese mi respiro y mi forma de poder pasar el rato.

Y espero poder hacerte pasar un buen rato a ti también.

No entres buscando la historia más compleja o los personajes más profundos, pero si solo te quieres dar una distracción de unos minutos y tal vez sacar unas risas, este es el lugar correcto.

Atentamente: Un Simple Escritor

 

Capítulo 1 – Atajos peligrosos

 

Una mañana, en la enorme biblioteca de la escuela, mi vida comenzó a ponerse más extraña de lo normal.

—Oye, ¿y si lo intentamos?

Marcos me lanzó una mirada retadora, incitándome a acceder con la mera expresión de su rostro. A mí no me gustaba para nada su idea; sí, no había nadie mirando, y sí, puedo decir que… yo también quería (?). Pero ni hablar, no estaba bien.

—La clase que tenemos es “Artes sanadoras”, con el profe Clemente —le contesté, poniendo la misma mirada retadora—. Si él nos descubre haciendo magia prohibida, terminará jugando a los murciélagos con nosotros.

Aunque el nombre del juego sonara gracioso, en realidad correspondía al castigo favorito de ese profesor, que básicamente consistía en colgarte de cabeza en el techo del salón con un hechizo especial. En palabras de ese calvo loco: «¡Si la sangre llega más rápido a sus cerebros, podrán tomar mejor la clase!». Me hubiera gustado saber quién le enseñó neurología.

—Vamos, sé que quieres —me picaba el hombro, insistente—. Aparte, de no hacerlo, llegaremos tarde, y la “señorita perfección” tendrá un retardo en su récord inmaculado de asistencia, o quién sabe… ¡tal vez una falta!

«Falta…», esa palabra resonó en mi mente con un eco prolongado al tiempo que un escalofrío me recorría la espalda. Ni siquiera cuando tenía 36 de temperatura, un insomnio de muerte y la nariz goteante como grifo mal cerrado, perdí una clase.

—Lo haré —repliqué sin pensarlo un segundo más—, pero aún no puedo creer que nos hayamos perdido en la biblioteca.

Saqué la varita de la funda que llevaba en el cinturón y tomé aire con calma. Mi concentración tenía que ser absoluta para un hechizo tan complicado.

En completa serenidad, comencé a conjurar:

—¡BREACAPONT!

Agité la varita con gracia en dirección a la pared de la biblioteca, entonces, los bloques de mármol comenzaron a moverse. Mi magia los forzó a intercalarse hasta construir una puerta.

—¡Oh! —exclamó Marcos—, en serio lo lograste.

—Ja, ¿dudabas de mí?

Hacer ese conjuro era muy difícil, solo lo había logrado dos veces contando esa. Pero al ver que pude generar la puerta sin problemas, me confié, pues creí que ya le había pillado el truco; supongo que ese fue un grave error.

Mi sonrisa presumida duró hasta que nos atrevimos a cruzar la puerta. Ese hechizo estaba pensado para unir dos lugares por medio de una conexión dimensional, pero en vez de llevarnos a un armario al lado de nuestro salón como tenía pensado, nos dejó en medio de un raro pantano rodeado de neblina. Cuando nos quisimos dar la vuelta para regresar a toda prisa, la puerta se cerró de golpe y desapareció al instante.

—Ah, rayos, esto se ve feo.

—¡Y que lo digas! ¡Ahora definitivamente me pondrán un retardo!

—¿En serio eso lo que te preocupa? Quiero decir, solo mira este lugar, quién sabe dónde estemos o qué criaturas mágicas haya aquí.

—Marcos, Marcos, no seas gallina. No hay forma de que algo en este pequeño pantano pued…

Paré de hablar en seco, o más bien, en mojado. Había algo pegajoso y húmedo, no sabía que era, pero estaba alrededor de mi pantorrilla, después comenzó a deslizarse lentamente por la pierna, generando una sensación en extremo escalofriante.

—Mar-co… —algo cortó mi voz quebradiza jalándome hacia arriba de golpe—, ¡¡¡Aaaahh!!!

De entre la neblina, una planta gigante hecha de grandes hojas verde oscuro había emergido. Con una de sus largas lianas me sujetaba del tobillo y soltaba un especie de gel pegajoso. Esa cosa babosa deslizándose desde mis calcetas hasta impregnar toda mi ropa, era muy repugnante, además, en algún punto de todo el escándalo, había perdido la varita.

—¡Ayúdame! —al estar de cabeza mi falda se levantó, de inmediato traté de ponerla en su lugar, pero por más que trataba no podía cubrirme del todo—, ¡pero no mires!

—¿¡Y cómo supones que voy a hacer eso!?

—¡Solo haz algo con un demonio!

—¡FLOGOSU!

Una enorme llamarada brotó de la varita de Marcos. La planta lanzó un chillido, ¡para luego arrojarme!

Volé por los aires gritando como loca y llena de baba viscosa. Marcos corrió para tratar de atraparme, pero yo, invadida por el pánico, hice algo muy extraño, que daría inicio a toda la aventura.

—¡BREACAPONT!

De mis manos salió un pequeño chispazo, entonces en el suelo una puerta apareció. Ambos caímos por ella.

—¡Fue increíble! —grité de emoción, encima de Marcos—, ¿viste eso? ¡HICE MAGIA! ¡SIN VARITA!

—Ejem —exclamó alguien detrás de nosotros.

Al voltear hacia el ruido, mi cara de emoción fue remplazada de golpe por una de terror. Por lo visto, el hechizo nos había traído frente al pizarrón del salón de clases. El profesor Clemente, ese calvo de túnica morada, estaba embarrado de la misma sustancia gelatinosa cubriéndome, y nos miraba indignado con un tic nervioso en uno de sus párpados.

—Espero que tengan una buena explicación para esto —dijo severo, mientras desenfundaba su varita—, o de lo contrario, jugarán a los murciélagos.

Gracias a Marcos y a su fabulosa idea estuvimos colgados toda esa clase. Tomar apuntes bocarriba era mucho más difícil, pero al menos no me pusieron falta.

 

Capítulo 2 – La Foto

 

—¿Qué haces en el baño de chicas y con una cámara? —pregunté con mi voz seria y desprovista de emociones. Había encontrado a Marcos en un cubículo del baño. Mi respeto por él, que de por sí ya era poco, disminuía a cada segundo.

—¡Ey! ¡Ey! Tranquila. En primer lugar, el baño del tercer piso es mixto, y en cuanto esta cámara… ¡es para esto!

El aparato infernal apuntó directo a mi rostro, pero para cuando el flash detonó, yo ya había cerrado la puerta.

—Eres rápida, ratona de biblioteca.

—Nunca subestimes mis reflejos, pero, ¿por qué quieres tomarme una foto tan de repente?

—Es una misión. La directora Olga me dijo que no tienes foto en tu carnet escolar, lo cual no me lo explico yo tampoco, ¿por qué esa fobia a las cámaras?

—Es que… no soy fotogénica.       

—¡Oh! Por favor, Liza, no puede ser tan malo.

Me agaché y por debajo de la puerta del cubículo, le mostré el intento fallido de una selfie en la pantalla de mi celular.

—¡Oh dios! ¿¡quién es esta!?

—Te lo dije…

—No, es que esto no lo puedes contar, hay que verlo para creerlo. Si pareces una psicópata en potencia con esa cara.

—Ya no —le repliqué con una espinita de dolor, luego, regresé el celular a la bolsa de mi falda.

—Lo siento, pero igual te tengo que tomar la foto, o de lo contrario, la escuela estará en problemas.

En ese momento, sentí el reto tocando a la puerta.

—Muchos lo han intentado —puse la voz más siniestra que pudiera generar—, pero nadie lo ha logrado, incluso algunos no han sobrevivido. ¡Soy infotografiable!

—La directora lo sabe, así que decidió aprovechar la oportunidad.

—¿La oportunidad?

—Sí, ya sabes, tú por el momento no tienes varita, ¡pero yo sí! ¡WINGARDI (censurado por derecho de autor) VIOSA!

Reconocí de inmediato el hechizo. Básico, pero muy útil; te permitía hacer levitar cosas pequeñas, como plumas, hojas, libros, o en ese caso… ¡la cámara!

Salí del baño a toda velocidad, haciendo chirriar mis zapatos negros por los pasillos de la escuela. Detrás de mí, ese aparato proveniente del mismísimo infierno me perseguía comandado por el hechizo de levitación. Lo que no me explicaba en ese momento, era cómo le hacía para seguirme con tanta precisión, luego me enteraría de que esa cámara estaba conectada al celular de Marcos (¡maldita tecnología!).

—¡Muévanse! ¡A un lado! ¡Una cámara flotante me está acosando!

Los estudiantes me sacaban la vuelta, los que no podían, los esquivaba en el acto. En aquella hora de descanso, el personal de la escuela tenía junta, así que no me preocupaba por un reporte al correr en los pasillos. Pero saliendo de una curva cerrada, crucé caminos de golpe con Alin, una amiga. No pude esquivarla, ni ella a mí.

Yo era una chica más alta y robusta que el promedio de mi clase, en cambio, Alin, era la más bajita de la escuela (y por mucho). El que yo chocara con ella, sería el equivalente a arrollar un conejito con un tráiler, así que con todas mis fuerzas, traté de frenar de golpe dejando una línea negra de la suela mis zapatos en el suelo. Por fortuna logré parar a centímetros de ella.

—Ehm… hola Liza. —su voz era tan tímida como siempre—, ¿pasa algo malo?

—Alin, lo siento pero…

—¿¡Eh!?

La cámara logró alcanzarme debido a ese encuentro inesperado. Pero antes de que la ráfaga de flashes llegara de varios ángulos, tomé a la pequeña Alin y la usé como escudo.

—¡Hua, hua, hua, me estoy mareando!

Sentía como si agitara una muñeca de un lado para otro. Cuando la ráfaga finalizó la dejé de nuevo en el suelo. La pobre comenzó a caminar errante con sus manos al frente, como la parodia adorable de un zombi.

—¡Mis ojos, mis ojos! ¡No siento los ojos!

—¡Te lo compensaré, lo prometo! —grité, mientras corría a la distancia.

Seguí a toda velocidad por los pasillos hasta llegar a la intersección para bajar al segundo piso. La cámara me seguía pisando los talones, así que me deslicé por el barandal de los gigantescos escalones. Al caer en una plataforma intermedia, miré la cubeta del conserje a unos metros, era mi oportunidad.

Corrí hacia el recipiente amarillo, tomé el trapeador que tenía encima, y desde el suelo lo agité con fuerza directo hacía la cámara. El aparato salió arrojado hasta impactar contra las escaleras. Luego de rodar un rato, acabó en el suelo de la plataforma, tan húmedo como hecho pedazos. Entonces, mi móvil sonó.

—Vaya, veo que mataste a mi secuaz —Marco trataba de fingir una voz ronca de mafioso.

—Que puedo decir, al parecer “trapee el piso con él”. Supongo que yo gano esta vez.

—No cantes victoria todavía Marina, aún me quedan cientos.

Cortó la llamada luego de decir eso, supongo que fue para lo del dramatismo, no obstante, lo de “cientos”, era literal. Enserio, no recuerdo cuántas cámaras le destrocé en los tres días que siguieron.

En los salones de clases, en los patios, comedores, la biblioteca, debajo del mesabanco, incluso en la entrada de mi dormitorio. Debo reconocer que fue muy imaginativo para esconderlas y tratar de tomarme por sorpresa, pero al cuarto día…

—Me rindo. Admito que eres infotografiable —estaba a punto de reírme ante mi superioridad cuando sacó algo del bolsillo—, pero aquí tienes tu carnet.

Esa pequeña tarjeta permanecía entre sus dos manos frente a mí. La tomé incrédula, ¡ahí estaba una foto mía! Me tomó un segundo reconocerla, era la de mi celular.

—¿Cómo entraste a mis datos?

—Liza, tu contraseña es tu nombre pegado con un 01 al final.

—¡Sabía que tenía que usar la otra opción!

—¿Contraseña01?

—Cállate…

 

Capítulo 3 –  La Interrupción

 

La biblioteca de mi escuela, Pálvery, no era solo un lugar enorme, sino todo un mundo. Las repisas y libreros, se extendían kilómetros y kilómetros hacia un horizonte envuelto en oscuridad, como una suerte de pasillos laberínticos repletos de conocimiento. Un lugar que te haría sentir pequeño sin duda, pero como en cualquier recinto de lectura, el silencio era norma general.

Ese día sin embargo, la escuela estaba casi vacía, así que la quietud en la biblioteca rivalizaba con la de un cementerio; era el ambiente ideal para practicar. Y ahí estaba, en una concentración absoluta, con mi mano extendida hacia adelante y mirando fijamente un libro. Todo a mi alrededor poco a poco parecía sumergirse en la oscuridad, hasta que en el universo solo existía ese libro y yo.

Comencé a pronunciar el hechizo:

—WINGARDIU…

—¿¡Qué haces Liza!?

Casi se me sale el corazón del susto al escuchar ese grito detrás de mí. Pero de un momento a otro, el miedo repentino recorriéndome el cuerpo se transformó en ira, para luego materializarse en un golpe, que le asesté justo a la mitad del rostro a esa piedra en el zapato llamada Marcos.

—¡Ah! ¿¡Por qué estás aquí si no hay clases!?

—Lo mismo… te pregunto —respondió Marcos con voz ahogada. El pobre había terminado en el suelo con la nariz tan roja como la de un payaso. Tal vez me había pasado un po… na* olvídenlo, lo tenía bien merecido por asustarme el muy cabrón.

—Como si no lo supieras —contesté, cruzándome de brazos—. Yo vivo aquí.

—No me refiero a eso. Es sábado.

—¿Y?

—¿¡Y!? —el chico se levantó de inmediato—, Liza, ¿estás consciente de que los sábados fueron inventados para descansar de los estudios verdad? ¿¡Verdad!?

—Dudo mucho que eso sea cierto.

—Cierto o no, no es bueno estar todo el día estudiando. Envejecerás más rápido, te quedarás calva, usaras… ¡lentes de cerebrito!

—En primer lugar, pienso que las personas con lentes parecen más elegantes; en segundo lugar, no veo como los estudios están ligados a la vejez prematura o la alopecia; y en tercer lugar, no estaba estudiando.

En ese momento, la expresión de asombro que puso Marcos fue exagerada hasta el ridículo. Con los ojos desorbitados y las manos apretando las mejillas exclamó:

—¿¡Liza, en la biblioteca, sin estudiar!?

—Bueno, no estaba perdiendo el tiempo tampoco. Trataba de hacer levitar ese libro, como aquella vez cuando pude hacer un hechizo sin varita.

—Sé que eres un prodigio y toda la cosa, pero, hacer eso ¿no es algo así como imposible?

—Entonces ¿cómo explicas lo que pasó en el pantano?

—Tal vez fui yo. Ya sabes, como el héroe de la historia que en un momento de presión, logró descubrir un talento oculto y superespecial para salvar al mun…

—O tal vez solo eres un chico que mira mucho anime.

—Como sea. Igual sabía que estarías aquí de ermitaña, así que vine a invitarte a vivir. Tengo entradas para el cine, que dices, ¿vienes?

Estaba a punto de decirle un muy respetuoso y cortante “no”, pero el maldito jugó una carta infalible, la culpa.

»Por cierto —dijo con un tonito de voz suave y lento—, también invité a Alin. Me tomé la libertad de decirle que lo de la salida fue tu idea como disculpa por “usarla” la otra vez.

Se acercó con una mirada maliciosa y una gran sonrisa.

»Sabes, ella fue especialmente amable al decir que no era necesario, pero que le agradaba la idea de salir contigo el fin de semana. Con ese pequeño cuerpo que tiene y su carita de emoción, parecía una niña ilusionada.

Honestamente, para ese entonces ya había olvidado lo que le hice a Alin aquella vez, cuando la usé tal cual un escudo para cubrirme de las fotos; eso me hizo sentir como una mala persona… ¡ese chico siempre sabía dar en el clavo!

—¡Ah! Está bien —terminé rindiéndome como siempre ante sus artes de manipulación.

Nos fuimos luego de eso, pero, me hubiera gustado haberme quedado un poco más.

Si había una cosa que no me agradaba, esa era ser principiante en algo. Por aquella época apenas si estaba descubriendo ese poder, por eso me fui, pequé de novata. Al parecer cuando conjuraba solo medio hechizo, había un retraso en su activación. Si no hubiera salido de la biblioteca con Marcos esa tarde, hubiera visto no solo que fui capaz de mover el libro, sino un librero completo.

Al parecer, era capaz de hacer magia con las manos.

PD: Por cierto, la película sí estuvo buena.

 

Capítulo 4 – Misión de rescate

 

Caminaba por un rumbo incierto, la neblina no me dejaba ver mucho más allá de tres metros. Mis zapatos negros y calcetas que ya no eran blancas, rozaban con zacate mientras caminaba entre el lodo espeso.

—Recuérdeme —dije, alzando uno de mis zapatos envuelto en fango—, ¿por qué tengo que hacer esto?

La persona caminando enfrente de mí, respondió:

—Porque resulta que cierta alumnita mía, usó un hechizo prohibido para viajar hasta quién sabe dónde, y no contenta con eso perdió su varita. ¿Qué clase de tutora, y sobre todo directora sería yo, si no les enseño a mis estudiantes que tienen que hacerse responsables por sus actos?

Así es, la persona conmigo en medio del pantano un poco familiar, era nada más y nada menos que la directora de Pálvery, Olga Rumanák: una mujer alta, de apariencia joven, largo pelo castaño abultado y ojos grandes de un tono gris. Traía puesta una túnica azul marino sobre un vestido púrpura. La varita que empuñaba en la mano derecha era excepcionalmente vistosa, más larga que una ordinaria y provista de piedras preciosas en la empuñadura.

—Si ese es el caso —repliqué haciendo un puchero—, ¿por qué no me pone a hacer reportes o investigaciones extra? Como lo hizo con Marcos

—Porque mi objetivo es hacerte sufrir. Tú perteneces a ese raro grupo de jóvenes que disfruta estudiar, así que en lugar de eso, me ayudaras a recuperar tu varita, y luego, asistirás al conserje después de clases durante una semana. Que ya me enteré de tu sorprendente habilidad para agitar trapeadores también.

—Chismosos… —mascullé.

—¿Qué dijiste?

—Aaahhh… ¡qué hice mi investigación! Sobre la planta que vimos.

—Y bien, ¿qué descubriste?

Me sostuve el mentón, era una especie de costumbre cuando ponía mi cerebro a trabajar. En segundos, y con la mirada perdida, repasé lo más relevante de los volúmenes que había leído, hasta que por fin dije un pequeño resumen:

—Se llaman trampágolas, de la variante de las planteanvoser. Grandes plantas conscientes muy territoriales. Extraen nutrientes de seres vivos a través del líquido viscoso que segregan de sus lianas, del cual también son obtenidos varios remedios a enfermedades comunes. En el 90% de los casos viven solas y están en peligro de extinción. Aunque las hembras son mucho más agresivas y a diferencia de los machos su alimento es la sangre.

—Veo que hiciste tus deberes, aunque no es una sorpresa. Supongo entonces que sabes cómo me ayudaras.

—Debo suponer que usted la distraerá y yo… ¿buscaré la varita?

—Exacto, y espero que estés preparada, porque ya llegamos.

Frente a nosotros estaba una estaca roja marcando el lugar donde la directora encontró la planta, a varios kilómetros dentro del territorio prohibido detrás de la escuela conocido como “Las ruinas”. Nunca hubiera imaginado que la primera vez que entraría a ese lugar fuera por un castigo, pero igual, eso no le quitó lo genial.

—Después de este punto entraremos en el alcance de la trampágola.

La directora agitó su varita para dispersar la neblina unos cuantos metros, entonces, pude ver parte del cuerpo de la trampágola y varias lianas verdosas que sobresalían de las aguas del pantano, todas escurriendo ese agente viscoso.

«Qué asco», pensé de inmediato.

Luego del incidente con el profe Clemente, me tomó bastante limpiar mi uniforme y el olor no se fue del todo en días. Tan solo con pensar que volvería a arrastrarme por esa cosas, mi rostro puso una expresión de completo desagrado. Al parecer cuando la directora habló de sufrir, lo hizo en el sentido más literal de la palabra.

Tragué saliva antes de comenzar a caminar hacía enfrente, pero Olga me detuvo con el brazo.

—¡CHESTANALE!

La punta de la varita mágica empezó a brillar con un tono azul claro. La directora, tratándola como si fuera una batuta, comenzó a moverla de un lado para otro, curvas lentas y pronunciadas. De pronto, estaba escuchando una linda melodía de flauta saliendo de la nada. Pero no pude apreciar la música por mucho tiempo, ya que mi tutora me dio un golpecito en la espalda.

—Ve —dijo, sin dejar de balancear su herramienta mágica.

Ya espabilada, comencé a caminar entre las lianas. Se movían despacio, como serpientes hipnotizadas al son de la música. Luego de estar un tiempo desplazándome con cuidado y eventualmente llenarme de ese material viscoso, logré ver mi varita a unos cuantos metros de distancia.

Dejé escapar un suspiro aliviada, no creí que la encontrara tan rápido. Me acerque y moví algunas enredaderas con gusto para poder tomarla. Mi preciada varita, la tenía a tan solo unos centímetros de mis dedos, sin embargo, ahí fue cuando el problema llegó.

Si recuerdan, esas plantas estaban solas en un 90% de los casos, bueno, eso era porque en el 10% restante era cuando una hembra había soltado retoños. La madre se quedaba cerca de su pequeño hasta que este pudiera valerse por sí mismo, y pues, en lo que estaba caminando era un retoño.

No alcancé a tocar mi varita, en lugar de eso, sentí como me alejaron de ella jalándome de las piernas. Al principio solo fue un pequeño tirón, como si estuviera comprobando que habían pescado algo vivo. Mire hacia atrás e identifique una liana mucho más gruesa y oscura que las demás enrollada en mis piernas, un segundo después, di un grito mientras era arrastrada de golpe hacia densa niebla.

 

Capítulo 5 – Sangre y fuego

 

Lodo, agua y el raro agente viscoso de las enredaderas del retoño, me estaban cubriendo por todos lados. Incluso, en algunos gritos, terminé con un poco de esa mezcla en la boca (aún tiemblo del asco solo de pensar en eso).

No sabía cuánto había avanzado dentro del pantano, pero a juzgar que me sentía más como una planta llena de lodo que un ser humano, seguro fue una buena distancia. No obstante, en un punto, la liana arrastrándome comenzó a ir más despacio.

Pronto pude abrir los ojos. A mi alrededor, había grandes árboles con anchas raíces saliendo por encima de las aguas, la neblina era casi inexistente y ya no escuchaba la música de la directora.

Por un lado se podían ver una gran cantidad de lianas gruesas, similar a enormes serpientes de un tono verde oscuro, eso me hizo pasar saliva.

«¿Qué tan grande se supone que es la planta?», me pregunté, intimidada.

Segundos después, me empezaron a levantar. A varios metros del suelo, comencé a girar como peso muerto hasta poder observar una inmensa flor: su tallo verde oscuro, era tan robusto como cualquier tronco en las cercanías, y se extendía hasta llegar a unos enormes pétalos amarillos con toques de rojo. En el centro de la flor, había un capullo de color verde brillante en la base hasta llegar a un rosa pastel en la punta.

—Vaya, ¿qué tenemos aquí?

Giré la cabeza para todos lados, buscando a quien había hablado. Pensaba en recibir ayuda pronto.

—Acá abajo jovencita.

La segunda vez fue más fácil de identificar, aquella voz venía de la planta.

El capullo se abrió frente a mí, dejando ver una pequeña piscina de un material coloide y cristalino en su centro. Parecía una versión un poco más refinada de lo que yo tenía encima, pero a diferencia de la baba del retoño, esa comenzó a levantarse, a sacudirse, igual a un pequeño géiser, hasta formar una figura muy familiar.

—… ¿¡Una bruja!?

La forma, aunque totalmente cristalina, era la de una mujer alta, de largo pelo lacio, un vestido de copa y un enorme sombrero puntiagudo. Sin lugar a dudas la silueta inconfundible de una bruja clásica.

—No, claro que no, solo puedo adoptar la forma que desee. Esta figura la vi de tu especie hace poco más de mil años, pero veo que los sombreros ya pasaron de moda.

—Sí, hace mucho que no los usamos.

—Me disculpo, he estado un tiempo aislada. La última vez que miré a una “alumna de magia”, no era tan joven como tú.

Una risita salió de la mujer de cristal, y yo esbocé una sonrisa. Si ignorábamos que estaba colgada bocabajo, la atmósfera se había hecho más amena, por ello, se me hizo fácil decir:

—Disculpe, ¿podría bajarme? Estoy comenzando a marearme.

—Me temo que eso no podrá ser.

—Pero… ¿por qué? —pregunté confundida. No me esperaba esa respuesta, digo, parecía una planta muy educada y amable.

—Cuando molestaron a mi bebé hace algunos días, logré notar algo diferente en uno de ustedes, algo muy valioso para mí. Déjame ver si acerté contigo…

De la nada, sentí un corte en mi mejilla, fino, casi indoloro. El arma responsable del ataque, fue una enredadera delgada con una cuchilla curva en la punta de tono verde claro.

Las pocas gotas rojas en la punta afilada, cayeron sobre las manos de la figura cristalina en el centro del capullo. Ahí fue cuando recordé mis propias palabras: “las hembras se alimentan de sangre”.

—¡Oooooh sí! —su voz y su forma se alteraron un poco—, hace tanto que no probaba este tipo de sangre, rebosante de magia. Quiero más.

Paralizada, miré decenas de esas enredaderas de punta afilada alrededor del capullo, todas apuntando hacia mí como serpientes hambrientas.  Tenía miedo, mucho miedo.

—¡No puedo esperar para sacar hasta la última gota!

Todas las cuchillas fueron en mi dirección al mismo tiempo. Pero, en los instantes antes de recibir el ataque devastador, algo pasó.

Todo se movía en cámara lenta, y solo podía escuchar los latidos de mi corazón, parecía estar a punto de salírseme del pecho. Hasta que, de un momento a otro, sentí algo cálido cubriéndome las manos. No estaba pensando en lo absoluto, no había tiempo para eso, sin embargo, como un reflejo, iba a recitar un hechizo sin la menor duda de que, aun sin mi varita en mano, iba a activarse. Pero entonces…

—¡FLOGOSU!

Una llama inmensa apareció como un muro entre las cuchillas y yo. Era la segunda vez que me salvaban de esa especie de planta usando fuego, pero esta llama no era como la de Marcos ni por asomo, en comparación, sería el equivalente de un encendedor contra la llamarada de un dragón.

La planta soltó un grito desgarrador, pues el fuego, imparable, había seguido su camino hasta golpearla de lleno.

—¡FLOGOSU NOCLORT!

El segundo hechizo resonó al instante, haciendo a las llamas liberadas girar como un tornado alrededor de la trampágola. Entre todo el escándalo, vi una cuchilla de fuego cortar la liana que me sujetaba por las piernas.

Caí al suelo como una muñeca de trapo, pero no aterricé en el lodo pegajoso y frío, sino en los cálidos brazos de la directora, y digo cálidos, porque literalmente aún tenía el fuego danzando a su alrededor.

—Lo siento —dijo Olga preocupada—, debí haber puesto más atención. Pero me alivia ver que estás bien.

 

Capítulo 6 – Derramando el océano

 

La planta agitó sus enormes pétalos con fuerza, levantando el agua a su alrededor junto a una potente ráfaga de aire. Las llamas no duraron mucho contra eso.

—¡Devuélveme mi comida! —gritó la trampágola, mientras una capa de vapor a su alrededor se disolvía en el aire.

La voz de la bruja cristalina había cambiado de un tono amigable a uno distorsionado y aterrador. Su figura se transformó también, pasando de humanoide a una suerte de cosa deforme con brazos y piernas.

Recuerdo que esa vez, sentí tanto miedo que instintivamente me pegué al cuerpo de la directora, llenando aún más su túnica de lodo y baba viscosa; eso le sacó una mueca de desagrado.

—Emm Liza, me alegra que estés bien y eso, pero voy a necesitar que te pongas de pie, ¿tienes lastimadas las piernas?

Negué con la cabeza, entonces, la directora me bajó con cuidado y se puso enfrente de mí. En ese momento supe que estaría a salvo, muy pocas cosas podían frenar a Olga Rumanák y esa trampágola, en definitiva, no era una de ellas.

Las enredaderas nos comenzaron a rodear poco a poco detrás de los árboles, también, las lianas con cuchillas se levantaron por encima del capullo.

—¡SHAFLIG! —recitó la directora y una llama blanquiazul cubrió su gran varita al instante—, ¿estás segura de que quieres enfrentarte a mí? Estas llamas no las apagaras solo con sacudirte.

Con cada una de sus palabras la llama había crecido en su mano, hasta terminar como un gran torrente luminoso y danzante.

—¿Crees que nací ayer? Ese hechizo solo sirve para iluminar.

Ante esa frase, la llama de la directora se apagó como un cerillo entrando al mar.

—Maldición, no funcionó, y yo que quería sonar genial…

Sep*, yo también lo sabía. Shaflig, es solo el reemplazo para un foco, en ese caso un focotote, pero seguía siendo una luz inofensiva al fin y al cabo.

—¿¡Por qué no simplemente la vuela en pedazos!? —le susurré desde atrás.

Es una especie en peligro de extinción ¿recuerdas? Si la destruyo, me meteré en problemas con la asociación botánica de magos.

—¿Eh?

—Basta de juegos —dijo la planta, arrogante—, ¡Me quedaré con la sangre de las dos!

Las enredaderas con cuchillas se nos abalanzaron cortando el viento, junto con las otras más largas desde todas direcciones. La directora Olga se apresuró a agitar su varita contra el suelo mientras recitaba otro hechizo:

—¡REARTIE NOCLORT!

La tierra se levantó formando un domo alrededor de nosotras. Nos quedamos a oscuras hasta que Olga usó Shaflig para darnos un poco de luz. Los fuertes golpes de la trampágola, junto con los gritos de lo que nos iba a hacer, resonaban de afuera.

—¡Esa cosa me quiere chupar! —viéndolo en retrospectiva, ese comentario mío parece gracioso, pero no se burlen, en ese momento estaba muriéndome del miedo.

—Contrólate Liza, encontraremos una solución.

—Mi madre bien que me lo dijo —comencé a decir, ignorando las palabras de la directora—, “no estudies magia mija*, ¿qué acaso no has visto las películas? Esas escuelas están llenas de cosas peligrosas, no sé cómo los jóvenes estudian ahí. Mejor estudia cocina, o algo donde no tengas que arriesgar la vida”…

—No te preocupes, no corres ningún peligro, todo saldrá bien.

Las palabras de la directora se perdieron en el revoltijo de mi mente.

—Tal vez hubiera sido buena cocinera en lugar de maga, mis papas ala francesa me quedan geniales, ¡y ni siquiera soy de Francia!

La directora, harta de mi actitud, me tomó por los hombros.

—¡¡Qué te calmes!! —ordenó, sacudiéndome para atrás y para enfrente.

—¡¡Está bien, me calmo!!

—En primer lugar, si te apegas a las reglas de cualquier escuela de magia nadie tiene porqué morir, y en segundo, eres una excelente maga, definitivamente no te equivocaste de profesión.

—¿En serio lo cree? —sollocé entre todo el barro con baba.

—Claro, ahora te llevaré de regreso a la escuela que te urge un baño, apestas.

Los golpes desde el exterior cada vez eran más fuertes, hasta el punto de agrietar la tierra en el techo del domo.

—Tendré que usar mi tesis.

La directora soltó esas palabras con amargura, pero pienso que en ese momento quería compensarme por lo ocurrido. Porque en realidad había muchas formas para salir de eso, sin embargo, ella decidió mostrar su hechizo de tesis, algo que yo llevaba pidiéndole desde hace meses.

Olga caminó al centro del pequeño domo. Ya en posición, agitó su varita mientras pronunciaba el hechizo por el cual recibió su doctorado:

—¡BREKAPOIN!

Como la autora de ese hechizo, la directora Olga no solo superó mi burdo intento de copiarle hace unas semanas, no señor. Lo suyo fue un espectáculo increíble: el suelo comenzó a distorsionarse cubriéndose de un color azul oscuro, mientras, las partículas mágicas que controlaban el espacio tiempo brotaron hacia arriba brillando de diversos colores; era como estar parada en el cielo nocturno. Olga bajó su varita con fuerza, entonces, las partículas multicolor comenzaron a concentrarse debajo de nosotras, hasta formar una puerta doble, tallada en mármol, y con inscripciones arcanas y piedras preciosas en su superficie.

Pero el techo abriéndose me regresó a la realidad. Voltee hacia arriba, las lianas afiladas iban a por mí.

—¡Ven aquí varita humana!

Cuando las cuchillas estaban a punto de alcanzarme, la puerta se abrió.

Caí de sentón en un piso duro, el lodo pegajoso y baba sobre mí se dispersaron con un ruido repugnante. Estaba sobre césped. Al parecer el hechizo de la directora nos había traído a la unidad deportiva de la escuela.

Aliviada, me dejé caer en el suelo, a pesar de que ya todo estaba tranquilo, mi corazón seguía latiendo a mil por hora. No muy lejos de mí, la directora se encontraba vomitando en un bote de basura.

—Esto es horrible —decía congestionada—, por eso no me gusta usar esa cosa…

La magia era al mago, lo que el agua era al cuerpo, usar demasiada, podría “deshidratarte” por así decirlo, eso dañaba tu cuerpo, y si no tenías cuidado, incluso podías llegar a morir.

—Me hubiera encantado que esa cosa cayera en el truco del Shaflig.

La directora terminó acostada a un lado de mí, viendo las nubes pasar lentas en el cielo.

—No sabía que un hechizo como Shaflig pudiera ser tan intimidante.

—Depende de cuanta magia le sueltes al “mechero” puedes hacer una llama bastante grande.

Hubiera preferido no recibir esa información en aquel momento.

«¿Soltar magia al mechero?», pensé, intrigada.

Levanté una mano al frente. Para ese entonces la sensación cálida en mis manos aún no se había ido del todo, aún tenía el presentimiento de que podía hacer magia sin varita.

—SHA… FLIG —Susurré.

Solo quería ver si podía, si la magia brotaría de mí, como si fuera una “varita humana”. Sin embargo, el resultado fue aterrador: una llama gigantesca blanquiazul salió de mi palma, más grande que la de la directora, cientos de veces más grande.

Olga se apresuró a ponerme la varita en la mano, eso detuvo la llama al instante, pero ya era demasiado tarde.

Un fuerte mareo se apoderó de mí, sentía que el mundo me daba vueltas mientras me hundía en una gran oscuridad. La magia era al mago, como el agua al cuerpo, y yo derramé un océano.

 

Capítulo 7 – El día que la conocí

 

Olía a plástico usado, látex nuevo y desinfectante en gel, típico de un hospital. Nunca me gustaron esos lugares, sin embargo, esa tarde andaba caminando por los pasillos de uno, lo cual no era sencillo considerando la pila de libros que traía en brazos. Eran de múltiples tamaños y colores, y jodidamente pesados también.

¿Por qué estaba en esa situación? Por el maravilloso sistema de Pálvery.

Verán, mi escuela se guiaba por un sistema de créditos, ósea: cuantos más créditos elegías, más clases te daban. Había algunos alumnos que tenían un régimen ligero y orientado a su futuro como magos, por lo cual solo tomaban los créditos de su especialidad; luego estaban los que iban por un plan completo, esos chicos tomaban de todo un poco; aunque también había otros más extremos que agarraban el límite de créditos disponibles. Pero luego estaba ella… una enferma que rompió el límite de créditos, solo porque la directora le dio autorización.

Como era normal tenía un mar de tarea y porque era su buen amigo, le estaba llevando todo hasta su habitación de hospital. Les daré un adelanto de mi futuro, terminaré con dolor de espalda.

Al salir de un elevador, bastó con caminar unos cuantos metros para por fin llegar a la puerta del cuarto. Di unos cuantos golpes con el pie y se apresuraron a dejarme entrar: era una habitación mediana, con una sola ventana, un buró metálico, algunas sillas afelpadas y en medio una camilla de acero inoxidable, sobre la cual Liza dormía.

Los otros tres ya estaban aquí.

—¿Y todo eso Marcos? —preguntó la pequeña Alin, impresionada.

—Es su tarea, ¡de dos días! —contesté, luego, puse la tonelada de libros a un lado de la camilla.

—Ahora entiendo porque no sale de la biblioteca —exclamó Victoria, una joven delgada de largo pelo dorado amarrado en una trenza y ojos turquesa—. Incluso se ha descuidado. ¿Cada cuánto se bañará?

—Yo le dije que no hiciera lo de los créditos —dijo Cristian recargado en la pared. Él era un joven robusto más alto que yo, siempre cargaba su escoba consigo—, pero nunca me hace caso, incluso hay veces que la miro con la misma camisa por días.

Victoria se cruzó de brazos, y le dirigió una mirada de desaprobación a la inconsciente Liza antes de decir:

—Y ahora mírenla ahí en cama con exceso de agotamiento, y totalmente despeinada… aunque, francamente, es la primera vez que veo a alguien que usó un exceso de magia.

—Yo igual —Alin puso una expresión de duda—, y eso que yo suelo mantener hechizos por mucho tiempo.

—Aquí hay algo raro —dijo Cristian—. Siempre fue una descuidada consigo misma, pero ella es todo menos tonta, y también nos ha demostrado lo mucho que aprecia su vida cuando se pone en modo cobarde.

Todos soltamos unas risas con ese comentario.

—Ya le pediremos una explicación de lo que ocurrió —agregué.

Esperando a ver si a Liza se le ocurría despertar, nos la pasamos unas horas ahí platicando de nuestras aventuras de los primeros años: cosas como cuando Victoria se perdió en el jardín de plantas de la escuela, o la ocasión en la que Cristian fue a perseguir un ave mítica para superar su velocidad con su confiable escoba. Nos partimos de risa platicando también de cuando Alin fingió ser una muñeca para escapar de un castigo. Pero al final, uno de los cuatro protagonistas de esas historias no despertó ese día tampoco.

Cuando ya rayaba el alba todos mis amigos se despidieron de Liza y se fueron a casa, sin embargo, yo me quedé un poco más.

Liza tenía una cara tranquila, como si estuviera solo descansando de un día atareado, pero hace tres días que no despertaba. Me acerqué un poco. Una jeringa estaba enterrada en el dorso de su mano administrando una solución brillante, y tenía una bandita en una de sus mejillas.

Era bastante incómodo para mí verla en ese estado sin saber nada de lo que había pasado, y la directora no nos decía nada de lo ocurrido sin importar cuando le preguntáramos.

Aunque aun así, había algo de ironía en esa situación, ya que me recordaba a algo muy similar ocurrido hace dos años, cuando era de primero. Esa memoria permanecía fresca en mi mente a pensar de los años, y como no, si casi muero, pero en aquella ocasión, los papeles estaban invertidos.

Todo comenzó el día que la conocí, y la verdad nunca pensé en terminar así en ese momento, pero supongo que nada es lo que esperas cuando estudias magia…

 

Capítulo 8 – La bella durmiente y el dragón

 

—No, no quiero servidumbre.

—Qué hay de un buen cocinero para esos recesos.

—No gracias, comeré la comida de la cafetería, como todos los demás.

—Pero y si…

Iba en limusina, mirando por la ventana, y mi padre no dejaba de hacerme propuestas ostentosas. Mi ropa no era el típico traje elegante, ese que mi madre me obligaría a ponerme para las reuniones familiares, o al asistir a una de esas escuelas caras. En lugar de eso, era un simple pantalón azul marino, una camisa tipo polo de color blanco, y una chamarra del mismo azul del pantalón con franjas blancas en las mangas.

Un uniforme sin mucha personalidad, excepto por una marca en el lado izquierdo de la camisa y suéter, justo en la parte del corazón: la silueta de una flor hecha en unas sencillas pero bien definidas líneas, encerrada en una letra “P”. Era el símbolo de La Flor del Conocimiento y de Pálvery, la academia de magia más grande del mundo.

En aquel entonces iba a cursar mi primer año.

—Está bien, si este es tu deseo no me interpondré —mi padre hablaba tan amigable como siempre—. Será interesante tener un mago en la familia, pero si te llegas a cansar, no tienes porqué quedarte. Tener el talento para ser un mago, no te obliga estudiar magia hijo.

“Talento”, esa fue la palabra que me dio la oportunidad de ponerme ese uniforme. Al parecer, había nacido con la habilidad de hacer magia, no obstante, nunca hice la prueba. Pero, un día, tomé una varita confundiéndola con un palo común y corriente, cuando lo agité, me sorprendí a mí mismo lanzando chispas.

Hice la prueba correspondiente, y el evaluador terminó diciéndome: “usted tiene talento para ser un gran mago”. Unas semanas después, terminé con una plaza en Pálvery como un caso especial gracias a mi padre, el cual, desembolsó una buena fortuna para meterme a clases aunque ya estaba avanzado el primer cuarto del año. Según él, no le gustaría verme graduar con personas más jóvenes que yo.

Al bajar de la limusina, un anciano nos esperaba a la entrada del colegio. A simple vista parecía una persona normal, pero era muy bajito y tenía un bastón dos veces más largo que él.

—Bienvenidos, mi nombre es Royer Rumanák y soy el director de Pálvery. Desde el despertar de la magia hace 2000 años, mantenemos La Flor del Conocimiento saludable y hermosa para las siguientes generaciones. Acompáñenme por favor.

Le seguimos por los pasillos mientras nos explicaba lo básico del lugar: no correr para ir a clases, usar el uniforme siempre dentro de las instalaciones, etc. no eran reglas muy diferentes a las de mi antigua escuela. Sin embargo, luego escuche reglas como: no ir al bestiario solo, no avanzar más de 10 kilómetros dentro de la biblioteca, prohibido volar en la ruta de los teleféricos y otras cosas que parecían sacadas de una película.

Tras caminar por un rato, nos montamos a una especie de teleférico, colgando de un cable azul brillante. Entonces, tuve una vista panorámica de la escuela, había edificios, torres, grandes patios, incluso tiendas; todo envuelto entre secciones de bosque. Era muy impresionante, el lugar no parecía tener fin.

Al final del recorrido, llegamos a un largo pasillo en un tercer piso. El director nos explicó que el cambio de clases estaba cercano. Si quería llegar temprano a mi primera lección, era el momento de irme.

—Ya es la hora de despedirnos supongo —dijo mi padre—, todo fue muy repentino y eso, emm… ¿tienes todo lo necesario en la mochila?

—¿Actuarás como mamá?

—De hecho, ella me encargó que te preguntará un millar de cosas más… pero le diré que estas bien.

—Seré responsable, no es como que vaya a jugarme la vida ni nada por el estilo, es solo una escuela.

Unas campanadas comenzaron a sonar, venía desde una inmensa torre con un reloj que podía ver desde las ventanas.

—Si vas derecho por aquí llegarás a tu clase —explicó el director con voz amable mientras sacaba un documento de su túnica—. Es el salón número 109, y tu lección debe ser numerología mística. Dale esta hoja al profesor Loren, él sabrá qué hacer.

Le di un abrazo a mi padre antes de tomar la hoja, luego lo vi partir junto con el director en el teleférico.

Me tomó como cinco minutos llegar al salón 109. Lo primero que hice al entrar, fue entregarle la hoja al profesor Loren: un hombre regordete de unos cuarenta y tantos, quien tuvo la más brillante idea del planeta…

—Hola… mi nombre es Marcos, Juan Marcos Nix Fares, y estaré estudiando con ustedes a partir de ahora, un gusto en conocerlos.

Un  millón de murmullos estallaron en cuanto terminé de decir mi nombre, porque, como ya había dicho antes, no era para nada normal tener a un estudiante transferido a esas alturas del año, y menos a uno de una escuela de no-magos. No solía ser tímido, pero recuerdo que en ese primer día me sentía como un bicho raro en esa escuela, y presentarme frente a toda la clase, no ayudó mucho a mitigar esa sensación.

Luego de una ola de saludos por parte de todos los alumnos (bueno casi todos), me senté escuchando el mar de cuchicheos del grupo. Había mesabancos disponibles en la última fila.

Cuando el profesor se levantó de su escritorio, todos pararon de hablar, entonces la clase comenzó. Para mi sorpresa no era nada con brillitos o plumas flotando, sino una lección normal frente a un pizarrón.

Parecía un día común de mí otra escuela, excepto por una cosa: ¡no entendía nada!

Sí, sabía que algo así me podría pasar, por ello repasé unas semanas antes las cosas básicas de los cursos. Tenía la esperanza de al menos poder seguir la pista de las clases, sin embargo, el profesor hablaba a una velocidad sobrehumana mientras no paraba de escribir en el pizarrón, no parecía importarle tener a un recién llegado. Gracias al cielo tendría tutorías especiales en la tarde para ponerme al corriente.

Traté de aparentar, pero inevitablemente terminé por ver a los alumnos en lugar del pizarrón. Algunos ponían atención a la clase, otros me soltaban miradas ocasionales, y al darse cuenta de que yo los miraba de regreso se volteaban de inmediato, nada interesante. Pero cuando volteé hacía las ventanas a mi derecha, me encontré con una chica protagonizando una escena tan peculiar, que arqueé una ceja.

Ella no estaba solamente dormida en la mesita de su pupitre, estaba desparramada. Su cabeza se encontraba sobre un enorme libro, al parecer era su almohada, y tenía la boca abierta exhalando ronquidos silenciosos, acompañados de una pequeña cascada de baba. A juzgar por sus expresiones variadas aun con los ojos cerrados, y las ligeras frases que soltaba al aire en susurros, estaba soñando algo intenso.

Era como una parodia de la bella durmiente al compararlo con su rostro, no era feo, sino todo lo contrario: piel clara, labios rosas y delgados y una nariz fina. También tenía largas pestañas del mismo tono castaño de su esponjado cabello despeinado.

Decidí hacerle un favor y despertarla. Por ello, sin hacer mucho ruido, me acerqué con la intención de moverle el hombro. Cuando estuve a un lado de su mesabanco, pude leer un nombre en el borde del libro/almohada: “propiedad de Ana Liza Marina Marques”. Luego, noté algo tapando el sol, por lo que levanté la mirada, y ahí fue cuando vi un dragón del otro lado de las ventanas del salón.

El ambiente se quedó en un silencio sepulcral por unos segundos, hasta que la bestia lanzó un rugido ensordecedor. Al parecer esa escuela iba a ser todo menos aburrida.

 

Capítulo 9 – Los sollozos del viento

 

El gran reptil alado, movía sus pupilas doradas de un lado a otro. Nosotros, detrás de las ventanas, estábamos perplejos, sin saber qué hacer. Pero de repente, una bruja montada en una escoba, llegó volando hasta ponerse a un lado de la criatura.

—¡Estrella, regresa a tu patio en este mismo instante! —dijo la mujer agitando su enorme varita.

El dragón volteó a ver a aquella maga con los ojos desorbitados, luego, dejó escapar un quejido.

—Sin peros jovencita, sabes que tienes prohibido pasear por aquí en horarios de clase.

La bestia desvió la mirada, su rostro tenía una expresión molesta. No obstante, luego de unos segundos, por fin alzó el vuelo, yéndose del lugar.

—Subdirectora Olga —dijo el profesor Loren, parando de escribir por primera vez en toda la clase—, por favor, controle a sus bestias, ¡interrumpe mi lección en su mejor parte!

—Lo siento lo siento —repetía la subdirectora Olga desde afuera de las ventanas, avergonzada—, siga con su maravillosa clase por favor. No volverá a pasar.

El profesor sonrió de forma altanera, para luego voltearse a seguir escribiendo. Por otro lado, Liza, ya despierta, giraba la cabeza de un lado a otro, un tanto confundida, después de unos segundos, por fin limpió su baba de debajo de la boca y puso la vista fija en el pizarrón. La muy suertuda, había logrado tomar su siesta sin ser descubierta.

La clase parecía continuar con normalidad, como si el incidente con el dragón no hubiera ocurrido. Pero, cuando llamaron a la “bella durmiente” a resolver algo en el pizarrón, yo, junto con el resto del salón, notamos algo extraño en ella.

—Voy —dijo la chica con un aire alegre antes de levantarse, entonces, comenzó a caminar como un robot: pasos lentos así como braceo marcado, y cuando llegó al pizarrón para resolver el ejercicio, solo logró escribir unos garabatos en el pizarrón apenas legibles. Fue tan raro, que el profesor Loren le preguntó si quería ir a la enfermería, sin embargo, ella declinó la oferta.

Luego de eso, las clases siguieron su curso. En los primeros años de Pálvery las lecciones no eran únicamente de magia, sino también había asignaturas como matemáticas e historia. Casi en todas las clases me tocó con Liza, y aunque escuché a algunos compañeros hablar sobre su gran talento tanto para la magia como para los estudios, ella no dejó de fallar en todo.

En la clase de pociones, por ejemplo, nos tocó compartir caldero. Recuerdo que ambos nos miramos a los ojos por unos segundos, sin decir palabra alguna; ella lo sabía, yo lo sabía, no estábamos capacitados para mezclar esas cosas sobre la mesa ni de broma. Pero Liza al parecer no tenía instinto de conservación, porque con una inmensa sonrisa en el rostro, agarró una gran cantidad de frascos y los echó de golpe al caldero. Todos terminamos por salir de la clase, corriendo de una ola de humo verde maloliente, de la cual la extraña chica salió sin apuros.

En Matemáticas aplicadas, me sentía un poco más cómodo, de eso sí sabía un poco. Pero a Liza le fue igual o peor que en Numerología Mística, incluso las ecuaciones fáciles para mí, eran imposibles para ella.

Lo peor ocurrió durante la lección sobre bestias mágicas, en ella, nos tocó ir a un gran domo a hacer observaciones de campo sobre aves. Todos los pájaros eran hermosos y de muchos colores, pero volaban despavoridos al ver a Liza. Ni siquiera la profesora, podía controlar el alboroto causado por las parvadas, y antes de darnos cuenta, Liza comenzó a perseguir a los animales por la planicie del domo, mientras carcajeaba. Obviamente el caos creció aún más, por ello la terminaron regañando al final de la clase.

—¿Qué pasa con ella? —pregunté al aire, mientras veía a la extraña chica sentada sola a la distancia. En mis manos tenía un emparedado, pues era la hora del almuerzo.

—¿Ella? —preguntó una alumna sentada a mi lado—, ¡ah!, te refieres a la rara. No te recomiendo juntarte con ella, en todo lo que va del año solo se la ha pasado estudiando, ni siquiera nos presta atención, y en todas las clases siempre actúa como una sabelotodo. Es una presumida de lo peor.

Otro chico, mientras mordía un gran emparedado de jamón, agregó:

—Sep*, hablar con ella es como hablar con una enciclopedia, no entiendo ni la mitad de sus palabras, aunque hoy está especialmente extraña. Tal vez tener la cabeza siempre metida en libros, por fin terminó por volverla loca.

Al escuchar ese último comentario, todos rieron al tiempo, luego, cambiaron el tema de la conversación a un instructivo básico para mi siguiente clase.

Ya al final del día, con todo el esfuerzo mental, más el esfuerzo mágico hecho por primera vez, estaba fulminado. No obstante, aún quedaba hacer las tutorías extra. Por ello, estaba solo, sentado al inicio de la gigantesca biblioteca de Pálvery. Luego de unos minutos, mi profesor personal hizo presencia, y para mi sorpresa, ya la había visto ese día.

—No sabía que la subdirectora seria mi tutora personal, mi padre debió desembolsar bastante.

Olga, con su túnica azul marino así como una buena cantidad de libros, tomó asiento en la mesa frente a mí.

—Es algo complicado —respondió, presionaba su espalda con la mano, parecía algo fatigada—. Aunque te alcancé a mirar en el grupo de numerología mística, aún no nos hemos presentado debidamente. Mi nombre es Olga Rumanák, un gusto en conocerte, nuevo alumno.

—El mío Marcos Nix, un placer también.

—La verdad Marcos, es que yo no soy la persona elegida para hacer esto, pero el tutor original está algo indispuesto, por lo cual tomaré su lugar un tiempo, así que comencemos. ¿Qué tanto podrías decir que sabes de la teoría mágica básica?

—Solo lo que pude leer en mi casa unas semanas antes de venir, lo cual no es mucho a decir verdad.

—Bueno, entonces empecemos por lo primordial.

La directora levantó el libro más largo que haya visto en mi vida, lo puso sobre la mesa y lo abrió con cuidado. En él, había un gran círculo mágico con una inscripción en el centro.

—Es hora de enlazarte con tu primera varita. Dame tus manos.

El ritual de enlace, era tan común como impresionante entre magos: después de unas simples palabras de la directora, los puntos del círculo en el libro comenzaron a brillar, luego a flotar sobre el papel haciendo movimientos concéntricos hasta llegar a mis manos, y entrar por el pedazo de madera sobre mis palmas. Sentí como la varita vibró y se pegó por unos segundos a mi piel, a partir de ese momento, tanto yo como aquel instrumento mágico, estábamos enlazados, seríamos uno hasta que cualquiera de los dos se rompiera (preferentemente el pedazo de madera) o mi varita permanente llegara.

Al terminar el ritual, Olga empezó a enseñarme la forma adecuada de agitar la varita mientras realizaba un conjuro; era similar a cómo un director de orquesta movía su batuta. Ver la energía mágica emergiendo con cada conjuro, se veía increíble, aunque fuera solo para hacer hechizos simples. Pero, desgraciadamente, yo no pude hacer magia en esa ocasión, no era tan fácil como parecía.

Ya para el final de la tarde, andaba por el camino de piedra rumbo a la salida de la escuela, mientras practicaba los movimientos de muñeca indicados por la subdirectora. Pero antes de llegar a la enorme puerta de rejas, escuché un ruido extraño. Era casi imperceptible, viajaba con el viento y desaparecía en instantes, pero ahí estaba.

«¿Alguien está llorando?», pensé, luego comencé a seguir el ruido hasta terminar frente al bosque a los lados de la calle. Tenía un mal presentimiento, pero fue ahogado en el mar de mi curiosidad, por lo cual decidí ir a echar un vistazo.

Caminé por el bosque con el sol del atardecer rozando los árboles. Luego de unos minutos, me encontré con un claro, y en él, vi el mismo dragón de la mañana al pie de un lago, Estrella. Estaba sentada, con la mirada fija en el agua, llorando.

De todas las cosas que había visto ese día en la escuela, esa, en definitiva, fue la más inesperada.

 

Capítulo 10 – Amigos

 

Permanecí detrás de un árbol, sin mover ni un músculo, a fin de cuentas era un dragón. No importaba encontrarlo triste, melancólico, alegre o bailando merengue, resultaba súper peligroso estar a solas con una de esas criaturas sin un adulto presente. No necesitaba ser un genio para saber eso.

Di media vuelta y me dispuse a dejar a la dragona secar sus lágrimas en paz, pero al segundo paso hice crujir una ramita en el suelo por error. Entonces los sollozos del animal se dejaron de escuchar.

Comencé a correr como si no hubiera un mañana. Sin embargo, no llevaba ni diez metros cuando la bestia me cortó el paso cayendo frente a mí, para después lanzar un gran rugido.

—Hola Estrellita —mencioné tembloroso—, ¿mal día?

No podía dejar de repetir «que venga Olga» en mi mente, como una especie de mantra religioso, pero no, la subdirectora no escuchó mis rezos. Estrella, por su parte, soltó una fuerte respiración con la nariz, en su cara parecía dibujarse una expresión de decepción.

Miré petrificado como caminaba a mi alrededor. Podía sentir las escamas azul oscuro rozarme el pantalón, pero de repente, en un solo movimiento, la cola del dragón cual látigo destrozó la única correa de mi mochila, para posteriormente atraparla con su punta y llevársela consigo.

—¿¡Eh!? —giré el cuello estupefacto—, ¿a dónde llevas mis cosas?

Seguí a la dragona, hasta verla sentarse otra vez frente al lago, luego, comenzó a esculcar en la bolsa con sus enormes garras. Tiró algunos libros, lápices y cuadernos, al parecer no eran de su interés, no obstante, cuando saco una bolsa amarillo brillante de papas, tiró la mochila.

Me había comprado esa bolsa en la cafetería, y planeaba comerla más tarde, pero al parecer una dragona aprovechada tenía otros planes para ella. ¿Estaba presenciando dragonbullying?, bueno, si ese era el caso, entonces me encontraba ante la reptil abusiva más patética del planeta, porque debido sus enormes garras, no encontraba la forma de abrir la bolsa.

—Oye —dije a un lado de ella, entonces me volteó a ver de reojo—, si sigues así la romperás. Si quieres, yo la abro por ti.

La dragona alzó su enorme cuello con desconfianza, pero luego de unos segundos cedió la bolsa. Yo la abrí sin ningún problema y le ofrecí una gran fritura dorada. Los ojos de Estrella brillaron de ilusión, sin embargo, apenas trató de sostener la frágil papa, sus garras la hicieron pedazos.

La dragona quedó con la boca abierta, viendo las migajas caer al césped. Parecía estar a punto de llorar otra vez, por lo cual me apresuré a lanzarle otra papa. Acerté justo en la boca. La criatura tosió un poco, pero luego de unos segundos puso una sonrisa mientras mascaba y movía la cola como un cachorro. Al verla así, solté una pequeña risa, entonces, en ese momento, el miedo en mí desapareció.

Recuerdo estar jugando por un rato lanzándole frituras como pelotas, mientras ella las atrapaba con destreza. Cuando la bolsa se acabó, el alba ya despuntaba, entonces mi celular sonó: era mamá, estaba furiosa porque me había llamado a la casa nueva sin recibir respuesta de mi parte. Luego de tragarme un sermón de responsabilidad, y excusarme diciendo que había perdido la noción del tiempo por estudiar en la biblioteca, me despedí de Estrella.

La semana siguió su curso. Las clases de magia me agradaban bastante, en especial la de aprender a volar en escoba, aunque lo conseguí por poco tiempo fue increíble. En cambio, Liza… bueno ella era un caso especial: con los días fue siendo menos rara, caminaba con más normalidad, usaba platos y cubiertos para comer. Pero parecía estar en otro mundo todo el tiempo, también, los animales seguían corriendo de ella.

No obstante, algo inesperado para todos, ocurrió cuando nos tocó educación física. La chica destrozó todas las marcas, era como una máquina construida para correr o saltar. Incluso en los deportes de contacto, le hacía frente a chicos mucho más grandes a comparación de ella con mucha facilidad, era imparable. La maestra sospechó de hechizos de apoyo, pero al revisarla, no encontró nada.

Por otro lado, una de las cosas no tan buenas para mí, eran los amigos, tenía pocos, pero ese no era el problema, sino que no podía encajar con ellos, simplemente no eran como yo. Aunque, siempre podía hablar sobre el dinero de mi familia, entonces tendría cientos de “amigos” queriendo juntarse conmigo. Pasaba en todas las escuelas, Pálvery no sería la excepción, sin embargo, no me interesaban ese tipo de amistades.

Era irónico, porque a pesar de estar rodeado de gente, en una escuela tan grande, me sentía solo. No obstante, todo eso cambiaba luego de las tutorías, cuando iba hacia el lago para visitar a Estrella. Era tan inteligente como para entender el lenguaje humano a la perfección, por ello siempre le hablaba de mis experiencias en la escuela y ella asentía o negaba con la cabeza, siempre en la compañía de una buena bolsa de papas. Concordamos en cosas como que el profesor de numerología mística era un pesado, también sobre nuestra preferencia del pastel de queso sobre todos los demás postres de la cafetería.

Cuando ya llevaba treinta días en la escuela, me gustaba más ir con Estrella a con el resto de mis amigos de la escuela. La dragona y yo hacíamos diferentes cosas: con su resistencia natural a la magia, ofrecía su ayuda como blanco de mis hechizos de tarea, o también a veces me echaba una garra para poder tirarme unos buenos clavados en el lago. Incluso me permitió sentir los cuernos sobre su cabeza y acariciarle la panza, recuerdo las escamas de ese lugar mucho más lisas a comparación del resto de su cuerpo. Era muy divertido, pero sobre todo, no me sentía solo cuando estaba con ella.

Sin embargo, había algo extraño, siempre cuando la veía de lejos, la notaba triste, con una mirada perdida en su reflejo del lago. Quería ayudarla, pero al preguntarle si ocurría algo, ella siempre negaba con la cabeza, por alguna razón, no quería hablar del tema.

No obstante, todo cambiaría un día. No hubo clases, por lo cual pude llegar temprano, y entonces miré a Olga guiar a Estrella hasta un círculo mágico pintado en el suelo. De  inmediato, me escondí detrás de un arbusto, estaba seguro de no haber sido notado.

La subdirectora dijo algunas palabras, activando el círculo, entonces una luz azulada con rayos de electricidad cubrió a Estrella. Se miraba afligida, apretando sus colmillos, no sabía que le estaban haciendo, pero le dolía, y mucho. Cuando soltó un alarido de dolor con los ojos llorosos, decidí pararme, debía detener a Olga.

Pero, de la nada, alguien me tomó por detrás. Jalándome del cuello de mi camisa, me levantó con una sola mano, y puso mi espalda en contra de un árbol; ¡era Liza!

—Shh no hables —ordenó, con su dedo índice sobre los labios—, solo tápate los oídos.

 

Capítulo 11 – Pastel de queso

 

Pataleaba por mero instinto, pues mis pies, no tocaban el suelo.

—¡Rápido! —volvió a exclamar Liza—, tápate los oídos.

Debido a la forma de sujetarme por parte de la chica, sería fácil pensar en un bravucón queriendo intimidar a alguien. Sin embargo, era todo lo contrario, a pesar de tenerme entre sus manos, ella estaba rogando, desesperada.

En medio de toda la confusión, decidí hacerle caso. Con ambas palmas sobre mis oídos, solo podía escuchar el rápido latir de mi corazón, junto a otros sonidos ahogados del exterior, provenientes del círculo mágico.

De un momento a otro, Liza relajó la expresión mientras me bajaba poco a poco. Cuando por fin mis pies tocaron la tierra, interpreté que ya podía descubrir mis orejas. Apenas voltee otra vez al lago, miré a la directora irse del lugar en su escoba, dejando a Estrella acostada al lado de las aguas.

—Ve —dijo Liza dándome un empujoncito en los hombros—, ella es feliz cuando tú estás.

—¿Qué es lo que está pasando? ¿Qué le estaban haciendo?

—No preguntes —podía notar como la voz de Liza era un poco forzada, como si batallara para articular frases—, es peligroso preguntar. Solo ve.

Tenía muchas preguntas, pero antes de decirlas, Liza dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección opuesta al lago. Por mi mente pasó la idea de perseguirla, sin embargo, decidí mejor ir a ver como estaba Estrella. Mi preocupación era mucho mayor en comparación a mi intriga.

—Oye, ¿estás bien?

La dragona abrió un ojo desganada, pero en cuanto me vio levantó el cuello con una expresión de sorpresa. Ahí fue cuando la vi de frente y noté algo extraño: uno de sus ojos había cambiado de color, de un dorado vívido a un marrón oscuro.

—¿Qué le pasó a tu cara? —pregunté.

Estrella miró su reflejo en el lago, entonces estiró sus garras como tratando de alcanzar la imagen, pero solo movió el agua. Al final terminó negando con la cabeza, luego, como cambiando de tema, volteó hacia mí con una sonrisa dibujada en su hocico, y moviendo su cola, alzó una garra en dirección a mi mochila.

—Me descubriste, ¿eh? —dije con una sonrisa pícara. Su olfato era tan agudo, que a una distancia de unos dos metros, pudo detectar el pastel de queso celosamente guardado en mi mochila.

Saqué el postre con cuidado, era de color blanco ópalo, con base de pan suave café, un glaseado curvilíneo de fresa con mechones hacia arriba, y en el centro, algunas fresas frescas, las cuales brillaban casi tanto como los ojos de Estrella cuando vio el pastel. Como le había prometido, compré uno enorme solo para ella y traía unas cuantas rebanadas extra para mí.

Puse el empaque sobre el suelo, entonces, Estrella, con sumo cuidado, quitó la tapadera de plástico del postre y tomó una rebanada con dos de sus garras. Eso me sorprendió muchísimo; ella se había vuelto más cuidadosa de repente.

Yo por mi parte, también tomé una rebanada. Se sentía suave y dulce en mi boca, estaba delicioso, pero, disfrutar el sabor, no era lo más importante para mí en ese momento, en lugar de eso, le daba vueltas a la escena de hace unos minutos: Olga no parecía del tipo de persona cruel para lastimar así a un animal, aparte, si eso dolía tanto, Estrella simplemente podía irse volando para esquivar el castigo. A menos que eso, no fuera un castigo…

—Oye, Estrella, ¿Estás enferma?

En mi inocencia, creí buena idea saber eso, porque si me ponía en “modo de ruego”, mi padre terminaría cediendo ante cualquiera de mis caprichos. Si estaba en mis manos, no escatimaría en recursos para ayudarla. Pero en esa ocasión, el dinero no podía hacer nada.

Ella asintió con la cabeza.

—Y… ¿es grave?

Estrella no hizo nada por unos segundos, solo se quedó volteando en dirección al lago. El reflejo del sol sobre las aguas brillaba en sus escamas azul oscuro y sus ojos heterocromáticos.  Entonces, de la nada, volteo hacia mí, solo para después, en el espacio entre ella y yo, comenzar a mover una de sus afiladas uñas, formando letras en la tierra.

—¿¡Puedes escribir!? —estaba tan fascinado, que sin pensar, comencé a repetir en voz alta aquellas letras apenas legibles formadas en la tierra:—, “yo, tengo, u…”

No terminé de leer el enunciado, porque la dragona había azotado de golpe arriba de él antes de acabarlo. Sentí como si el mundo se sacudiera por una fracción de segundo, luego, un escalofrío inmenso por todo mi cuerpo. Estrella estaba inconsciente, tirada enfrente de mí, y de su hocico alargado, podía ver con terror como una gruesa línea rojiza goteaba hacia el suelo, era sangre…

Capítulo 11 – Convalecencia

(Próximamente)

Deja un comentario