Metal ligero, Fanfic basado en My Little Pony FM

Metal Ligero

My Little Pony Fanfiction

Sinopsis

Poder llegar al Final del Cielo es una hazaña increíble, que solo se puede intentar una vez en la vida de cada poni, pero requiere resistencia, perseverancia, y un cuerpo óptimo para poder soportar el inmenso esfuerzo de realizar esa tarea.

En este, el decimoquinto aniversario del ritual, New Wind un pegaso cartero, se une a la peligrosa carrera de resistencia para llegar a lo más alto del cielo. Pasaría inadvertido, como cualquier otro, a fin de cuentas son bastantes los que lo intentan, sin embargo, una gran ala de metal reluce en su espalda, robándole la atención a todo aquel que la mira. Única en su tipo, esta prótesis no solo le permite participar en la carrera, sino que también es el recordatorio de una antigua promesa.

Pero llegar hasta ese místico lugar, no es algo que solamente se logre con buenas intenciones. La competencia tanto como su camino a la cima, no será para nada fácil, sin mencionar que en esta ocasión hay un gran atentado, el cual arriesga la vida de los participantes y espectadores.

Lograr su meta o caer por el peso que lleva en su espalda, eso depende de su trabajo duro y de los amigos que haga en su aventura.

Prefacio: El final del cielo

Cuando era un pequeño potrillo, me gustaba correr con mis amigos por los esponjados caminos de Cloudsdale. Esa ciudad construida enteramente de nubes y flotando en lo alto de los cielos, se veía hermosa todo el tiempo.

En el amanecer, las inmensas construcciones de tonos blancos eran bañadas por el dorado fuerte de los rayos del sol. Al mediodía, el enorme cielo azul dejaba correr la briza fresca con libertad, y acariciaba mi crin mientras disfrutaba de un agradable helado. Durante el atardecer, poder ver una puesta de sol a esa altura, te permitía hacerlo por encima del horizonte; por esos breves minutos en los que el sol se despedía, te sentías en la punta del mundo. Pero mi parte favorita, definitivamente era al anochecer.

Si tengo que describir las noches en la ciudad de las nubes, siento un hormigueo en todo el lomo hasta mis cascos y la punta de mi ala. Nunca haz visto las estrellas como se debe, no hasta que las aprecias a cientos de metros de altura, acostado en una cama suave y afelpada, hecha en la fábrica de la ciudad. Me encantaba verlas con mi padre, en especial porque solía llevarme hasta su lugar favorito, que era una pequeña nube en la parte más alta de todo Cloudsdale; un acogedor pedacito de cielo con forma de panqueque.

Y ahí estábamos esa vez, panza arriba como siempre. Después de que me explicó sobre esa gran constelación en forma de sartén, nos quedamos en silencio por unos minutos, sintiendo la cálida brisa de verano.

—Sabes hijo —me dijo de repente—, si vuelas lo suficientemente alto, puedes llegar a tocar las estrellas.

—Ya no soy un niño papá… sé que esas luces están muy lejos para que las alcancemos volando. Seguro que es otra de tus historias inventadas.

—No no, qué va, es de verdad. Yo lo hice una vez.

Giré sobre mí en ese mismo instante y voltee hacia él.

—¿¡Cómo fue!? —pregunté con toda la curiosidad del mundo.

Lo miraba atento, con los ojos tan abiertos que el viento me calaba un poco, pero creía que si llegaba a parpadear me perdería algún detalle de la historia. Las cosas sin sentido que uno piensa de niño, supongo.

—Hay un punto que puedes alcanzar si vuelas muy rápido en línea recta hacia arriba —comenzó a decir mi padre, con la mirada perdida en el firmamento—, si logras hacerlo bien llegarás hasta una corriente especial, la cual te impulsará más rápido y fuerte a cada segundo en dirección al cielo. Cuando menos te lo esperes, aparecerás en ese sitio… Le decimos el Final del Cielo, es un lugar bastante frío, pero puedes mirarlo TODO desde allí.

—¿Todo?

—Así es hijo, todo. Es raro poder describirlo con palabras, tienes que estar allí para poder saber como es con exactitud; solo te puedo decir que una capa azul está por encima del mundo. Nuestra tierra se mira curva, sin final y todo es increíblemente diminuto, pero lo más interesante, es que en ese lugar hay pequeños puntos, bolas brillantes un poco más grandes que una manzana madura.

Mi padre tomó un pedazo de la nube y lo moldeó en una pequeña esfera, luego lo puso delante de mi rostro.

»Claro que no creo que sean realmente las estrellas que miramos en el cielo, pero cuando logras tentar una de esas esferas con tus pezuñas, sientes su calor.

Los cascos de papá se extendieron, haciendo que la pequeña esfera de nubes se partiera en cientos de pedazos. Los fragmentos volaron a mi alrededor igual que pequeñas bolitas de algodón, antes de desaparecer en el viento.

»Todo ese frío rodeando tu cuerpo se va al instante y en su lugar sientes algo cálido recorriendo tu cuerpo. Te calienta desde dentro hasta abrazar cada parte de tu ser, como si fuera un pequeño pedazo del sol que Celestia levanta todas mañanas.

Recuerdo que sus ojos brillaban más que nunca cuando decía esas palabras, se notaba su nostalgia y su ilusión.

—¡Suena increíble! —dije sacudiendo mis alas de la emoción, aún eran demasiado jóvenes como para mantenerme en el aire.

—Hahaha, vaya que lo es, solo me hubiera gustado poder haberme traído una de esas cosas brillantes conmigo, en lugar de eso, comencé a perder el tiempo haciendo acrobacias entre ellas, agitándolas con la fuerza de mis alas. Volar en ese lugar es una experiencia inolvidable, te lo puedo asegurar, no obstante, nada es para siempre hijo mío. Llegó un momento en que, sin siquiera darme cuenta, mis alas se cansaron, entonces tu viejo terminó cayendo sin control.

Solté un grito ahogado al escuchar ese giro de los acontecimientos.

—¿Y qué pasó luego? —dije, mis cascos delanteros estaban sobre mi hocico, conteniendo el suspenso.

—Bueno, obviamente yo estaba cayendo estoico y sin perder la calma, tu padre siempre fue un pegaso de acción hijo. Sabía que tenía una oportunidad si podía adoptar la posición Doble-Flex-420 invertida, y retener el viento debajo de mis alas.

En medio del cuento, sentí una suave y extraña brisa sacudir mi pelaje desde arriba. Me di cuenta de inmediato quien había sido, ya que ese vuelo suave y cálido, moviendo viento de esa forma tan peculiar, solo le podía pertenecer a un solo poni…

—¿Otra vez echándole mentiras a tu hijo, amor? —Comentó mamá.

Aterrizó con suavidad en medio de la pequeña nube en la que estábamos ocultos mi padre y yo. Su pelaje dorado y largo crin rizado de tono crema, brillaban a la luz de la luna.

»Ya te he dicho que no lleves a New Wind tan alto hasta que aprenda a volar.

—Oh vamos, cariño —dijo mi padre, se acercó cabizbajo a ella, con un aire de culpabilidad—, no te preocupes, no dejaré que le pase nada malo.

—¡Sabía que era otra de tus historias falsas padre! —repliqué, girando el cuello—, llegar al Final del Cielo, como si fuera a creer eso. Ya tengo 6, no me engañaras tan fácil como cuando tenía 5.

—Emm, es una historia un tanto curiosa la verdad —exclamó mamá, luego alzó la vista, pensativa—, pero tu padre en verdad llegó al Final del Cielo, hijo.

—¿¡En serio!? —me había vuelto a ilusionar en un santiamén.

En ese momento, mamá me tomó entre sus cascos y me acarició la frente con una de sus grandes alas.

—Claro —me dijo, cubriendo su pequeña sonrisa con su otra ala—, solo que el final de la historia lo recuerdo un poco diferente. Tu padre caía sin control, pataleando y gritando como todo un…

—¡Macho! como un macho, hijo, ¡todo un semental en control!

—Si aja… —dije, con mis cejas torcidas, dudando por completo de sus palabras.

—Bueno —reiteró mi padre, después se aclaró la garganta un poco—, el punto es que mi gran estrategia no funcionó. Pero cuando ya había perdido la esperanza, sentí una fuerte ventisca cubriéndome, luego un par de alas me rodearon.

Papá extendió sus alas cubiertas de plumas azul fuerte, la ventisca que generó me sacudió todo el pelaje, y me empujó con la fuerza de un yack. Él siempre sabía hacer un buen ambiente a la hora de contar historias.

»Poco a poco fui cayendo más lento, hasta que llegué a tierra sano y salvo. Una increíble pegaso había amortiguado mi caída de una forma espectacular, usando solo la ventisca de sus alas y vestida en un flamante uniforme de los wonderbolts.

—Debió ser una gran y fuerte heroína —Solté, perdiendo el aliento. En ese momento, aleteaba como una mosca, emocionado.

—Yo la recuerdo más como un ángel. Lo primero que hice luego de ser rescatado, fue presentarme como todo un caballero antes esa hermosa yegua… luego me casé con ella y le di un gran y largo besito.

Papá frunció los labios, y al acercarse a mi madre hizo ese sonido chirriante que produces al apretarlos, me estremeció los huesos.

—Hugh —exclamé con repugnancia—, que asco.

Mi madre correspondió el pequeño beso, luego me subió a su lomo.

—Basta de historias nocturnas, mañana tienes que ir a la escuela.

—Sí mamá…

Bajamos de la nube planeando lento, el viento me acariciaba y se metía por debajo de mis alas, era muy agradable. Me podía quedar dormido ahí en cualquier momento, pero no lo hice de inmediato. Por alguna razón, que no recuerdo, decidí voltear a ver el cielo lleno de estrellas una última vez.

—Padre… ¿quisieras haberte quedado con una de esas luces?

No bajé la vista, solo me quedé tratando de imaginar cómo se miraría al llegar hasta donde papá había llegado aquella vez. Pensaba que sí desde la punta de Cloudsdale me sentía en la cima del mundo, tal vez me podría sentir en la cima del universo estando allá arriba.

—Por supuesto hijo, pero mis alas ya son muy viejas como para volver a intentar una hazaña como esa.

—Yo lo haré —levanté mi casco, triunfante—. Iré al Final del Cielo y bajaré una de esas pequeñas estrellas para ti, te lo prometo.

—¡Vaya! piensas en grande muchacho, nada mal, nada mal. Pero solo si la linda Heart Fire lo aprueba.

Mamá levantó un poco su cuello, rozó con su crin rizada mi frente.

—¿Llegar al Final del Cielo, eh? —mencionó pensativa—, Suena como a algo que mi hijo haría. Pero es muy difícil y tendrás que esforzarte mucho, ¿seguro que quieres algo como eso?

—¡Claro! —contesté emocionado—, cuando pueda volar por fin, practicaré para ser tan bueno como tú, mamá.

—Oye… ¿qué hay de mí?

Mi padre me miraba con las orejas caídas y grandes ojos húmedos, esa cara siempre me hacía reír un montón. Traté de ahogar la carcajada y le respondí entre dientes:

—Y también como tú, padre, eres tan genial como mamá.

Esa noche no recuerdo haber llegado a casa. En un punto cuando pasábamos la fábrica de arcoíris, sentí los párpados pesados. Dejé caer la cabeza sobre el suave pelaje de mamá, y antes de darme cuenta cedí ante el sueño. Si hubiera sabido que es lo que pasaría horas después, me hubiera quedado despierto con ellos toda la noche…

Nunca vi a mamá tan asustada, y a mi padre tan serio. Pasó en la madrugada, de aquellos momentos yo solo recuerdo fragmentos dispersos.

—¡Lo estás haciendo bien hijo! ¡Resiste!

Estaba sobre el lomo de mi padre, sujetó a su cuello, y trataba con todo lo que tenía de que el viento no me arrancara de ahí. Los relámpagos iluminaban a momentos un caos absoluto a nuestro alrededor. Se miraban tornados que arrastraban partes de Cloudsdale, como si fueran juguetes y las gotas de lluvia, enormes, dolían cuando te pegaban en el cuerpo.

—¡Hay que bajar más! —ordenó mamá, iba al frente, dirigiéndonos—, el viento está arreciando… ¡Cuidado!

De la nada una “cosa” me golpeó, fría y afilada. Lo primero que sentí fue un dolor punzante y horrible en una de mis alas, luego el viento arrancándome sin piedad de mi padre.

Caía en el inmenso vacío oscuro, soltando un alarido que se ahogaba en la tormenta. Hasta que un relámpago volvió a destellar, entonces alcancé a mirar la silueta de mamá y papá a la distancia, iban en picada por mí. Perdí el conocimiento un segundo después.

El bueno, el malo y la desafortunada (Parte 1)

Cierta mañana en Equestria, tan soleada, brillante y feliz como siempre, una unicornio trataba de avanzar por un camino lodoso a paso forzado, jalando una enorme carreta cubierta por un manto marrón. Sus pezuñas salían a duras penas del suelo limoso, solo para volver a hundirse en el siguiente paso.

Pero sin importar lo mucho que se esforzara en jalar, al mejor estilo de un poni terrestre, el vehículo de carga no se quería mover ni un mísero centímetro. Era difícil saber quién era más testarudo; la carroza o el unicornio.

—Si me ayudara Dr. Healer —dijo entre el forcejeo y relinchos—, sería mucho más fácil para mí, avanzar… Por… Este… ¡Lodo!

Justo cuando terminó de decir eso, sus cascos delanteros resbalaron. La pobre, solo pudo soltar un quejido ahogado antes de caer de cara contra el suelo. El lodo salpicó por todos lados, fue un golpe directo y húmedo, que dejó su rostro con un facial instantáneo, digno de un spa.

—Puaj, esto es horrible… —masculló la unicornio, escupiendo un poco de lodo. Después, trató de soplar un mechón de su crin rosa pastel con plateado, que le molestaba en un ojo, pero este solo regresó otra vez a adherirse a su cara con una altanera bofetada húmeda.

—¿Por qué haces tanto ruido Glass? ¡Estaba soñando con algo glorioso!

Una voz ronca se había escuchado desde dentro de la carreta, luego, un gran bulto se alzó debajo del manto marrón y comenzó a arrastrarse como un gusano, buscando la salida de la manta.

En tan solo unos segundos, la cara de un poni amarillo pálido se asomó por fin. Tenía las ojeras grandes y crin de un tono mostaza casi rapada. Su rostro era parecido al de un pequeño potro despertando de su siesta de la tarde.

—No sabía que usted soñaba —argumentó Glass con ironía, mientras se levantaba—, o dormía siquiera… Pensaba que era una especie de poni murciélago o algo por el estilo.

Ella generalmente no era muy respetuosa con su colega, pero sus palabras nunca eran una exageración, a fin de cuentas la ciencia le enseñó a ser objetiva en todo lo que hacía. El Dr. Healer literalmente no dormía, o al menos no en su presencia.

Glass tenía la teoría de que tal vez se había peleado con la princesa Luna, y está lo expulsó para siempre de la tierra de las afelpadas ovejas de nube. No sería exagerado pensar eso del Dr. Healer, teniendo en cuenta que ya tenía una riña con la princesa Celestia.

Sin embargo, ya para varias semanas de viaje desde Canterlot, se había enterado que ese extraño así como excéntrico corcel, era más normal de lo que parecía a simple vista. Lo vio comer, hablar con otros solo por placer y esa mañana, por primera vez, dormir. Esos actos que en otros ponis eran lo más común de ver, en este se convertían en una rareza. Pero también se dio cuenta de que como compañero de viaje, podía llegar a ser un verdadero dolor de pezuña.

—Por supuesto que sueño niña —contestó pesado el Dr. Healer—, y duermo también, y no es como que te incumba pero también hago del 1 y 2.

—Esa es una imagen sin la que podía vivir. Gracias.

La Joven unicornio ya de pie, usó su cuerno para hacer flotar un pañuelo desde su bata y se lo restregó en la cara, dejando ver su pelaje blanco ópalo debajo de todo ese lodo. Miró el trapo un segundo después escurriendo gotas marrones, no creía que el pedazo de tela fuera reutilizable luego de eso.

—El punto es que puedo hacer todas esas cosas, pero prefiero mantener tales “limitantes” al mínimo. Esas necesidades las suprimo en el interior de mi persona…

—Por favor, no diga “suprimir en el interior” en este momento —contestó Glass, desviando la mirada—. Aún pienso en lo del baño.

La yegua se sacudió un poco para aclararse las ideas, y trató de volver a jalar, pero sin éxito alguno de nuevo.

—Sabes que en el camino acá, nos encontramos con una unicornio azul paseando ligera con una carroza más grande en su espalda —comenzó a decir el poni amarillo—, así que no tienes excusa para…

El ruido de una cajita musical se metió en su discurso, era un pequeño recuerdo que habían comprado en su primera parada, y daba la señal que Glass esperaba con todo su corazón.

—Por fin, ¡el relevo!

—Genial… —masculló el médico, mientras se apresuraba a cerrar la caja.

Con un brillo en sus grandes ojos ámbar, la unicornio se quitó los arreos de inmediato, los cuales cayeron al suelo salpicando algo de lodo. Esas molestas cosas sobre su espalda le habían dejado manchas de óxido en la bata otra vez, pero no renegaría en esta ocasión. En lugar de eso, se encaminó hacia la carroza, pies ligeros sobre el barro, sin pensar en nada más que reposar sus flancos sobre algo.

En cambio, el Dr. Healer, después de un quejido que reflejaba toda la decidía y molestia por trabajar, que se puede contener en un poni, bajó. Su cuerpo era larguirucho y estaba vestido con un saco marrón bastante grueso, cuya abertura, dejaba mirar parte de una camisa azul palio con el cuello desarreglado.

No tenía el porte de un médico, ni trasmitía la confianza y seriedad que suele trasmitir esa profesión, sino que era un potro con apariencia desalineada y ojos azules sumergidos en unas grandes ojeras. Prácticamente la única razón por la que se le tomaría en serio en una clínica, era su cutie mark; la imagen de un enorme bisturí y una jeringa cruzados en forma de “X”.

—Recuérdame —mencionó el corcel—, ¿por qué nos turnamos para jalar esto?

—Porque la princesa Celestia me hizo a mí la encargada de este viaje —contestó la unicornio, esforzándose por subir a la carreta—, y creo que es justo que cada uno jale el equipaje en partes iguales. Aunque la verdad casi todo son sus tratos raros.

—Si por “trastos raros” te refieres a equipo médico de última generación, entonces sí, son mis trastos. Aparte, ¡justo mis flancos! Si tú únicamente avanzas un poco más de la mitad de lo que yo.

—¿Tal vez es porque usted es terrestre? —soltó Glass con ironía.

—¿Y solo por eso me haces trabajar? ¿A mí, un anciano cansado y débil? Debí haber viajado en un portal de tiempo o grieta dimensional mientras dormía, porque he vuelto a la época de la esclavización de los terrestres a pezuñas de los unicornios imperialistas.

—Sí, lo que diga, opresión y todo eso… Menos charla y más pasos, ¿cree que no sé que solo hace tiempo para jalar menos?

El gran corcel caminó de mala gana y comenzó a ponerse los arreos metálicos. Una de sus patas delanteras se miraba cubierta por vendas en su totalidad. ¿Estaba herido? Ni Glass lo sabía, y cuando trató de preguntar fue mandada amablemente al tártaro por parte del Dr. Healer. Al parecer era un tema que a él no le gustaba mucho tratar, sin embargo, si nunca lo usaba en su arsenal de excusas para evitar el trabajo, no debía ser algo tan grave.

La unicornio por su parte, ya arriba de la carreta, fue directo a la parte trasera, que era donde estaba el equipaje más mullido. Pero justo antes de ponerse cómoda sintió un tirón que la hizo tambalearse por reflejo. Sus músculos chillaron al tensarse de golpe, casi amenazando con acalambrarse.

—¡Avise! —soltó con ira.

El Dr. Healer había comenzado a avanzar. Pese a su edad y todo el dramático acto, este podía mover la carroza sin mucha dificultad, desatascando las ruedas de donde ella no pudo.

—Tan fácil como quitarle un dulce a un potrillo —exclamó el poni amarillo, con su frente en alto.

—Presumido.

Glass se dejó caer muerta del cansancio sobre la cama improvisada. Suspiró pesada, en parte por el Dr. Healer y en otra por el dolor. Aunque pensaba que ya se había acostumbrado al trabajo duro para ese punto del viaje, las patas le punzaban como en el primer día de camino y sus músculos se quejaban con cada movimiento, una cortesía de esforzarse demás para desatascar la carreta supuso. Así que sin un hechizo en su conocimiento para aliviar la fatiga, solo le quedaba recostarse a descansar.

Se tardaron unos cuantos minutos en salir de la zona lodosa, entonces, la unicornio ya más relajada, revisó un poco entre el equipaje y sustrajo un gran pergamino (todo con magia por supuesto, ni de broma usaría sus pezuñas por un buen rato). Lo sostuvo frente a sí y lo extendió. Se trataba de un mapa de casi toda Equestria, algunas tachas rojas estaban en las ciudades de Ponyhattan y Las Pegasus, pero Canterlot tenía tantas, que casi parecía que se les corrió la tinta por error.

«Si se ensañó mucho después de todo», pensó la yegua, después lanzó la mirada al frente de la carreta.

—¿Y bien, ahora a dónde nos dirigimos? —preguntó.

—Vamos a Littleclouds.

—¿Littleclouds? ¿Eso existe?

—No, te lo digo seguramente porque se me acaba de ocurrir —respondió sarcástico el Dr. Healer—. De ser así le hubiera puesto un nombre tal como “Cumulonimbus” o “Eye of the Storm”. En vez de ese que me recuerda a un asilo para tirar ponis viejos. Revisa el mapa, en la parte de abajo, cerca de Ponyville. Por cierto, ya que andas en eso, también tacha ese último.

Glass peinó el enorme papiro con la vista hasta que dio con el lugar, ahí estaba, justo donde había dicho el Dr. Healer; la marca de un pequeño pueblo en medio de las montañas, tan diminuta, que se confundía fácilmente con las señales de bosques y cerros a su alrededor. Al paso que iban, seguro llegarían al mediodía. Sin embargo, al poner el marcador rojo sobre la locación que debía tachar, la unicornio chasqueó su lengua.

—Me hubiera gustado quedarme un poco más de tiempo en Ponyville —se lamentó la yegua, luego, tachó el nombre—, era muy agradable el lugar.

—Ja —exclamó áspero el Dr. Healer—, ¿Estás de broma? Ese sitio está maldito.

Glass asomó la mirada por el borde del mapa, sus cejas estaban torcidas en una obvia expresión de duda.

—¿Cómo puede un lugar tan adorable estar maldito? —preguntó, incrédula.

—Desde que cierta alumna de la princesa Celestia fue a vivir allá, ese lugar ha estado infestado de catástrofes. Cosas como el regreso de Nightmare Moon, también el del dios del caos, entre muchas otras. Incluso la pelea final contra Tirek fue ahí.

—¿¡Esa cosa gigante que se chupó toda la magia de Equestria!?

—Sep*. Ese mismo. Yo soy un médico, no un superhéroe, tenemos suerte de que alguna criatura monstruosa o supervillano, no se le haya ocurrido invadir ese pueblo en lo que estuvimos ahí.

Un escalofrío recorrió el lomo de la unicornio. De repente, la idea de haberse quedado no parecía tan atractiva, a pesar de que la tienda de pasteles fuera genial y esa poni rosada muy agradable. Aparte, lo que buscaban no estaba ahí, o bueno, más bien a quien buscaban.

Aunque no todo fue tiempo perdido en ese lugar, ya que una pegaso gris (con ojos “interesantes” según el Dr. Healer), les dio una buena pista. Al parecer, había la posibilidad de que la respuesta a sus problemas estuviera viviendo allá, en Littleclouds.

Capítulo 2: El bueno, el malo y la desafortunada. (Parte 2)

El abuelo Light gustaba de un rico café humeante. De esos de los que brotaban una estela de vapor que prácticamente podías saborear. Los mejores granos de Equestria, machacados por las pezuñas de los terrestres más fuertes.

Tomaba con gusto, a pesar de que el medio día había pasado ya hace algunas horas, y el ambiente tan caluroso como húmedo en Littleclouds se dejaba sentir bastante fuerte. Con esas condiciones, podría parecer algo de locos lo que el Abuelo hacía, pero un cargado y caliente café, lejos de amplificar la sensación de calor, por alguna razón te hacía sentir más acorde con el clima. Era una sensación muy relajante.

Estaba cómodo, recargado en el barandal de su balcón, aquel cuyo crujir bajo su peso lo recibía como un viejo amigo. Desde ahí tenía una vista panorámica del pueblo digna de una postal, la cual enviarías sin duda a un familiar en una enorme ciudad lejana, para que saboreara con la vista una vida simple pero hermosa.

Las casas estaban construidas en su mayoría sobre los árboles, conectadas por puentes de madera. El lugar parecía diseñado, como para fascinar a los potrillos que siempre soñaron con una casa del árbol. Pero había una buena razón para eso, dado que el suelo estaba cubierto por agua pantanosa. Un pantano profundo que el cimiento de ninguna estructura resistiría.

Los ponis solían trasportarse con canoas. Tanto para desplazarse como para llevar cosas de un lado a otro. Comida, suministros, medicinas, los hijos a la escuela pública. De todo. Aunque para él una balsa no era indispensable, ya que a fin de cuentas era un pegaso, y aunque sus alas ya estaban bastante viejas, aún las desempolvaba cuando era necesario llevar una carta. Se sentía tan agraciado en el aire como una hoja de otoño.

La Oficina Postal de Littleclousd, aparte de repartir el correo a toda esa región apartada, también funcionaba como su hogar. La estancia ahí le gustaba bastante, lejos de todo. Era tranquila y apacible. Se sentía casi como una jubilación para él. Pero esa atmósfera que tanto disfrutaba, desapareció de golpe cuando otro pegaso pasó de repente por el balcón, dejando una ráfaga de viento tan poderosa, que la tasa salió volando de sus cascos

En tan solo una fracción de segundo, la delicada degustación pasó a ser algo más “intrusiva” para su gusto. Entonces sus ojos se abrieron como platos; El café había bañando su cara, manchando parte su traje de cartero y estaba caliente, muy caliente.

—¡¡New Wind!! —gritó el viejo pegaso. No debió ver quién fue el responsable y ya podía nombrarlo.

—¡Son abejas flash!

La voz del intrépido pegaso se escuchó a la distancia, haciendo eco en el bosque. Un momento después, el abuelo Light vio la mancha de insectos dorada y azul pasar de golpe.

Un panal estaba enredado entre las correas de la enorme bolsa de cartas que llevaba New Wind, agitándose de un lado para otro y detrás de él, un ejército de abejas flash lo perseguía implacable, se miraba tal cual dirigiera una orquesta en marcha con zúmbante melodía. Ellas querían su miel de regreso, y el joven pegaso no quería que lo atacaran con dolorosos piquetes eléctricos, ambos objetivos divergentes concluían en una persecución más que inusual.

Wind, extendiendo sus alas un poco para planear entre ramas, se movía bastante rápido de árbol en árbol. Pasaba lo suficientemente cerca de las cabañas como para mirar a las personas dentro, e incluso, tomó un pan tostado del desayuno de algún poni al azar y se lo comió de un solo bocado. Estaba aderezado con miel, oh, la ironía.

El enjambre no le podía dar caza, ya que la práctica diaria le hacía ser inalcanzable en ese terreno. Pero el bosque no era eterno y al ver a la distancia, la zona donde el sol pegaba con más intensidad, sabía que pronto se quedaría sin árboles. En campo llano sería presa fácil para ese enjambre enojado. Podría haberse tirado al agua, pero eso implicaría perder sus cartas y no permitiría que eso pasara… de nuevo.  

Casi llegando al límite de los árboles, decidió jugársela con todo; en la última rama aterrizó diferente, cuerpo de lado, patas flexionadas y lomo agachado. Gracias a eso logró frenar de golpe, entonces, la inercia agitó la bolsa como un látigo hacia enfrente, haciendo que el panal saliera catapultado por los aires.

Las abejas flash pasaron como un tifón por un costado de él, iban tras su preciado hogar, y mientras se alejaban le dedicaron una mirada colectiva que decía algo como: «La próxima vez no tendrás tanta suerte, mamífero emplumado»

New Wind, viendo como su proeza había funcionado, mantuvo una gran sonrisa, pero cuando vio hacia dónde se dirigía el panal, su sonrisa se fue cayendo poco a poco, hasta transformarse en una expresión de susto.

Glass ya se sentía mucho más descansada y lista para la acción. Los relevos a través del día le habían sentado bastante bien, e incluso tuvo tiempo de refrescarse en un lago. Justo entonces la caja musical sonó otra vez.

—Así no tiene chiste —dijo el Dr. Healer, con una expresión de asqueo—, ya llegamos.

—No es verdad —se apresuró a contestar la unicornio—, aún faltan un poco para llegar al pie del bosque.

—¿Un poco? Más bien un nada, está tan cerca que hasta puedo oler la madera desde aquí. Exijo que retrocedas la distancia necesaria para poder avanzar tu parte.

—No sea llorón, no es como que yo haya querido que resultara así. Aunque tampoco me quejo…

Glass bajó de la carreta, comenzó a caminar segura y con una gran sonrisa radiante. Estaban a tan solo unos escasos minutos de llegar por fin a otro pueblo y esa vez, no tendría que jalar casi nada. Era la primera ocasión en que el sistema de relevos funcionaba a su favor en ese viaje.

—Le prometo que no lo defraudaré en todo este trayecto, aunque sea una unicornio.

La yegua, en son de burla, hizo una pequeña reverencia frente al Dr. Healer, pero entonces, su cabeza desapareció de repente, reemplazada por un panal que al parecer llegó volando de quien sabe donde. El golpe fue tan rápido como certero, e hizo que la miel se derramara por todos lados con un sonido acuoso y repugnante.

El Dr. Healer, aún con la sorpresa, se quitó los arreos. Caminó con cautela para revisar a su colega, que había acabado desparramada en el suelo luego de tambalearse un poco.

—Parece que los lugareños, tienen una forma muy interesante de recibir a los forasteros —dijo, mientras le daba golpecitos al panal con su casco vendado, hasta que la unicornio reaccionó con un gran bufido.

—¿¡Qué cuernos es esto!? —exclamó confundida, mientras se ponía de pie con movimientos torpes.

Su nuevo casco dorado y delicioso, se le había enterrado hasta el cuello, ahogando un poco su voz, y liberando una capa de miel que resbalaba lentamente por su pelaje. Era tan incómodo como se veía, pero por más que trataba, no se lo podía sacar. El Dr. Healer por su parte, lamió un poco de la sustancia dorada gelatinosa que le quedó en su casco.

—Al parecer es un panal de abejas —sus labios tiritaban, saboreando lo más posible, hasta que logró ubicar el peculiar sabor—, y de abejas flash…

—¿¡Y eso qué quiere decir!? —Glass aún no podía sacarse esa cosa.

—Que la miel cubriendo tu cuerpo es un valioso remedio para una enfermedad rarísima, un acondicionador excelente para la crin, y que es mejor que corras. Las abejas flash son muy agresivas.

La unicornio solo podía ver un poco por el hoyo del panal, pero fue suficiente como para mirar a su colega correr de repente hacia la carreta, y ocultarse bajo el manto. Eso era una mala señal, muy, muy mala, ese poni era todo menos un idiota, si escapó era por algo.

Glass no tardó mucho en saber el porqué.

Lo primero que escuchó fue el zumbido del enjambre completo detrás de ella, cuando volteo, su campo de visión se llenó del amarillo con azul de los insectos, entonces sintió la primera descarga en el trasero. No necesitó otra cosa para emprender el trote más rápido de toda su vida.

—¡Corre al agua niña o si no morirás! —advirtió el Dr. Healer desde debajo de la manta.

—¿¡Es en serio!? —Glass corrió aún más aprisa.

—¡No! ¡Pero la verdad es más fácil solucionar lo que pasará si te tiras al pantano, a lo que pasará si el enjambre te sigue picando!

—¡Aww! ¡Lo que me faltaba!

—¡Ve el lado bueno querida! ¡Luego de esto la carreta te seguirá esperando para que la jales!

Desde la distancia, New Wind miró a la unicornio emprender una carrera en línea recta, directo al pantano, con el enorme enjambre detrás soltando chispazos ocasionales contra su cuerpo. «Eso tiene que doler», pensó, sintiéndose culpable y con su hocico en forma de “O”. No obstante, desde ahí, alcanzó a notar un obstáculo en la carrera de la yegua.

—¡Cuidado con esa rama! —gritó desde su árbol.

Sin embargo, la advertencia fue inútil. Aquella poni ya para ese punto, no escuchaba nada aparte de zumbidos, descargas eléctricas y sus propios gritos. Así que el golpe contra aquel firme pedazo de vegetación llegó sin previo aviso, directo en la cabeza. Vio estrellas por una fracción de segundo antes de dar un giro en el aire, para luego aterrizar de cuerpo tendido en el pantano.

El agua no era muy profunda en ese sitio, y hasta llegaba a ser un poco refrescante en su cuerpo, pero Glass se hundía inmóvil, como un ladrillo, aturdida al punto de no saber qué había pasado en realidad. No fue hasta que sintió el fondo en su espalda, que pudo diferenciar la mancha amarilla brillante de esos temibles insectos partiendo del lugar, eran incapaces de nadar.

Unos cascos la sacaron del agua un segundo después.

—Oye… ¡Oye! ¿Puedes escucharme?

El Pegaso la sacudía de un lado para otro, su cabeza aún estaba dentro del panal.

—Las mezclas, tienen que ser heterogéneas, porque si no —comenzó a decir Glass, tambaleándose de un lado a otro, su cabeza se dejaba caer como si trajera peso extra—, la solución dentro del matraz no generará… ¡Pan de maíz!

—¿Qué?

—Sí, ya sabes, el pan que es brillante y dorado, como el lindo solecito de la mañana…

Glass hablaba como borracha, levantaba ambas pezuñas al aire y soltaba alguna que otra risa.

—Está delirando. Es normal si tomamos en cuenta todas esas picaduras eléctricas y el buen golpe que se dio.

El Pegaso de color azul volteó en dirección a esas palabras, hasta que sus ojos se encontraron con el Dr. Healer, parado a la orilla del pantano. Un maletín cromado se veía sobresalir de una de sus alforjas y algunas manchas amarillas resaltaban en su traje.

—¿Es su amiga?

—Conocida más que otra cosa, viajamos juntos —contestó el terrestre, al tiempo que introducía con cuidado un casco en el agua—. Aunque oírla hablar de pan de maíz hizo que se me antojara. Sabes, no he comido aún.

—¡Mira! ¡Mi cabeza, es deliciosa! ¡Hahaha! —la unicornio, luego de decir eso, terminó por darle un gran abrazo a Wind, y resbalar lentamente junto con la miel que se desbordaba.

—¿Y qué hacemos ahora? —dijo el corcel alado, ya sonrojado.

—Pues si tanto te interesa, podrías guiarnos hasta una panadería o restaurante rural cercano, estoy seguro de que aún podemos conseguir algo de pan de maíz…

—¡Me refiero para ayudarla a ella!

—A si claro. Tienes razón. Glass es la que guarda mis ahorros. No podemos comprar el pan sin ella. Está bien, lo primero que tenemos que hacer es quitarle ese panal de la cabeza. La miel y las casas de esas abejas tienden a endurecerse con el agua fría, quedan inservibles para ellas. Generalmente es algo inofensivo en cualquier poni, pero por donde se encuentra este panal, podría ser peligroso para esa pequeña unicornio.

El Pegaso, en cuanto escuchó la palabra “peligroso”, le trató de levantar la molesta bola amarillenta de la cara tirando con fuerza, pero sin resultado alguno.

—Lo siento Señora, no era mi intención…

—¡¡No soy una señora!! Si apenas estoy en la flor de mi juventud. Pero no he tenido novio… AÚN.

New Winds notó que el panal junto con la miel se pusieron un tanto más duros y pegajosos.

—Parece que ya empezó —mencionó el Dr. Healer—. Yo puedo quitárselo, pero necesito un lugar más “adecuado”, ¿tienes donde atenderla?

New Wind asintió sin pensarlo dos veces.

 

Capítulo 3 – El paciente especial

Era el segundo café del abuelo Light y se lo volvieron a arrojar en la cara, esta vez, fue debido a que la puerta de la Oficina postal se había abierto de golpe frente a él. El rostro del viejo, que por lo general era de un violeta oscuro, se puso tan rojo como un tomate, sin embargo, al ver la extraña escena que le siguió al portazo, su expresión de ira cambió por una de duda. New Wind estaba entrando al lugar, pero sobre su lomo yacía una poni totalmente desconocida, y eso de su cabeza… ¿era un panal?

—Acuéstala sobre la mesa —dijo el Dr. Healer, iba detrás del chico.

—¿¡Y ahora qué pasó!? —refunfuñó el viejo.

El doctor, tomó el maletín de su alforja con el hocico, lo arrojó al frente y contestó:

—No hay tiempo viejo, necesito que ayude a sujetar esa poni.

—¿Ya tengo un novio? —preguntó Glass, antes de volver a dejar caer su cabeza en el lomo del pegaso—. Quiero pastel de fresa…

El Abuelo Light tenía razones válidas para estar irritado esa tarde: el café había calentado su rostro ya dos veces consecutivas, unos ponis extraños estaban haciendo desastre en el negocio, y para rematar, ahora se le había antojado un trozo de pastel de fresa, ¡y no tenía ninguno! Pero todo cambió, cuando se dio cuenta de la expresión angustiada de Wind.

Con esos ojos rojizos entrecerrados, junto con las orejas caídas, el joven pegaso era la viva imagen de aquel amado hijo del abuelo Light. Por más cascarrabias que fuera, el viejo no podía mantenerse estoico ante ese rostro, así que sin hacer muchas preguntas, terminó haciendo caso a las órdenes del misterioso corcel en saco.

Después de que quitaran todos los papeles, Glass terminó acostada bocarriba sobre la mesa en medio del cuarto. El abuelo la sostuvo por los hombros y New Wind sujetó el panal, inmovilizándole la cabeza. El Dr. Healer por otro lado, abrió su misterioso maletín y a la vista de todos, sacó una sierra.

El aparato era corto, con una agarradera especial para tomarse con el hocico y un gran botón rojo en un lado. Pero lo que intimidaba de esa cosa era un disco de color cromo, que sobresalia de la parte frontal lleno de dientes brillantes y muy afilados.

—¿Es seguro usar eso? —preguntó el abuelo, abriendo los ojos más de la cuenta.

—No se preocupe por mí viejo, soy un profesional entrenado —el poni amarillo revisaba los dientes metálicos con rostro calmo—. Es más probable que ella salga herida, a que lo haga yo.

—¡Pero si a eso no me refería!

El Dr. Healer ya enfrente de su paciente, tomó la sierra con la boca y la encendió, en ese instante, la máquina comenzó a generar un ruido metálico estridente que resonó por todo del lugar.

Un poni terrestre de color ladrillo, caminaba hacia la oficina postal de Littleclouds sosteniendo una carta en su hocico. Despreocupado y feliz, tarareaba una canción (la cual mostraba cierta semejanza al intro de un show con temática sobre a la magia de la amistad).

La familia de él vivía en la gran ciudad, lugar de edificios altos, luces brillantes en la noche y caminos que de hecho, no estaban inundados por el pantano, debido a lo cual se comunicaba con ellos por medio del correo. No eran más que conversaciones casuales de cómo le iba en su trabajo, con su esposa o qué platillos sabrosos comía; cosas de todos los días.

Sin embargo, lo primero que vio al entrar por la puerta de La oficina postal, fue al Dr. Healer, precipitándose con su sierra y una cara de maniático contra el panal el en la cabeza de Glass. Los dientes del disco se encajaron con fuerza en la superficie curva amarillenta; «splash», la miel comenzó a volar por todos lados con un escándalo sonando de fondo.  

Se veía tal cual una película de terror.

El pobre poni terrestre trató de recordar si había despertado aquella mañana, tal vez esa era una extraña pesadilla. Es decir, estaba desnudo en público, creía haber escuchado que esa era una señal muy clara de estar soñando.

«¿Pero qué no estamos desnudos la mayoría del tiempo?», se preguntó durante su lapsus mental, no obstante, un instante después y aún con su carta en el hocico, decidió que no era el momento más oportuno para cuestionar los hábitos de desnudez de la población en general, o mandar correspondencia. Por lo que con los ojos muy abiertos y las orejas caídas, decidió cerrar la puerta e irse lentamente. Ya regresaría otro día.

Por otro lado, el doctor, con una destreza semejante a la de un escultor de hielo trabajando en su obra maestra, movía la sierra de un lado para otro. La miel junto con los pedazos de panal pronto comenzaron a cubrir gran parte del suelo así como de la mesa también, y al cabo de unos minutos, New Wind pudo retirar los cascos con dos grandes trozos de la colmena pegados en ellos. La cabeza de Glass era libre por fin.

Al apagar la sierra, el ruido del aparato también dejó de chillar en los oídos de los pegasos. La paz y tranquilidad imperaba otra vez, no obstante, la habitación quedó hecha un desastre; el líquido dorado pegajoso estaba por todos lados, incluso en el techo. Parecía como si el panal, tratando de contener un gigantesco estornudo, hubiera explotado por la presión.

New Wind, junto con el abuelo Light, terminaron bastante manchados también, respiraban aprisa, casi se les salía el corazón, «¿qué tan cerca estuvo de cortarla?», se preguntaban perplejos.

—Ahora podrá respirar sin problemas —comentó el Dr. Healer, al igual que los pegasos, se notaba un poco cansado—, pero aún está mensa.

—¿Ya llegamos? —preguntó Glass, alzando la cabeza. Su crin brillante le cubría gran parte de la cara, ya que caía por el peso de la miel y algunos pedacitos de panal que resistían dejarla—, ¿no hemos llegado aún verdad? ¡Siempre trotas muy lento mamá!

El abuelo Light, supuso que ya no había necesidad de sostener a la yegua, así que retiró los cascos.

Lo primero que hizo Glass al ser libre, fue acurrucarse en la mesa, como si de una cama se tratara. Cuando ya estaba tan cómoda cual potrilla en su cuna, articuló una gran sonrisa y dijo:

—Gracias mamá, siempre quise quedarme y no ir a la escuela.

—¿Cuánto más se quedará así? —preguntó Wind.

El doctor, que ya había vuelto a su maletín, comenzó a buscar entre sus cosas. —Unas horas —comentó, sin asomar la cabeza de su equipo—, pero podría ser menos tiempo, si tenemos suerte.

El terrestre se volvió de nuevo a los dos pegasos, en su hocico sostenía una botella de vidrio con un elixir verde fosforescente dentro. Caminó con cuidado y dejó el recipiente en suelo a un lado de la mesa.

—¿Qué rayos es eso? —preguntó el abuelo Light, con mucha desconfianza.

—Medicina por supuesto, después de todo soy un doctor —cuando el poni terrestre le quitó el corcho a la botella con la boca, ambos pegasos arrugaron la nariz; el líquido olía horrible y despedía un tenue vapor morado—. Verán, cuando visitamos Ponyville, conocí a una cebra que venía de una tierra lejana, la cual resultó ser una curandera tradicional. Fue muy interesante platicar con ella, en especial porque compartió unos cuantos de sus remedios. Este en particular, me gustó bastante por cómo lo nombró, le llamaba: “levanta muertos”.

—Levanta… ¿muertos? —pensó Wind en voz alta.

—La cebra me aseguró que un poco de esta receta, puede despertar a cualquiera de un desmayo al instante, o en este caso, un estado alterado de la mente. Averigüemos si no mentía.

Si bien usar esa cosa no era lo más ortodoxo del mundo, el Dr. Healer no perdería la oportunidad de probarlo, además, de funcionar, su colega estaría lúcida lo más rápido posible. Todos ganaban, según él. —Oye Glass —dijo con una sonrisa traviesa—, tu mami me encargó que te diera tu pan de maíz, di: “aaaahhh”.

—¿En serio? ¡Gracias!

La unicornio, aún acostada, abrió la boca con gusto, pero en lugar del delicioso trozo de pan que tenía en mente saborear, un chorro de la sustancia verde le cayó dentro del hocico. Cuando el líquido espeso recorrió su garganta tal cual fuera un tobogán, sus ojos se expandieron como platos, se llevó los cascos al cuello y comenzó a retorcerse mientras tenía un ataque de tos. Al cabo de unos segundos, se quedó callada e inmóvil de golpe.

«¡La mató!», pensaron los dos pegasos al tiempo, pero antes de que alguien moviera un casco, Glass se levantó de repente.

—¿¡Qué, qué, qué pasa o qué!? —dijo la yegua, girando el cuello de un lado a otro.

—Nada Glass —le informó el doctor—, al parecer te salve el flanco.

—Siento como si la cabeza me fuera a explotar.

La científica, cabizbaja, se llevó un casco a la frente, solo para no poder despegarlo después debido a la miel. Suspiró un poco frustrada y preguntó:

—¿Dónde estamos?

—En la Oficina postal de Littleclouds —explicó el joven pegaso, luego, avergonzado, agachó la mirada—. Lo siento, lo que te ocurrió con el panal fue mi culpa. Estaba tratando de deshacerme de él y por accidente lo arroje en tu dirección.

Wind, en el mismísimo instante que dijo eso, sintió un golpe en la nuca. El abuelo Light no se había contenido en lo absoluto al darle un merecido coscorrón.

—Por eso te he dicho que tengas cuidado cuando planees entre las ramas en medio del verano, ¡las abejas flash abunda en esta época del año!

—Lo siento abuelo, no volverá a pasar —dijo Wind, sobándose la nuca. Tuvo que juntar su gorra del suelo pues el coscorrón se la había tirado—, eso sí que dolió.

—¡Pues para eso lo hice! Espero que esta vez ese “no volverá a pasar” si sea verdad nieto y uses una balsa para salir del bosque. En cuanto a esto, señorita, emm…

—Shining Glass —completó la yegua—, ese es mi nombre, pero pueden llamarme únicamente Glass si quieren, y mi colega, que ya tuvieron el gusto de conocer pero seguramente no se ha presentado aún, es el doctor Heavy Healer.

El poni terrestre se limitó a levantar su pata vendada en forma de saludo. No les dirigió la mirada, porque estaba muy ocupado revisando su sierra en el suelo.

—Señorita Glass, Dr. Healer, mi nombre es Light Feather y mi nieto, este pegaso torpe, se llama New Wind, es un placer conocerlos. Si hay algo que podemos hacer para compensar esto que le ha hecho mi muchacho, solo háganoslo saber.

—No se preocupen, fue un accidente —dijo la unicornio, mientras se trataba de despegar la pezuña de la frente—, aparte de esta jaqueca y el desagradable sabor a podrido en mi boca, estoy bien.

Después de un fuerte tirón, el casco por fin se despegó de ella, pero sintió otra punzada de dolor al instante, no le fue muy difícil descubrir la razón, ya que sobre su pezuña podía ver un poco de pelaje arrancado, pegado con miel. —Aunque… —mencionó luego de una rápida reflexión—, si me pudieran dar algo con que limpiarme, estaría muy agradecida.

Glass y el Dr. Healer recibieron unas cubetas anchas llena de agua caliente con un par toallas, y mientras los dos carteros limpiaban todo el desastre, ellos fueron al balcón trasero a asearse.

La unicornio usaba magia para manipular la toalla y restregarse el cuerpo con cuidado. Su bata, ya lavada, estaba secándose al aire libre colgada desde barandal del balcón, así que su cutie mark estaba al descubierto; era la imagen de un cristal de corte cuadrado artesanal, con un ligero brillo color ámbar en su centro, muy similar al tono de sus ojos.

El doctor por su parte, usaba la toalla para eliminar cualquier rastro de esas sustancia pegajosa en su sierra.

—No entiendo por qué me diste ese elixir tan horrible —comentó la unicornio—, con unas cuantas horas de sueño me hubiera recuperado también, pero sin este sabor a zanahoria podrida en mi boca.

—Fue por dos razones muy importantes mi pequeña compañera: la primera era porque te necesitaba cuerda lo más rápido posible y la segunda, es debido a que estabas…

El doctor contó toda la mini aventura, aderezando el relato con una imitación muy buena de Glass soltando todas esas frases aleatorias a cada rato.

—¿¡En serio dije todo eso!? —preguntó la yegua, sosteniéndose la cabeza. Debido a su pelaje blanco, era muy fácil ver que estaba bastante colorada.

—Lo del novio fue lo más divertido —el doctor no pudo contener una leve carcajada. Era casi con lo único que se podía ver a ese poni reír, con la humillación ajena.

—Awww, ¿y ahora cómo me van a creer una científica sería en este lugar?

—Lo que yo me pregunto es si te volverías a poner así emborrachándote —Heavy iba a soltar una carcajada aún más fuerte, pero lo interrumpió la toalla de Glass impactándole en toda la cara—, muy maduro de tu parte.

—Bueno, al menos ya estamos aquí —la unicornio caminó hacía su bata—, le preguntaremos al abuelo donde podemos encontrar hospedaje, después iremos por la carreta y ya instalados, haremos lo de siempre.

—¿Te refieres a que yo haga consultas a bajo costo, mientras tú vas por ahí a pasear?

—Se llama buscar información por si no sabias. Irías también tú, si te gustara socializar con ponis en general.

Durante la conversación, la puerta que daba a la oficina postal se abrió, dejando ver un abuelo Light con el uniforme de cartero ya limpio. Wind, detrás de él, iba sosteniendo en su lomo una charola con un frasco de azúcar, un tarro de leche y cuatro humeantes tazas de café.

—Todo está en orden de nuevo —dijo el viejo—, tuvimos que sacar el tapete, pero al menos nos quedó bastante caramelo, podremos endulzar tazas de café de aquí hasta el día de Los corazones cálidos.

Todas las construcciones sobre los árboles en Littleclouds, eran de tonos marrones y verdes oscuros, se sentían naturales, mezclados efectivamente con el bosque pantanoso. Aquel balcón donde estaban no era la excepción: ancho piso de madera en forma de medialuna, barandal curvo simulando una enredadera, y un lindo juego rústico de cuatro troncos cortados a modo de sillas, los cuales estaban en torno a una mesa hecha también en madera. No era lo más cómodo del mundo para descansar, pero Glass agradecía tener un lugar lindo para reposar que no estuviera lleno de lodo, o fuera esa carreta atiborrada de los trastos y menjurjes del doctor.

—Me alegra que todo se resolviera, y gracias por darme algo con que limpiarme, fue de mucha ayuda —la unicornio estaba impresionada de que su bata se hubiera secado tan rápido. Feliz, volvió a cubrirse el cuerpo con ella y después comenzó a amarrarse una coleta en su crin, ya que debido a todo lo que pasó, estaba estropeada por completo.

—No hace falta agradecer —contestó el abuelo Light, agarró con calma una de las tazas que su nieto había dejado sobre la mesa—. Tomen un café si gustan, eso les dará energía.

Glass se sentó a la mesa, agarró una taza por cortesía y le echó bastante azúcar. Para ella era raro que con tanto calor, tomaran algo caliente, pero el doctor no se reprimió en la absoluto; en cuanto tomó su taza, le dio un enorme trago con los pocos modales característicos de él.

—¿Van de paso? —preguntó el abuelo, para romper el hielo.

—No, nos quedaremos por un tiempo en el pueblo —contestó la científica, luego, dio un pequeño sorbo a su café, le quedó tan dulce como le gustaba—, tenemos algo que hacer por parte de un decreto real.

—Guau, un decreto real —exclamó Wind—, debe ser una tarea muy importante.

—No te emociones muchacho —contestó el doctor, negaba con la cabeza—, es solo una forma elegante de decir “trabajo”. Aunque pensándolo bien, a mí prácticamente me están obligando a esto, mi caso es algo así como esclavitud pero bajo amen…

—¡Bajo contrato! —intervino Glass callando terrestre con la pura mirada—, él quiso decir que está bajo contrato. Somos un equipo enviado por la princesa Celestia del instituto médico de Canterlot, en busca de un paciente, uno muy especial.

—¡Vaya!, eso no se ve todos los días por acá —dijo el abuelo, antes de por fin poder probar su café, al parecer el tercer intento del día fue exitoso—. Si él vive aquí, nosotros le podemos ayudar a localizarlo. Conocemos a todos en el pueblo.

—Es complicado —replicó el doctor—, no tenemos registros de él, y casi ninguno de su familia. No sabemos cómo es o cómo se llama.

—¿Cómo los buscan entonces? —preguntó Wind, mientras agregaba un cubo de azúcar a su café.

Al escuchar esa pregunta, el doctor bajó su sierra y se inclinó en la mesa dejando reposar sus codos. El mueble generó un chillido debido a la presión.

—Esa es una pregunta muy interesante —contestó el terrestre—, hay tres requisitos que tenemos que saber. El primero es que tiene que ser un pegaso y ese, obviamente, ya lo cumplen ustedes dos.

El doctor se tomó un momento para darle un segundo trago a su taza, cuando ya hubo tomado hasta la última gota de la bebida energizante, la bajó con fuerza. El ruido de la cerámica contra la madera, hizo que los dos pegasos pusiera todavía más atención, entonces el Dr. Healer, continuó:

—Pero el segundo por otro lado, es menos común: el pegaso que estamos buscando, no puede volar. Hasta donde sé por el momento, ese requisito solo cumple el muchacho.

Glass al escuchar esa declaración, escupió su café de la impresión. —¡Es ridículo! —objetó, con el hocico aún goteando—, se mira que New Wind es un pegaso sano. Aparte, usted me dijo que lo vio volar cuando descendió hacía a mí.

—Dije “planear”, no “volar”, ósea, como dicen algunos, caer con estilo, y por la forma en lo que lo hizo, sugiere que tiene una lesión en el lomo, por algún lugar encima de su ala derecha, muy cerca de la columna vertebral. Esa herida tuvo que ser demasiado peligrosa en su tiempo. Aparte, el abuelo le dijo que usara una canoa en lugar de simplemente volar por encima de los árboles, como cualquier pegaso con capacidad de vuelo lo haría en primer lugar.

—Me impresiona que lo haya descubierto solo con verlo planear una vez doctor —dijo el viejo con un tono ya más serio—, en efecto, mi nieto, debido a una lesión que sufrió de niño, desgraciadamente no puede emprender el vuelo.

—Pero eso no es ningún secreto —argumentó Wind, su voz se notaba apagada y había desviado la mirada—, todos en el pueblo saben que no puedo volar.

—¡Al parecer nuestro participante lleva dos de tres! —exclamó el doctor, acompañado de sus cascos extendidos hacía el joven pegaso, tal cual fuera un presentador de juegos—, ¿será que cumple con el tercero y se transforma en: “el paciente especial”?

Glass más temprano que tarde se dio cuenta porqué motivo el doctor le había dado ese nefasto levanta muertos. Tal vez, frente a ellos, estaba el poni que tanto habían buscado.

—¿Y cuál es ese famoso tercer requisito? —preguntó el abuelo, ya un poco interesado.

La científica, ante tal pregunta, pasó saliva y navegó un poco en sus pensamientos, dejando la conversación en un silencio incómodo de repente. Por un lado, ella estaría feliz de por fin terminar su búsqueda, pero por otro, cumplir ese último requisito era algo que en cierto modo, no le deseaba a ningún poni.

—Ser… un sobreviviente de La tormenta sorpresa —contestó por fin la unicornio—. Me atrevería a decir, que esa sería la característica más peculiar para ser ese pegaso.

Wind, frenó su taza de café cuando esta estaba a punto de rozarle los labios, había quedado inmóvil. Con tan solo oír ese nombre: “La tormenta sorpresa”, el mundo se hizo más pequeño a su alrededor, mientras los pocos recuerdos destellaron su mente como los relámpagos que iluminaban el cielo aquella noche. La noche, donde tan solo en unos instantes perdió su hogar, la capacidad de volar y a sus dos queridos padres.

Capítulo 4 – La tormenta sorpresa

La luz del sol entraba por las enormes ventanas, iluminando el rostro de Wind. Era cegadora, pero también tranquilizaba su miedo a la oscuridad; nada raro considerando que fue bajo el manto nocturno, cuando los relámpagos, la lluvia y el viento, aparecieron para destruirlo todo.

Trató de bajarse de la camilla, pero el dolor en su espalda lo frenó al instante. Vendas le cubrían el ala derecha y gran parte del lomo, resultado de cuando retiraron una vara de metal encajada en su espalda; herida muy peligrosa sin duda.

«Tendrá suerte si luego de esto puede seguir caminando», dijeron los doctores terminada la operación de emergencia. Sin embargo, Wind no solo podía sentir sus patas tan capaces de caminar como siempre, sino que quería usarlas con desespero. Sus padres, deseaba buscarlos.

«¿Dónde están? ¿Por qué aún no han venido por mí?»

En aquel entonces, Wind solo era un pequeño potrillo en algún lugar de la gran sala de espera del hospital general de Canterlot. El enorme edificio, ya desbordaba su capacidad máxima, pero los heridos no paraban de llegar uno tras otro, la mayoría pegasos de Cloudsdale.

Los doctores, superados por la situación, se vieron obligados a reservar las habitaciones para los ponis más graves. Por eso Wind no tenía una, ni tampoco muchos otros pacientes ya fuera de peligro.

No obstante, el chico no planeaba quedarse ahí más tiempo, tenía una misión por cumplir. Giró con cuidado sobre la camilla, dolía un poco, pero era soportable. Pasado unos momentos, logró ponerse bocabajo y poco a poco se arrastró hasta el borde de la camilla. Primero bajó una patita, luego otra, pronto pudo sentir el suelo debajo de sus cascos traseros, eso le dio confianza para dejarse caer; grave error.

Cuando aterrizó en cuatro patas, la herida en su espalda le punzó horrible, tanto que dejó escapar un alarido de dolor y agachó el lomo.

—¡Oh!, nonononono —un enfermero notó al pequeño aventurero, y de inmediato fue a ayudarlo—, tu herida aún es muy delicada pequeñín, si te mueves mucho abrirás los puntos.

Mientras aquel unicornio en traje blanco ayudaba al potrillo, del otro lado de la sala, todos dejaron de hacer lo que sea que estuvieran haciendo, excepto por las cosas de vida o muerte, ¿la razón? La princesa del sol había entrado al lugar, caminando junto a un pegaso adulto de plumas moradas.

La alta yegua blanca, resaltaba con su larga crin de tonos pasteles entre la multitud de heridos, familiares y doctores, los cuales esperaban en silencio lo que su gobernante iba a decir o hacer. No obstante, ella se limitó a agitar un casco con gracia, invitando a un doctor a acercarse.  

El médico fue sin pensarlo dos veces, pero al llegar al lado de la princesa, notó el pegaso acompañándola con los ojos hinchados y rojos, señal de haber estado llorando por mucho tiempo.

Celestia se inclinó y susurró en el odio al poni en bata.

—Por supuesto que sé dónde está princesa —contestó respetuoso el médico—, permítame llevarla.

Wind, ya erguido, estiraba el cuello tratando de ver porque todos comenzaron a callarse de la nada. A los pocos segundos, pudo notar la gran melena de Celestia moviéndose entre la multitud, y cuando por fin la vio emerger de detrás de unas camillas, sus grandes ojos de potrillo brillaron de alegría.

—¡¡¡Abuelo Light!!! —gritó sin contener la emoción.

—¡Nieto! —el en aquel entonces más joven pegaso, corrió de al lado de Celestia y dio un salto. Extendiendo sus alas cruzó con gran destreza el pequeño espacio entre él y Wind, sin rozar siquiera con la punta de sus plumas a algún otro poni. En lo único que pensaba, era en tener a su nieto al alcance de sus cascos lo más pronto posible.

Apenas ese deseo fue cumplido, tomó al pequeño cuidando no presionar la herida vendada y le dio un gran abrazo, estaba aliviado de por fin verlo a salvo.

Para Wind, estar en los cascos de su abuelo, era señal de las cosas regresando a la normalidad. Sin embargo, con la cabeza recargada en los hombros de Light, el niño quedó con la vista hacía una potrilla acompañada de dos adultos no muy lejos él. La chiquilla, curiosa, asomaba la cabeza de entre la pareja de pegasos tan callados como el resto de los ponis en la sala, era obvia la relación que compartían: el macho, con la crin de colores arcoiris igual a la de la pequeña seguro era su padre; y la hembra del otro lado, tenía los ojos de un tono violeta tan brillante como los de la niña, ella debería ser su madre. Eso último le llamó bastante la atención, ya que él también compartía el color de sus ojos con su…

—Mamá —dijo para sí, luego, subiendo la voz un tono más fuerte, hizo una inocente pregunta:—, abuelito ¿dónde están mis padres?

Light sintió el corazón partírsele en mil pedazos. Trató de abrir la boca, pero un enorme nudo en la garganta le impedía articular palabra alguna. Lo único que pudo hacer, fue abrazar a su nieto un poco más fuerte, temblando, sin querer soltarlo por nada del mundo, más que para consolarlo, para tratar de consolarse a sí mismo.

—Abuelito ¿por qué lloras?

Wind, aún sin saber nada de lo ocurrido, sintió el casco de la princesa levantarle el mentón. La gran yegua blanca miró fijamente los ojos rojizos del potrillo, conteniendo las lágrimas solo por el bien moral de los súbditos presentes. A diferencia del abuelo Light, Celestia tenía a toda una nación depositando su confianza en ella, sobre todo en esos momentos tan difíciles. Así que no podía darse el lujo de quebrantarse, aunque deseara hacerlo.

—Pequeño —dijo la monarca, su voz serena y ceremonial de siempre—, tus padres… tus padres fueron muy valientes.

—Como estarán enterados —comenzó a explicar Glass, su voz sacó a Wind del momentáneo trance—, en ese desastre ya hace más de 15 años, la mayoría de los edificios de Cloudsdale fueron destruidos, incluyendo el ayuntamiento y con él, todos los registros de las personas que vivían ahí cuando fueron… afectadas por el incidente, por eso nuestra información sobre el paciente es muy limitada. Así que hemos estado buscando a los supervivientes y sus familias para obtener pistas, pero no hemos tenido éxito.

Glass trató de tocar el tema con tacto, cuidando sus palabras y tono. Hablar de aquella noche no se podía ni se debía hacer con familiaridad, era casi como un tabú, en especial con pegasos, pues contaban que en aquella noche, cada pegaso en Equestria había perdido al menos a un familiar o un amigo, y por las expresiones serias en los rostros de los carteros, el rumor parecía ser cierto.

—¡No habíamos tenido éxito hasta ahora! —el Dr. Healer esbozó una pequeña sonrisa—, tu cara lo dice todo. New Wind, eh. En todo este tiempo, siempre me pregunté qué nombre le pusieron Blue Flash y Fire Heart a su hijo.

—¿Cómo supo quiénes fueron mis padres? —Wind levantó las cejas impresionado.

—Tal vez los registros de Cloudsdale se perdieron, pero no los de la academia Wonderbolt. Ahí encontré unas fotos de esa linda parejita —el terrestre llevó un casco hacia el interior de su saco, luego de esculcar un poco sacó dos pequeñas fotos y las deslizó por la mesa—, tú tienes el pelaje azul rey de tu padre, y los ojos rojizos de tu madre.

—Espera, ¿te robaste imágenes de registros oficiales? —preguntó Glass, volteando hacia el doctor, sus ojos expresaban la más pura intriga—, se supone que no nos dejaron entrar a ese lugar, ¿¡y tú tienes las fotos de los archivos!?

—Sabía que te ibas a poner como loca si te enterabas. Había varias fotos, ni lo van a notar. Aparte no me vieron, creo…

—¡¿Crees?! ¡Si te descubren estarías violando tu libertad provisional!

Glass estaba a punto de montar una escena aún más grande, pero recordó que no estaban solos. Giró el cuello en dirección a los dos pegasos presenciando el momento, sus caras habían pasado de la seriedad a la extrañes. Al ver eso, la científica decidió sosegarse, luego aclaró la garganta y ya en un tono más complaciente, dijo:

—Es un placer conocer al fin a los familiares de esos dos grandes héroes. Pueden quedarse con las fotos si gustan.

—¡Vaya!, no recordaba el desastre de melena que tenía mi hijo cuando fue a la academia, ¡y también salió sonriendo! Si se supone que estas fotos son formales… nunca aprendió a tomarse la vida en serio —el abuelo Light, inundado de nostalgia, guardó ambas fotos en el bolsillo frontal de su uniforme de cartero—, gracias, no tenía ninguna de cuando fueron a la academia. Pero ¿qué quieren ustedes dos con mi nieto?

Glass, emocionada, no podía esperar para ver su reacción al darles la sorpresa; levantando los cascos y con una amplia sonrisa les dijo:

—¡Nuestra intención es hacerlo capaz de volar!

—Eso es imposible —contestó Wind, tajante.

La unicornio bajó los cascos, su rostro tenía una expresión complicada. En verdad esperaba una gran alegría por la noticia, no esa respuesta.

—Interesante —intervino el doctor—, ¿por qué dices eso chico?

—Porque los doctores y los magos nos dijeron que no podían hacer nada —argumentó el joven cartero, ya con voz más seria así como una expresión desinteresada—, y todos los demás diciendo sobre una cura, solo nos quitaron el dinero… sea lo que sea que traigan: poción, piedras, plantas, masajes, una pastilla milagrosa, no me interesa. Ahora, si me disculpan, iré a terminar con la entrega de cartas. Regresó al atardecer abuelo.

Wind dejó su taza de café ya vacía sobre la mesa y bajó del banco. Comenzó a caminar hacía la puerta, dándoles la espalda, pero antes de que dejara el balcón, Glass dijo:

—¡Al menos déjanos examinarte! Solo para ver si este método funcionará en ti.

—¿En serio creen poder curarlo? —preguntó el abuelo Light de repente.

El joven pegaso, reconoció el tonito de voz usado por su abuelo al hacer la pregunta: era lento, expectante, en vez del timbre de un anciano estoico y disciplinado, parecía el de un niño curioso. Supo al instante hacia dónde iría esa conversación, por lo cual dio media vuelta y, a regañadientes, regresó a la mesa.

«Aquí vamos otra vez», pensó, un tanto frustrado.

—La medicina y la ciencia han avanzado mucho en estos últimos años —explicó Glass—, hay cosas fáciles de hacer hoy día que eran imposibles hace una década. Créame, existe una gran posibilidad de poder ayudar a su nieto. Aparte, ofrecemos esta revisión sin costo. Yo sería incapaz de estafarlos.

—¡Oye! ¿Por qué no me incluyes también en esa oración? —preguntó indignado el doctor—, si yo ya no he timado a alguien en por lo menos tres di…

Glass le tapó el hocico al Dr. Healer con su casco y continuó:

—Dennos tiempo para instalar nuestra máquina de impresión láser, con ella podremos comprobar la situación actual del ala. No será nada invasivo, lo prometo.

—Bien, no tenemos nada que perder —argumentó el viejo pegaso, quién también se puso de pie—, Wind, cuando regreses, iremos a la revisión.

—Abuelo… —masculló berrinchudo el joven pegaso. Quería negarse, como siempre lo había deseado hacer desde hace algunos años atrás. No obstante, aunque abrió la boca, al final, como siempre, no lo pudo decir.

Cuando alguien llenaba el viejo corazón de Light con la esperanza de ver a su nieto volar; su tono de voz severo cambiaba, una enorme sonrisa le adornaba el rostro, e incluso sus ojos ya cansados por los años, recobraban vitalidad. Wind, no tenía la frialdad para aplastar esa esperanza, así no era él. Por eso, simplemente terminó diciendo:

—Está bien, lo haré.

Glass festejó en sus adentros, ¡lo había logrado convencer! Después de meses en ese tortuoso viaje con “el señor amabilidad”, al fin tenía la oportunidad que tanto había esperado.

New Wind, luego de acceder a la petición de Glass, no tardó en dejar la oficina postal, y planeando entre las ramas de los árboles, desapareció a la distancia. Esta vez, iba en busca de una balsa para dejar el bosque, tal como su abuelo le dijo.

—Supongo que no tienen lugar donde quedarse —mencionó el anciano—, si ese es el caso, los puedo guiar a la posada del pueblo, no está muy lejos de aquí.

—Por supuesto —dijo la unicornio aún con una gran sonrisa—, nos sería de gran ayuda.

—Bien, entonces Iré por la bolsa de cartas y los guiaré hasta allá. Denme unos minutos.

El abuelo desapareció del balcón tan rápido como Wind y fue directo a su habitación en la oficina de correos. Tenía prisa, pues él también andaba atrasado en las entregas.

El doctor y la científica, regresaron a la atmósfera de paz y tranquilidad habitual en el pueblo, se sentía como si aquella conversación tan importante para esos dos viajeros no hubiera ocurrido hace apenas minutos. No obstante, no todo estaba dicho aún.

—“Sin costo” no es sinónimo de cero bits solamente —replicó el doctor, mientras guardaba la sierra reluciente en su estuche—, ¿por qué no les dijiste el costo real?

—No quisiera decirles algo tan horrible —Glass sacó un listón dorado de su bata y comenzó a amarrarse la melena—, no hasta estar seguros de la compatibilidad del chico con el tratamiento.

—Haces sonar a mi trabajo como si fuera una tortura.

La científica le dio el toque final al nudo de su listón y, con la mirada perdida en la fascinante vista panorámica del pueblo, respondió:

—Para algunos ponis si lo es.

Capítulos 5 – El poni carnicero

Greendale era una comunidad en las montañas, a unas cuantas horas de camino de Littleclouds. Cuando entrabas en ella por sus anchas calles de tierra, solo veías casas hechas a ladrillo con techos de paja; todas rodeadas por jardines de flores coloridas, árboles de manzanas, o uno que otro plantío de sandías o fresas. Sin duda, un lindo lugar para visitar, no obstante, para New Wind, también era parte de su ruta de entregas.

Así que el joven pegaso, debajo del sol del mediodía, caminaba por Greendale con su enorme bolsa de correspondencia. Su trabajo era simple y mecánico: un buzón, una carta, un buzón, una carta. Lo hacía desde hace años, pero esa mañana su cuerpo parecía ir en modo automático, ni siquiera miraba al frente, todo por estar pensando en aquel extraño par de Canterlot.

Esos dos habían salido de la nada a ofrecer algo demasiado espectacular, sin duda era sospechoso. Sin embargo, no parecían estafadores, pues, sin asegurar nada, afirmaron ser gratuitos. Lo más curioso era la mención de un avance tecnológico, pero ¿de qué se trataba exactamente ese “avance”?

Había demasiado misterio, y, aunque aquella unicornio había parecido tan amable como sincera en lo que dijo, no podían culpar a Wind por ser cortante y desconfiado. A fin de cuentas, él ya había pasado por mucho.

De niño, la recuperación de su herida fue tan tortuosa como lenta. Él no era consciente de eso en aquellos años, pero, de no haber contado con el patrocinio de las princesas de Equestria, las cinco operaciones y todo el tiempo viviendo en Canterlot, hubieran sido imposibles de costear.

Durante esos años, el abuelo Light y Wind, visitaban muy a menudo el hospital, hasta el punto de formar amistades con doctores, enfermeras y algunos pacientes con enfermedades crónicas. Sin embargo, cuando llegó el momento de la despedida, había una sensación agridulce; el potrillo ya casi llegando a la adolescencia, a pesar de ese horrible accidente, podía correr, jugar y saltar como cualquier otro, tuvo mucha suerte, pero… no podía volar.

¿Podría un pegaso pegado a la tierra ser feliz?

En un potrillo tan joven, solo el tiempo lo diría. No obstante, mientras Wind crecía fuerte como su padre y ágil como su madre, su abuelo no paraba de buscar opciones alternativas para curarlo. En la mente del viejo, que en toda Equestria, no hubiera alguna forma de sanar esa ala, era algo inaudito.

Probó de todo: pociones mágicas ultra extrañas, hechizos experimentales, hasta masajes capaces según de hacer maravillas; nada resultó. Pero la gota que derramó el vaso, fue cuando unos gemelos unicornio, de pelaje amarillo pálido y una crin roja con blanco, ofrecieron un tónico. Esos dos sementales juraron por su poni madre que eso sanaría cualquier cosa, a cambio por supuesto de una cuantiosa cantidad de bits. Como era de esperarse tampoco funcionó, y el dinero nunca regresó.

«Nuestra intención es hacerlo capaz de volar», para Wind, esas palabras sonaban demasiado buenas para ser verdad, y según su experiencia, probablemente no lo eran. Pero, aun así, no podía pensar en nada más…

—Eeeh, Wind, yo no soy el buzón.

El joven pegaso volvió en sí y vio su casco estirado sosteniendo un sobre, con el cual presionaba la nariz de una yegua. Ella estaba frente al buzón de su casa, y por ende había truncado el sistema automático del cartero.

—¡Señora Summer Leaf! —el potro se apresuró a tomar distancia—, no estaba prestando atención, lo siento.

—No te preocupes —contestó la terrestre, comprensiva—, los jóvenes siempre traen la cabeza en otros lados. Y bien, ¿cuáles son las tarifas?

—¿Tarifas?

—Así es, te estaba preguntando por las tarifas de entrega especial.

—¡Ah, sí, las tarifas! —exclamó Wind, luego aclaró la garganta—. Solo con 20 bits extras entregaremos su mensaje o paquete en menos de 24 horas.

Para el joven cartero, la tarifa era un poco cara, pero, al estar en medio de las montañas, el viaje hasta las ciudades del exterior se hacía peligroso. Pensándolo por ese lado, si había algo urgente que debía ser entregado, 20 bits extras bien podría considerarse barato.

—Perfecto —Summer buscó en su alforja hasta sacar un sobre y los respectivos bits en una bolsa—, entonces necesito mandar esta carta a Canterlot de forma urgente, es para el hospital general.

—Entendido. Mañana antes de esta hora, será entregada en el hospital.

—Muchas gracias.

New Wind, con cuidado, tomó la carta junto con los bits. El sobre tenía estampados de plantas y un listón adornando su sello, era tan elegante como su remitente: una yegua con pelaje esmeralda y crin lacia de tono carmín.

Cuando el pegaso puso la carta dentro de su bolsa, está desentonaba con los demás sobres aburridos, blancos y lisos; incluso su papel olía tan agradable como una tarde en el campo abierto.

«Sin duda le hace justicia al nombre “entrega especial”», pensó el joven cartero. Sin embargo, Summer Leaf, en lugar de especial, la consideraba algo urgente, demasiado urgente.

La carreta, desgraciadamente, no pudo entrar al pantano, por lo tanto, Glass y el Dr. Healer, contrataron una canoa para acarrear todo en varios viajes.

El vehículo de dos ruedas, aunque desde afuera se miraba pequeño, tenía bastante encima, cosas como: los trastos del doctor, algunos artilugios de metal, otras cosas del doctor de procedencia cuestionable, ropa de Glass, más material del doctor, la máquina de fotografías a rebote láser y… ¡más trastos del doctor!

En un punto, el poni de la canoa preguntó para qué servía esto y aquello, a lo cual el Dr. Healer le respondió amablemente diciendo: “para silenciar a ponis preguntones”. Glass más educada y amigable, comentó que se trataba de equipo médico, así como remedios o medicamentos los cuales su colega había reunido durante el viaje. No obstante, algunas cosas difícilmente se podían relacionar con la medicina, como un soplete y una colección de discos de metal color cromo. Pero nuestro amigo remador pensó en mejor no hacer tantas preguntas; tal vez lo de “silenciar a ponis preguntones” no era una broma, mejor no arriesgarse.

Antes del anochecer, el terrestre y la unicornio ya habían instalado todo lo pertinente en la habitación más grande de la posada, aquella recomendada por el abuelo Light.

—¡Ah!, estoy muerta —exclamó Glass tendida sobre su cama—, y este colchón es perfecto.

—Es hermoso tener dos camas —opinó el doctor, leyendo un libro desde su respectivo lecho—. Compartir el lugar para dormir con un unicornio siempre es problemático, por ese detalle del arma blanca en sus frentes…

—Jamás compartiría cama contigo —intervino Glass con ironía—. Si solo hubiera habido una, usted, como cualquier buen caballero, me cedería la cama a mí, la yegua.

El Dr. Healer, se puso más cómodo en su colchón, y respondió con voz desganada:

—No lo creo, aunque no lo parezca, soy un gran partidario de la igualdad entre ceméntales y yeguas. Probablemente nos hubiéramos batido en duelo para ver quién dormiría en el piso, y quién en el colchón.

—¿Ya le había dicho que está loco?

—Solo lo dices porque seguro perderías.

La amena conversación fue interrumpida cuando unos cascos tocaron a la puerta, el doctor y Glass creyeron por un segundo que era Wind y su abuelo. Pero para su desilusión, escucharon la voz de una yegua adulta detrás de la madera:

—¿¡Aquí es donde está el doctor con sus consultas baratas!?

—¿Es en serio? —exclamó el terrestre, mientras le dirigía una mirada incrédula a Glass.

—Quizá le dije lo de las consultas al poni de la canoa —dijo la unicornio un poco culpable, luego, vio como el doctor giró los ojos—. ¡Oh!, vamos, no sea amargado, igual necesitaremos el dinero para cenar.

Healer dejó escapar un suspiro y bajó de su preciada cama; odiaba cuando interrumpían sus lecturas. Al abrir la puerta, vio a una yegua regordeta en delantal con un pequeño potrillo a su lado.

—¿Usted es el doctor? —preguntó al parecer una mamá.

—Sí, yo soy.

—Pues no parece uno.

Healer pudo escuchar la risa ahogada de Glass desde el fondo de la habitación.

—Me lo dicen a menudo. Cuénteme ¿qué le pasa?

La yegua se llevó el casco al cuello y con una cara de molestia dijo:

—Me duele el cuello desde la mañana, ¿cómo puede resolver eso?

—¡Oye Glass! —gritó el doctor volteando a dentro del cuarto—, ¡tráeme el frasco de roclonraferamina compuesta!

—¿Qué es eso de nombre tan largo? —preguntó la terrestre confundida.

—No se preocupe, suena complicado, pero en realidad es solo para el resfriado de su hijo.

—¿Mi hijo tiene un resfriado?

—Y se le agravará en la noche. Tiene ojos rojizos, moquea un poco. Aparte, su crin hecha un desastre y cascos bastante sucios, me dicen que es un chico travieso, por lo cual solo explico su comportamiento tranquilo y callado a debilidad. ¿Te duele la garganta niño?

—Sí —contestó el potrillo color avellana, agitando la cabeza.

—Qué curioso, ¿no? Aunque usted tiene el delantal al parecer yo fui mejor madre esta vez. Son 6 bits por la consulta y 12 por el medicamento.

—Patán —masculló la poni indignada mientras sacaba los bits de su bolsa.

—Una cada ocho horas y no en ayunas —explicó el Dr. Healer, después le entregó un pequeño frasco de vidrio con pastillas bancas a la paciente—. Por cierto, su dolor es por dormir mal; si duerme con el cuello derecho, para mañana ya no lo sentirá. Todo es parte del maravilloso proceso de hacerse viejo.

Los pasos de la yegua, resonaban fuerte contra la madera mientras dejaba el pasillo de la posada. El potrillo por su parte, apenas si podía aguantar una carcajada al ver la cara amargada de su madre.

—Sabe —dijo Glass, ya de vuelta en su cama—, pienso que sería un gran médico si no fuera tan imbécil con sus pacientes.

—Si fuera amable no sería un gran médico —le contestó el terrestre, luego, caminó hacia el estante donde la unicornio había tomado los medicamentos—, es parte de la fórmula, entre más imbécil, menos gente me habla, y tengo más tiempo para estudiar. Por eso los populares en la escuela terminan siendo los mediocres del mañana.

La unicornio, ya acostada de nuevo, replicó:

—Eso hace sonar a la amistad como un estorbo.

—Solo cuando tus amigos son idiotas.

El resto de la tarde se fue rápido. El doctor leyó algunos libros donados por la cebra de Ponyville. En cambio, Glass, revisó la máquina de fotografías láser un par de veces, y para cenar, fue a comprar un poco de sopa de zanahoria al despacho de la posada.

Pero cuando el sol estaba por desaparecer en el horizonte, la puerta por fin sonó de nuevo.

—Hola —era la voz del abuelo Light—, Glass, doctor, ¿están ahí?

La unicornio se apresuró a abrir la puerta. Ahí estaban los dos pegasos, justo como el anciano había dicho, asistieron para el examen, aunque Wind no parecía muy convencido aún.

—Pasen, pasen —dijo Glass encantada.

Cuando ambos pegasos entraron, notaron el cuarto algo apretado. Había cajas, botellas, una cortina en una esquina y demás materiales extraños; en lugar de la habitación de una posada, daba más la apariencia de un almacén desordenado.

—Al parecer ya se instalaron por completo —dijo alegre el anciano.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Wind.

—Por lo visto a la gente de este pueblo le gusta preguntar demasiado —contestó el doctor—. La mayoría son medicamentos, pero algunas cosas las trajimos especialmente para ti muchacho. Acompáñanos.

Glass y Healer, guiaron a la pareja de pegasos hasta la esquina en el cuarto dividida por una gran cortina blanca. Ahí adentro, había un brazo mecánico anclado a la pared, sosteniendo un marco de metal con dos pedazos de cristal, uno arriba de otro.

—Con esto nos enteraremos de cómo está tu ala —explicó Glass, yendo detrás de la máquina—. Podrá parecer un poco intimidante, pero es solo una versión más sofisticada de rayos X.

—Sin embargo, también necesitamos que te quites tu uniforme de cartero —comentó el doctor—, o no tendremos una imagen fiable.

Wind volteó hacia su abuelo con un poco de duda. El viejo, en respuesta, asintió en señal de aprobación, entonces el chico comenzó a quitarse su uniforme de cartero.

La ropa en los ponis era algo curioso, porque no solían usarla, y cuando lo hacían, generalmente era por trabajo, o por conveniencia. El caso de Wind, era la perfecta fusión entre esos dos motivos: por un lado era su uniforme de trabajo, pero por el otro, también era la cubierta para su cicatriz.

Glass arrugó los labios al verla.

Arriba del ala derecha del joven pegaso, había una gruesa franja de carne reconstruida, sin pelaje y con pequeñas raíces dispersas, todo de un brillante tono rosa carnoso. Para Wind era solo piel muerta e insensible. Pero para el doctor y la científica, parecía como si en lugar de ver el resultado de un accidente, estuvieran viendo las consecuencias de un cañonazo, o algo mucho peor, usado con la pura intención de hacer daño.

—Interesante —exclamó el médico—, me sorprende tu habilidad para caminar luego de esa herida.

—Lo mismo decían los otros médicos —replicó Wind, serio—, pero ahora incluso puedo correr. También dudaban de sí tendría la misma agilidad de otros de mi especie, pero aprendí a planear por los árboles más rápido a comparación de muchos otros pegasos.

—Mi nieto siempre ha sido un luchador —comentó el abuelo orgulloso, luego, tomó el uniforme de Wind junto con la gorra y lo puso sobre su lomo.

—Ponte aquí —dijo el doctor, extendiendo su casco vendado.

—Nos hubiera gustado hacer esto sobre una de las camas —intervino Glass—, pero ninguna aguantaba la máquina, tendrás que acostarte en el suelo, lo siento.

—No hay problema, acabemos rápido con esto.

Wind se acostó en una alfombra en medio del reducido espacio, y, a petición del doctor, desplegó sus alas.

—No tenemos muchas baterías para este aparato —explicó la científica frente al centro de mando de la máquina: un tablero con varios botones, una pantalla y algunas palancas—, por lo cual tenemos pocos intentos para tomar una buena fotografía láser. Haz lo posible por no moverte.

La unicornio presionó uno de los botones del tablero. La pantalla mostró el lugar hacia donde apuntaban los marcos de vidrio, entonces, con las palancas, la científica dirigió el brazo metálico hasta estar un poco por encima de la cicatriz de Wind.

Ya con todo preparado, el doctor advirtió:

—Si aprecian sus ojos, no miren fijamente el resplandor durante la fotografía.

Entre los marcos de vidrio un pequeño haz de luz comenzó a generarse, hasta expandirse de golpe. Un ruido blanco comenzó a inundar la sala. Como una potente linterna, el brillo azul eléctrico cubrió la parte dañada del lomo de Wind. El chico, a pesar de estar algo nervioso por el escándalo repentino, cumplió la orden y no movió ni un músculo. Entonces, la máquina comenzó a hacer ruido «tac, tac, tac».

Para cuando todo regresó a la normalidad, en los dos cristales había unas imágenes impresas, menudas, como hechas por delgadas pinceladas, todas en el mismo tono azul brillante del resplandor usado por la máquina.

Wind miró el brazo metálico alejarse de él, por lo cual iba a preguntar si era correcto levantarse ya, pero antes de decir algo, miró a Glass correr como un tifón junto con el doctor. Ambos ponis desmontaron los cristales de la máquina a toda velocidad, y ya con ellos entre sus cascos, los levantaron contra la luz del techo.

—¿Cómo está el húmero y el coracoides? —preguntó el doctor, viendo con detenimiento su fotografía láser.

—El coracoides parece haber sanado correctamente, pero el húmero tiene un daño muy grave, se ve demasiado frágil, casi pegado como un rompecabezas, el resto del ala no se ve mejor, ¿qué hay de los músculos?

—Horrible, el subcoracoideo está aguantando de milagro en esa parte, y al pectoral le arrancaron pedazos para poder rescatar al menos algo debajo de la herida, moverlos demasiado le ha de producir un dolor insoportable.

Luego del comentario del doctor, todo el lugar se quedó en silencio, pero pasados unos segundos, la voz del abuelo Light rompió el silencio:

—¿Y bien, qué sucederá con mi nieto?

Glass, aún con su cara de impresión, bajó la imagen que reflejaba el estado de los huesos del paciente, y volteo a ver a su colega. Ambos se miraron y asintieron.

—El chico es candidato —dijo el Dr. Healer—, y uno bastante bueno debo decir, su hueso principal prácticamente está intacto y aún no hay muerte muscular.

El viejo, al escuchar esas palabras, esbozó una gran sonrisa y fue directo a abrazar a su nieto.

—¿Podré… volar? —preguntó Wind, casi en choque—, ¿cómo pueden saber qué podré usar mi ala otra vez solo por ver eso?

Ni Glass ni el doctor respondieron a esa última pregunta de inmediato. En su lugar, la unicornio desvió la mirada un poco, pero cuando miró al doctor con la intención de hablar, ella decidió hacerlo primero:

—Bueno, hay una probabilidad de que puedas volar, pero no es precisamente reparando tu ala.

—¿Eh?  

—No venimos aquí para arreglar tu ala niño —argumentó el doctor—. Los otros médicos tenían razón, el daño es demasiado como para que se pueda recuperar de alguna forma.

—¿Entonces de qué se trata el tratamiento? —preguntó el abuelo extrañado.

—Una amputación —explicó Glass—, el primer paso del tratamiento, es retirar el miembro dañado.

Por un segundo, en la mente de Wind, la imagen del mediodía, esa con el doctor y su sierra dejándose caer sobre el panal, tomó un tono mucho más siniestro: el pegaso se vio a sí mismo en la situación de Glass, pero en lugar de ser el panal el objetivo, era su ala, cercenada de tajo por los dientes metálicos girando a gran velocidad. Esa escena daba miedo, mucho miedo.

—No entiendo —dijo Wind muy confundido—, ¿cómo eso me ayudaría a volar?

—Cuando retiremos el ala inservible —contestó el Dr. Healer—, te daremos una nueva, una fabricada en “Metal ligero”.

Capítulo 6: Una moneda al aire

Los ponis, en busca de un espacio menos pequeño y sofocante, salieron de la zona en donde estaba la máquina de fotografía láser. En esa otra sección del cuarto, la pareja de Canterlot, planeaba resolver el mar de dudas de los dos pegasos, pues su propuesta de cortarle el ala al potro, generaba muchas preguntas.

—Mis especialidades médicas son variadas —dijo el Dr. Healer—, en un principio era cirujano, he hice una especialidad en ortopedia, luego realicé algunos estudios en neurología, y otras cuantas cosas divertidas por ahí.

»Pero en mis últimos años ejerciendo la medicina, atendía en una clínica especializada solamente en prótesis, prótesis metálicas conectadas al cerebro por medio de los nervios. Esas maravillas son capaces de sustituir por completo cualquiera de tus patas, e incluso regresan el sentido del tacto. No sé si habrán escuchado de ellas.

—Preguntamos por ese método una vez —replicó el abuelo Light—, pero según los médicos un ala de metal no funcionaría. Sería demasiado pesada y tosca como para que un pegaso pudiera volar con ella.

—Eso es cierto —contestó Glass con la cabeza metida en una gran caja de madera—, los músculos que mueven las alas en los pegasos no están diseñados para cargar tanto peso. Pero, por fortuna, el científico Perseverant Mind diseñó esto hace un año y medio.

La unicornio se dio media vuelta, luego, con su magia, sacó un par de vigas de metal de la caja: parecían gruesas, duras y en extremo pesadas.

—Les presento el metal ligero —mencionó la científica—, el material más impresionante del mundo.

—No te ofendas Glass —dijo Wind—, pero se ve igual a cualquier otro tipo de metal.

—Se ve —argumentó el doctor—, pero no se siente. Pásamelas Glass.

La unicornio le lanzó las vigas a Healer.  Los pegasos resoplaron del susto, no obstante, el doctor pudo atrapar los dos gruesos pedazos de metal sin esfuerzo alguno.

—La palabra “ligero” en su nombre no está de adorno —exclamó Glass—. Este material tiene todas las características de un metal ultra resistente, pero es tan liviano como papel maché.

—Yo tampoco me la creía al principio —agregó el doctor, luego, comenzó a malabarear las barras de mineral como si fueran un par de globos—, ocupan sentirlo para entenderlo bien.

Healer, sin previo aviso, terminó por lanzarles una de las vigas a cada uno de los pegasos. Ambos las atraparon al tiempo, se sentían duras y habían soltado un ruido metálico cuando chocaron contra sus cascos, pero su peso era comparable al del plástico hueco; parecía algo irreal.

—¿Cómo es posible algo así? —preguntó el viejo, aún sin poder creerlo.

—No lo sabemos —respondió Glass agachando la mirada—, Perseverant Mind murió con el secreto. Estas son las únicas piezas de este material en toda Equestria, y me atrevería a decir que en todo el mundo también.

—¿No se sienten nerviosos sosteniendo eso? —dijo Healer con una enorme sonrisa—. Cada gramo de esa cosa cuesta millones de bits.

El doctor tenía razón, para esos humildes pegasos, la presión de tener algo tan costoso como único sobre sus cascos, era enorme. Ambos pasaron saliva y decidieron regresar las vigas cuanto antes.

—Construiría las plumas y el armazón de tu prótesis con este material —explicó Glass, mientras volvía a sostener las vigas con su magia—, y el Dr. Healer haría la amputación del miembro dañado, así como la instalación del miembro sintético. Hasta donde sabemos, si todo sale bien, podrías tener un ala nueva, tan funcional como una natural o incluso mejor.

Wind se detuvo a pensar un momento en lo que estaba pasando: había un material único en el mundo, un equipo de especialistas con la misión de localizarlo, revisarlo y proponerle una cura a su condición, todo totalmente gratis… por donde lo mirara, eso no era algo normal.

—No quiero sonar mal agradecido —argumentó el joven pegaso con toda la lógica del mundo—, pero ¿por qué están haciendo todo esto por mí?

Glass regresó las vigas de metal a la caja, y luego respondió:

—Celestia solo nos dijo que le debía un gran favor a tus padres, por lo cual decidió ponerte de primero en la lista para usar este metal. Aparte, nos entregó una carta para ti, pero no podemos dártela hasta terminar el tratamiento.

El doctor sacó un pergamino de su saco, y, frente a los dos pegasos, lo extendió en el suelo.

—Está es la forma de consentimiento. Como ya eres mayorcito de edad, solo tienes que firmar aquí y nos darás todo el derecho legal de echarte la sierra encima.

El pergamino tenía muchas cláusulas, todas escritas con una letra apenas legible, pero al final, estaba la firma de Celestia: un trazo hecho con magia, dorado y brillante como el sol, e imposible de falsificar. El documento en definitiva era auténtico.

Wind comenzó a ponerse nervioso, sudaba en frío. Al parecer, tener la oportunidad de cambiar tu vida con tan solo presionar el casco contra un papel, era algo más intenso que sostener millones de bits en mineral. Sin embargo, Glass intervino:

—¡Espera!, todavía no firmes, antes tenemos la obligación de advertirte sobre los riesgos del tratamiento.

El joven pegaso levantó la cabeza. La palabra “riesgos”, le llamó poderosamente la atención.

—¿Son muy graves? —preguntó el abuelo Light.

—Apenas unos pequeños detalles sin importancia —contestó el doctor de forma casual—, nada de qué preocuparse. Ahora firma.

—Es una tecnología muy nueva —afirmó Glass—, y aunque conozco el proyecto como mi pezuña, no puedo garantizarte el éxito de la cirugía. Lo que te hemos dicho hasta ahora, es solo en el mejor de los casos, pero en este tipo de prácticas nada es seguro al 100%.

—De cuántas probabilidades estamos hablando —dijo el abuelo Light algo preocupado.

—En su caso, tiene un 50% de probabilidades de éxito.

Los ponis en general consideraban a Wind como un optimista, no obstante, a su corta edad, la vida ya le había enseñado a ver el vaso medio vacío, en especial cuando se trataba de una cura para su incapacidad de volar. Por ello, el joven pegaso, no pudo evitar preguntar:

—¿Qué pasará con mi ala si la cirugía no es exitosa?

—Eso no va a pasar —exclamó el doctor—, nunca en mi vida he fallado una operación.

—No depende de ti —replicó Glass con voz firme—, depende de su cuerpo. Una pata es algo medianamente fácil de controlar, pero las alas están a otro nivel. Si te colocamos el ala sintética, pero no logras moverla, la prótesis solo cargará tu cerebro de órdenes imposibles y podría causar daños, en ese caso, la removeríamos.

—O sea que en peor de los casos… —pensó Wind en voz alta.

—Te quedarías sin tu ala derecha para siempre —completó Glass.

—Vaya “detalle sin importancia” doctor —dijo el abuelo Light, bastante serio—, básicamente mi nieto está en un todo o nada.

—No nos malinterprete por favor —argumentó Glass—. Nosotros no dijimos esto desde el principio, porque no estábamos seguro de si el estado de Wind era el correcto. Pero nos ha sorprendido, su cuerpo se ha mantenido fuerte a pesar de la lesión.

New Wind llevó un casco a la cicatriz, si trataba de levantar el ala más allá de esa marca en su carne, sentía un intenso dolor; era como una frontera infranqueable para él. Pero en ese momento le ofrecían una probabilidad de deshacerse de eso, le ofrecían poder ser como cualquier otro pegaso. ¡Poder volar algún día ya no era solo un mal chiste! Sin embargo, el chico respondió:

—Paso, aunque no puedo volar con libertad, me las arreglé para poder planear sin ninguna operación extra. Perder esta parte de mi cuerpo por algo que tal vez pasé o tal vez no, es demasiado arriesgado para mí.

—No es tan fácil muchacho —replicó el doctor, luego fue por una de las fotografías láser de la máquina y la puso sobre el pergamino—, ¿ves este punto con menos luz, sobre el músculo abdominal?

El viejo y su nieto acercaron la cabeza. Aunque no entendían cómo interpretar la foto, no ocupaban ser expertos para notar esa marca un tanto más oscura que el resto de la imagen.

—¿Qué se supone que es eso? —preguntó el viejo.

—Tejido muscular sobre exigido, la antesala a la muerte muscular. Esto parece haber empezado en ti como hace dos o tres años.

—¿Mis músculos están muriendo?

—Aún no, pero cuando te impulsas, cuando saltas, o haces movimientos bruscos con esa ala, le exiges demasiado a tus músculos sanos para compensar a los dañados, generando este deterioro. A eso le llamamos “necrosis”.

»En unos dos años esta mancha se hará negra, entonces comenzará a crecer lentamente hasta el punto de invadir los músculos que te permiten mover tus alas, ahí todo terminará. Un músculo muerto no te va a servir ni para mantener tu ala replegada siquiera.

La noticia le cayó como un balde de agua fría a Wind. Por lo visto, aunque su voluntad era fuerte, su cuerpo tarde o temprano cedería.

—Entonces ¿por qué no me operan cuando ya no pueda usar el ala? —preguntó el joven pegaso girando la cabeza hacia su costado dañado.

—Con el daño en los músculos las probabilidades bajan —explicó Glass—, ahora tienes las mismas de un lanzamiento de moneda, pero si sigues planeando, o usando esa ala en el día a día, cada año serán menos. Para cuando ya no puedas mover tu ala será demasiado para hacer algo.

Wind no pudo evitar ver esa imagen en la mente, la imagen de una moneda brillante de un bit girando en el aire con la figura de un ala acuñada en un lado y una equis del otro lado. No obstante, la duda de cuál sería la cara ganadora al final de ese lanzamiento, le llenaba de ansiedad.

—No tienes por qué decidirlo ahora —dijo Glass con voz suave—, nosotros nos quedaremos un tiempo por acá, piénsalo por unos días, la oferta queda habi…

—No hay nada que pensar —interrumpió Wind—. ¿Cuántos años me quedan?

El doctor levantó la placa de cristal y la volvió a checar más a detalle, luego de un rato, chasqueó con el hocico y dijo:

—Estimo unos seis años con uso rudo y puedes llegar incluso a los diez si te cuidas, pero luego de eso tus músculos cederán.

—Entonces ese es el tiempo que disfrutaré mi ala.

—Nieto…

—Abuelo —Wind se puso erguido y alzó el cuello, parecía más alto, más adulto—, aunque mi herida era grave y mis probabilidades muy bajas, tú me contaste que mis padres murieron para que yo pudiera tener una buena vida. Prefiero disfrutar lo que ellos me dieron por diez años más, que arriesgarlo todo y probablemente perder parte de mi cuerpo en el proceso.

El abuelo Light se quedó sin palabras; su nieto tenía la cara seria, y los ojos rojos tan intensos como los de su madre. Al parecer había heredado esa parte de ella, la parte autoritaria e inflexible al momento de tomar decisiones.

—Estás seguro niño —advirtió el doctor—, esta podría ser tu única oportunidad en la vida de volver a volar.

—“Volver a volar está mal dicho”, porque nunca volé en primer lugar, y no voy a dejar que eso controle toda mi vida. Usaré mi ala lo menos posible, la cuidaré siempre. Luego, cuando el momento llegue, me quedaré en el suelo, me adaptaré a él y seguiré mi camino orgulloso de eso.

—Eso es de idiotas —dijo el doctor, despectivo—, también de cobardes, si tienes mie…

—Es suficiente doctor —interrumpió Glass, después, con su magia, comenzó a enrollar el pergamino—, me disculpo por lo que dijo mi colega, tiende a ser un idiota.

—Eso me queda bastante claro —respondió el abuelo Light, la molestia en sus palabras era evidente—, pero mi nieto al parecer ya ha tomado una decisión. Nos vamos.

Los pegasos dijeron adiós y partieron del cuarto a trote rápido. Para aquel momento la tarde ya había terminado, dando paso a que la princesa Luna levantara el astro rey de la noche.

—No no no no, lo arruinamos —Glass se quejaba mientras daba vueltas en la cama. Su voz ya no tenía ese tono serio y profesional de hace un momento, en lugar de eso, parecía más la voz de una adolescente haciendo un berrinche.

El doctor por su lado, también en su respectivo lecho, jugaba con una viga de metal ligero entre sus cascos, como si fuera un bastón de madera hueco.

—Sabes —opinó el terrestre con la mirada perdida en el techo—, sería interesante fabricar unos sartenes con esta cosa, sería cómo cocinar con aire.

—¡No voy a fabricar una batería de cocina con el material más caro del mundo! —Glass se cubrió por completo con la cobija—. Fabricaré ese modelo de ala, pero si teníamos probabilidades de convencer a Wind, tú las redujiste al insultarlo.

—No seas llorona, no es el único candidato. Hay muchos ponis que morirían por esa prótesis.

—Pero ¿habrá otro con un 50%? Porque yo lo dudo bastante. Aparte Celestia nos ordenó tratar de convencerlo lo más posible.

El doctor dejó el preciado metal en el suelo, aunque le costara admitirlo, su colega tenía razón. En realidad no esperaban que Wind tuviera más de un 30% de probabilidades de éxito, pero también, la respuesta negativa del chico al tratamiento los había tomado por sorpresa.

—Entonces ¿qué planea capitana Glass? —dijo el doctor, fingiendo un tono militar—, ¿lo amarramos y hacemos firmar en contra de su voluntad?

Por un momento Glass imaginó la escena: había un potente reflector apuntando a la cara de un Wind amarrado en una silla, y luego ella, encapuchada, aparecía detrás de la luz diciendo con una voz distorsionada “firma aquí y te podrás ir a casa”.

—No haremos nada ilegal —contestó la unicornio, luego agitó la cabeza deshaciéndose de esa imagen—, no es correcto.

—¿Qué tal si seduces al chico?

—¿¡Qué!? —la yegua se destapó de la cabeza y giró el cuello como un robot. Su rostro de color perla estaba ruborizado, pero el doctor parecía ir en serio.

—Sí, ya sabes: te pones un vestido bonito, lo abordas en el bar del pueblo, le haces ojitos pizpiretos, y cuando se distraiga le pones una pastilla somnífera en su bebida.

»Caerá al suelo como manzana madura luego de unos tragos de sidra —el doctor dejó caer un casco contra el otro para ejemplificar el momento—. Luego de unas horas bam*, el tipo despierta sin un ala en una bañera llena de hielo.

—Esa cosa suena como una película de terror, y además ¿qué parte de no haremos nada ilegal no has com…

—Ah, se me olvidó —interrumpió el doctor—, el plan nunca funcionará. Eres muy chaparra como para atraer a sementales jóvenes y fuertes.

—Y tú muy amargado como para tener amigos —contestó la unicornio con una mirada seria—. Nos falta información, nos quedaremos un rato en el pueblo, trataremos de ver un modo en el cual podamos convencerlo del tratamiento, sin drogas, sin trampas y sin secuestros.

—No eres divertida.

Glass se recostó en la cama, estaba exhausta por todo lo que habían pasado ese día. Pero antes de cerrar los ojos, le dio una última indicación al doctor:

—Si en unos días Wind insiste en decir no, nos iremos, no podemos obligarlo.

—Obligar a un pegaso a volar (?) —replicó Healer—, suena tan ridículo como obligar a un unicornio a usar su cuerno.

En el transcurso de las horas, todas las luces del pueblo comenzaron a extinguirse. Los ponis de Littleclouds iban a la cama para estar frescos y descansados en el trabajo del día siguiente, no obstante, el Dr. Healer, aún seguía despierto. El terrestre mezclaba, apuntaba y volvía a echar plantas a un matraz arriba de una pequeña llama. Pero cuando el líquido adquirió un tono azul claro, se detuvo para observarlo más a detalle.

«Si esto no lo convence de hacerse la operación, entonces nada lo hará», pensó el doctor, después, apagó la mecha azul de un soplido.

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